Una cuestión de método

jueves, 28 de junio de 2012

I


Teoría de la deriva. Te despertás un día, estás de viaje, y te vas, te tomás algún transporte, y te perdés en la ciudad. Llevás tu mapa, claro. Pero no lo usás hasta que pase algún tiempo.

Entonces vas a seguir no direcciones, sino lo que te atraiga. Como ese cartel de neón que anuncia una megarecontra obra de teatro. O ese carris que va por la calle, ese que te tomás, porque lo más probable es que después de la catedral, pasando el tunel, te deje en la plaza central.

Y mezclarte un poco con la gente, sin ser la gente. Tal vez -aunque no será este el caso-, te encuentres con un metrónomo gigante. Usualmente, hay cosas de una ciudad que nadie te dice. Como el refugio de los jacobinos, esa ciudad secreta, ese jardín que se descubre detrás de una gran puerta de madera.

Recorrer una ciudad desconocida, sin un rumbo preciso, es una forma de enamorarse. Es otro de los motivos por los que jamás haría un tour guiado: que me corran con los horarios es inaudito, y que no me dejen estar lo que yo quiera en los lugares, ni hablar. Además, perdería esta libertad de perderme.

En algún punto de nuestro atolondrado recorrido, podemos tomar el mapa. Ocurre:

1. Hay que averiguar dónde nos encontramos

2. Hay que chequear qué hay cerca que resulte interesante

¿Sabés qué sentís? Nada. Hermosa y apabullante nada. Y eso es una libertad impune.

II
"Do something you're afraid of... and fail". Pretty much, that line, taken from the movie Dare, sums up what I feel.

Encuentro que no es poco usual que yo deba atentar contra mis propios hábitos. Todo comenzó hace años, cuando tenía que optar por un curso de filosofía -era lo esperable-, pero opté por otra cosa. ¿Y por qué elegiste teatro?, me preguntaron. "Porque es exactamente lo que yo dije que no iba a hacer". Quite funny turn of events, I must say.

Atenté otra serie de veces al respecto. Subirme en reiteradas oportunidades a un avión, por ejemplo. Mandar a la mierda a un jefe. Salir con la prima de un gran amigo mío. Why not.

En resumen: "La razón nos da los elementos para la creación, pero con la condición de que los usemos contra ella misma". (La forma más concisa de expresar esto se me tenía que ocurrir borracho).

III
Caminaba como camino siempre, pero sintiéndolo de otra forma. Perdido, aunque sabía a dónde iba. Esto de vacacionar tan lejos de casa, tan de visitante, es hermoso. Entonces, salí de la boca del subte, y di con el Vieux Port en pleno atardecer.

Me di cuenta de dos cosas en ese momento:

a. Esta gente ve esta belleza todos los días y ni lo nota
b. Esto que menciono me pasa a mi mismo en mi ciudad natal

IV
Pensé que había sido el método. Mi approach a Michelle había sido muy repentino, o quizás le había resultado desubicado. ¿Cómo saberlo? Solo deseé con toda mi alma que no fuera otra vez el temita de ex no resuelto, porque ya me había dejado una en otro país por eso.

Me la encontré cerca de Gran Vía, de casualidad, haciendo compras. Me vio, no se hizo la boluda, porque ella misma me llamó. Eso me reconfortó. Nos preguntamos cómo estábamos, blablero. Dudé dos segundos si hacer referencia a lo que había pasado hacía dos días o dejarlo ahí.

- Escuchame, perdón por lo del otro día, no quise incomodarte - dije medio atolondrado.

- No hay problema - dijo ella, y prosiguió-. Olivia me preguntó si la podés ayudar con un tema de la Facultad, que ella no caza una.

Cambió de tema, mala señal.

- Sí, no tengo problema, aunque no sé de qué se trata.

- De algo de... bueno, me dijo un nombre y no lo recuerdo...

Como cambió de tema, decidí no implementar me segunda frase que era "Si querés un día nos juntamos, podríamos charlar de cosas relevantes, como la crisis o la Euro", que era uno de mis chistes malos.

Se retiró con sus bolsas, caminando, llevando su silueta para otro lado. Me pareció que cuando le mencioné lo de la otra noche se volvió cortante, no quería hablar del tema. Soy bastante malo con las indirectas, prefiero los explícitos.

