Omitir

jueves, 14 de octubre de 2010

Odio que me envie un mensaje diciendo que me extraña. Odio que me mande un mensaje para preguntarme si me puede llamar. Odio que me deje un mail preguntándome cómo está todo. Odio que me diga que me tiene que devolver un libro, Tecnologías del Yo.

Y ella debe odiar cuando no contesto. También seguro que odia cuando ni siquiera doy acuse de recibo. Odia cuando no estoy en mis cabales, como ayer que me agarró en pleno mal viaje y terminamos por accidente hablando dos horas por teléfono. Odia eso porque ve que yo no cambio, y entonces como no cambio sencillamente no hay vuelta que darle.

Yo extraño cuando ella me decía que no hicieramos vida sana. Se extraña también como ella urgaba de a ratos en mi biblioteca, mientras me decía que me iba a prestar este u otro tal libro. Extraño cóomo hacía aros con el humo de su último cigarrillo del día, o cómo espontáneamente me abrazaba y me tiraba sobre el sofá.

Ella quizás extrañe un poco el café que preparaba yo por las mañanas, o el rasguido del ukelele que tocaba Somewhere over the rainbow. En una de esas extraña mi presencia intermitente en su casa, o como charlaba con su gata Stefy. Aunque es probable que no extrañe nada a esta altura.

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