Pensé los siguientes dos días en ella. No soy de abandonar fácil y de ponerme a pensar en otra cosa así nomás. ¿Quizás tenía miedo? En una de esas la hirieron en una relación anterior. O quizás, efectivamente tengo que convencerla de que no soy cualquiera. O engañarla un poco, porque en realidad soy cualquiera.


Por A o por B, sabía que mi naturaleza me impediría quedarme callado. Pensé que quizás estaba con alguien, pero automáticamente descarté esa posibilidad porque el novio hubiera aparecido mencionado en nuestras conversaciones.


Y si piensa que soy muy frontal, no la puedo llamar así nomás. Preguntarle a Olivia es de salita de cinco.


Comencé a entender que Michelle era también difícil de descifrar, porque la verdad, no tenía las más puta idea de qué le pasaba por la cabeza.

M.

jueves, 21 de junio de 2012

Entonces me acerqué a ella, mirándola directo a los ojos, centímetro a centímetro. Me había costado horrores tomar la decisión, aceptar que me había conquistado de esa forma tan directa.

Y la hija de puta me esquivó.

- Perdón, creo que hay un malentendido - dijo.

Por un lado no pude creer que llegada esa circunstancia, esa proximidad, ella me rechazara así. Lo peor es que había ganado confianza a costa de hablar con ella de cosas sentimentales, o cómo nos parecía no entender nada, o cómo nos gusta dormir hasta las dos los domingos.

Miré la pared, blanca, oscura. En verdad la esquivaba a ella, que no sabía si me estaba mirando - asumo que no -, pero si sabía que se sentía al menos tan incómoda como yo. Era ese momento en que te abrís a la otra persona y resulta que no, que salís levemente lastimado.

- Claro -dije-. Por este tipo de cosas no es tan fácil.

- ¿Qué?

- Perdón.

Tardó unos dos segundos en responder. Justo cuando yo pude volver a mirarla, cuando pude volver a registrar que ella estaba frente a mi y que justo yo le había tradado de dar un beso y que justo se me había revelado que ella no pensaba en eso.

- No hace falta, está bien - contestó, mirando de reojo al piso.

La música del lugar seguía sonando: Michel Teló. Pensé en que me hubiera encantado sacarla a bailar, pero ya estaba en esta instancia en que no era adecuado. Además, sabía que a ella no le gustaba la danza en ninguna de sus formas.

Estaba perdido, bah.

- Bueno, estem - dije así tropezado-, estem. Lo que pasa cuando es que yo vos creo que sos interesante.

Ella me miró por una milésima de segundo, creo que fue una confesión de no correspondencia.

- Tomaste de más - me dijo-.

- No - le dije-. Si hubiera tomado de más, quizás te estaría insistiendo o quizás estaría haciendo como si nada. Pero acá estoy, hablándote.

A mi me enseñaron a incinerarme. A mi me gusta llevar el combustible, y que ellas pongan los fósforos. Tenía ganas de irme, de que se termine el momento. Pero hubiera dado todo por quedarme con ella.

No me contestó porque no había forma de que me contestara, porque no me quería dar una negativa tan directa, porque así, en todo caso, podría defender lo ocurrido como un acto de mi ebriedad, descalificándolo como total incoherencia.

De alguna forma me llamé al silencio. Ella lo rompió con una pregunta idiota.

- ¿Podemos ser amigos?

Opté yo por devolverle el silencio, no por venganza, sino porque tampoco tenía respuesta que no fuera groseramente directa.

Las luces, la música, el lugar, la gente. Todo me pareció tedioso, pero más efímero que de costumbre. Ya no me molestaba la música cachengue, los lasers, los empujones, el precio de la pinta. Si me molestaba ese momento que ocurre justo después de que te dicen que no, ese donde encontrás un argumento para no hacer las cosas, antes que para animarte a hacerlas.

Debo haber tenido un look terrible, que ella me tomó del brazo, lo que probablemente aseguró en ese momento un status de confusión que solo días después, conversando con ella, lograría descifrar. Era como una leve caricia. ¿Stereo?, pensé.

La verdad era que su carita me tenía a su merced, que esa tristeza no me ayudaba, sino más bien agravaba la situación en la que nos encontrábamos. Su pollera negra, sus botas posmo. Su remera a rayas blancas y negras. Era ella, como un todo, en su integridad.

¿Cómo decirle a alguien que te interesa sin usar esa palabra de mierda? Interés. De alguna forma, ya lo había hecho. Pero en ese momento pensé que el problema era la situación, que ella no quería arruinar nuestra relación o que sencillamente no le gustaba que nadie se le tire en un boliche.

Fair enough, pensé. Lo gracioso (o no, piensen lo que quieran) es que cuando caí en eso, cuando pensé en dejarla ser, o seguir las cosas luego, avancé nuevamente hacia ella y finalmente la besé.

- No - dijo ella retirándose luego de unos segundos, y mirando para abajo.

¿Era por insistencia la cosa? ¿Cuánta razón tenía? ¿O simplemente no se había animado nuevamente a esquivarme, porque dos veces seguidas en una noche le resultaba demasiado? ¿Me he convertido en un imbécil?

- Escuchame, no es el momento. ¿Podemos hablar luego? -  dijo ella.

Mi incógnita era aún mayor, no entendía con qué me estaba enfrentando. Pensé que iba a volar un cachetazo, cualquier cosa, pero que me digan de hablar luego...

- ¿Luego? Claro, aunque también podríamos hablar un poco ahora - apuré.

- No, ahora no es el momento ni el lugar. Fijate. Además de que necesito ordenar mis ideas, creo que ahora no es el momento apropiado.

- Como digas. Perdón, no quise incomodarte.

- Dejá de pedir perdón, por favor. Ya está. Solo es que no quiero hablar ahora de esto, no me parece el lugar, y la verdad que prefiero quedarme sola un rato al menos.

Un rato. Con lamento, la dejé en paz. Quizás debería haberme quedado, insistirle para salir del lugar, acompañarla a la casa, lo que fuera.

Fui a la barra. Me tropecé con uno que estaba charleta, me dijo que había mucha gente, que los del bar se tardaban mucho. Miré buscándola, para saber al menos por dónde andaba. Y me di cuenta de que se había ido.

Ordenar un poco el caos

lunes, 18 de junio de 2012

Sé que todo esto les viene resultando un poco caótico. Personajes que van, aparecen o desaparecen, diálogos que no tienen interlocutores declarados, en fin. Ahora me dispongo a poner un poco de orden:

En principio, Jackie se encontraba viajando desde al menos unas cuatro semanas, cuando acordó encontrarse con Jimmy en Marsella. Él se había establecido allí desde hace también poco tiempo, y si bien no hablaba mucho con Rousseau, era evidente que se moría por verla.

En algún punto de su viaje, Jackie conoce al joven Bayton: muchacho residente en Madrid, que se encontraba pasando por París, de vacaciones. Ella y él tienen un affaire corto, pero intenso. Jaqueline deja a Bayton de repente, para emprender su ya retrasado viaje a la costa francesa, a encontrarse con Jimmy.

Bayton quedó cautivado por los misterios de Rousseau, que no terminaba de sincerarse con él. Se molestó ante la insistencia de ella por visitar a un tal Jimmy, por quien evidentemente todavía tenía sentimientos amorosos. Tras pensarlo, dos días después de la partida de Jackie, él decide seguirla, con la esperanza de convencerla de olvidar a ese tipo.

El relato de Marsella está signado por la relación Bentham-Rousseau, en la cual el primero intenta atraer a la segunda, pero cuando se da el encuentro, la rechaza. Frente a este reaccionar histérico, en principio incomprensible, Rousseau no comprende que en verdad él la sigue queriendo.

Marsella y Gaena son puntos opuestos, siendo la primera metáfora del terreno íntimo de Jim y la segunda el metáfora del terreno sentimental de Jackie. Una es sabido que se halla en Francia, pero la segunda no tiene locación precisa -hipotéticamente, Italia-, debido a lo esquiva que es Rousseau para revelar lo que siente.

Ella no sabe precisamente qué desea, pero tras una fuerte discusión con Jimmy en el Chateau D'If, deja la ciudad. Bayton arriba justo cuando Jaqueline se va.

Bayton visita el Chateau, sabiendo que Jaqueline insistía en que debía visitar precisamente ese punto. De alguna forma, Bentham lo esperaba, sabía perfectamente de quién se trataba. Mantienen una conversación algo tensa, pero sorpresivamente Jimmy no resiente a Bayton: acepta que otra persona quizás sea la indicada para Jackie.

Los días siguientes consistieron en un par de cruces verbales entre Jim y Jackie, mensajes perdidos provenientes de vaya a saber qué lugar. El paradero de Rousseau era desconocido.

Por más que había pasado sólo unos días con Jackie, Bayton estaba deprimido por haberla perdido. Así, emprende su retorno a Madrid, y hace escala en Toulouse, donde se encuentra su amiga Solange, quien se encuentra terminando una maestría.

Desde hacía días antes, Solange y Bayton iban hablando de volver a reunir a su banda nuevamente. Con esa excusa se encuentran, pero en verdad dan rienda suelta a cierto deseo que sentían el uno por el otro.

Ambos personajes se encuentran en momentos grises de sus vidas. Bayton, deprimido y sorprendido por el efecto Rousseau, el que se da cuenta lo ha perjudicado en exceso para lo efímero de la relación. Y Solange también se encuentra reponiéndose de una separación, pero esta es más seria, ya que dejó a su novio de diez años, con quien convivía.

Poco antes de que ambos deban volver a Madrid comienzan a plantearse qué pasara entre ellos. Implícitamente, deciden - cada uno por su cuenta, por razones diferentes y sin comunicárselo al otro - no continuar una relación amorosa.

El hecho de que Solange y Bayton no hablen seriamente de lo que ha ocurrido entre los dos les acarrea problemas, pero están basados en malentendidos. Tal es así, que sintiéndose amenazado por la presencia de Solange en Madrid, Bayton decide escapar su última semana de vacaciones sin darle su paradero.

Tras un tiempo de no verse ni hablarse demasiado, la relación de amistad entre Solante y Jonathan vuelve a la normalidad. Justo cuando este conocer a Michelle.

A su vez, Bentham ha dejado Marseille poco después de la partida de Rousseau, para encontrarse con alguien en Nantes.

Y espero que haya quedado todo un poco más claro ahora... o no.

Nantes (II)

domingo, 17 de junio de 2012

Caminábamos sin destino fijo, recién llegados. Por algún motivo en especial -que estaba a punto de descubrir- él tenía todas las expectativas puestas en esta ciudad. Su "point the capiton", como solía llamar a ciudades que:

"son un punto convergente en el itinerario, un nodo, un motivo fundamental del trayecto. Existen las ciudades de paso - que uno visita porque le queda de paso - y las nodales, cuya importancia es tal que uno las visita incluso desviándose de su curso."

Efectivamente, Nantes no conectaba con nada salvo con la capital francesa. Diría, era peor que conectar Marseille, que ya es decir bastante.

Perdí toda mi noche de viernes en llegar a esa infame ciudad. Y luego otras horas esperándolo a él y su retraso.Cuando llegué al hostel -2 am de la matina - pensé que nadie me abriría. Me salvé de pasar una noche en pleno frío francés.

Él llegaba a las siete de la matina directo de la ciudad portuaria más mencionada a lo largo de estos episodios. Según me comentó, se había perdido en la linda Montpellier, todo debido a un paro de trenes en la prole Marseille, lo que provocó que llegara a las once. Todo confirmaba la hipótesis de que no debíamos haber insistido en incluir Nantes en nuestro itinerario.

"La magia ocurre, corazón". Estaba místico cuando lo encontré a orillas del Loire, cerca de la estación de trenes. Miraba a la nada y al todo, enamorándose a cada paso que daba. Yo estaba de malas del viaje de la noche anterior, y él estaba poco soportable.

"Es importantísimo que estemos a las tres de la tarde en el Jardin des plantes", decretó él. Le pregunté por qué. "Ah, ¿cómo, no sabés? Buen, ya te vas a enterar. Vos seguime". Y se negó en las horas subsiguientes a confesarme qué íbamos a ver.

"Yo quiero ir a la catedral", dije. "Todas las catedrales son iguales", contestó. Me molestaba cómo de entrada él eliminaba lo que yo pudiera pretender del viaje.

Hubo dos cosas que me aliviaron. La primera fue los baguetines que compramos al paso en una panadería, que eran geniales. Lo segundo, que el Jardín era impresionante. Me enamoré de esa vista, de ese paisaje. Estaba lleno de gente, pero para mi era perfectamente explicable.

Tal tumulto de gente al que me estaba guiando este sujeto, que me venía arrastrando mentalmente desde hacía semanas a esta ciudad, que comencé a olvidar lo hermoso del jardín. Evidentemente mi mal humor era fácil de recuperar.

"Aquí está" me dijo. Y llegué a ver una muñeca gigante, sentada sobre una especie de tarima y rodeada por unos hombres que aparentaban ser los operarios de todo.

Era una marioneta gigante de una niña. Y aparentemente se trataba de una compañía teatral dedicada a realizar representaciones con semejante bicho. Tendría unos cinco metros de alto, llevaba un vestido verde y unos zapatos marrones. Antes de que todo comience reposaba tranquila con sus ojos cerrados, mientras el bochinche de la gente al rededor no la despertaba.

Media hora después los operarios, mediante poleas e hilos y cables, lograban que la muñeca cobrara vida. Él miraba atónito cómo la movían, cómo se incorporaba la pequeña gigante. La seguimos hacia otra parte del Jardin, donde se encontró con el elefante.

"Esto es una fábula".

"Pero digamos, esto lo podemos ver en Euro Disney", le dije. Me contestó sencillamente poniendo cara de repudio a mi comentario.

Blank

viernes, 15 de junio de 2012

La verdad es que recordaba poco de la noche anterior. Abrí los ojos y pensé que estaba en otro lado, en Polonia. ¿Por qué ahí? Ni idea. Desde hacía días venía con estos despertares desordenados, pero este fue el ganador.

No sabía a quién tenía al lado durmiendo. O sea, sí sabía, pero no lo conocía tanto y no me acordaba cómo había llegado a mi casa y a mi cama. Le mandé un mensajito a Olivia preguntándole qué había ocurrido anoche. No tenía esperanzas de que me conteste en verdad.

Intenté levantarme una serie de veces, pero por algún motivo las piernas no me daban. Me sentí Beatrix Kido al salir del coma. Mi cabeza gozaba de un leve dolor y sentía una sed terrible. Logré levantarme luego de una media hora de querer irme de mi propia cama.

El problema de levantarte con un extraño en tu cama es que no sabés qué hacer: si lo despertás vaya a saber cómo se pone, si pretende que le hagas el desayuno. O quizás haya suerte y desee irse cuanto antes. Me puse a preparar café mientras pensaba "la puta madre, hay que hacer para dos".

Sorpresivamente Olivia me contestó temprano, al rato nomás: "¿No era que los italianos eran más histéricos que los argentinos? Je je je je". Odio los je, pero en particular odio los je de Olivia que me parecen aún más perversos. La llamé en seguida y:

- Escuchame, ¿cómo terminé con este tipo en mi casa, en mi cama?

- Con bebida y drogas.

- ¿Drogas?

- ¿Qué te pensás que fumaste? ¿Habanitos?

- Mierda...

- Sí, mierda. Te dije que no te convenía, pero no me diste bola. Ya estabas dada vuelta. ¿Y? Si no te acordás entonces tan bueno no estuvo.

- No pelotuda, en serio.Ahora tengo al pibe torrando en mi cama, no sé si el café que hice alcanza. Y la verdad que me encantaría que se teletransportara a su cama, en su casa, y ya.

- Claro. Ahora te lo querés sacar de encima. Evidentemente algo te había gustado.

Sí sí, era cierto, pero no así. Es demasiado impactante. Encontrarse esa barba así en primerísimo primer plano al despertar juro que no era mi idea de comenzar ninguna mañana.

- ¿Lo despierto?

- Mmm, no. No. Yo que vos hago ruido, que se despierte solo. O sea, no sé, mové las sillas, hacé ruido cuando desayunes en el living. Y el tipo ya se despertará.

Bien inutil resultó. Hice ruido un rato, hasta apoyé la taza con cierta furia en el platito, pensé que lo iba a romper. Raspé las tostadas con furia.

El se despertó como a la hora, y justo cuando yo había entrado a mi habitación nuevamente para buscar un buzo más grueso. Me miró, me saludó buen día. Le respondí. Me hizo una seña con la palma sobre la cama, para que me sentara. Debí haber intuido la cosa de antes.

Me fui nuevamente para el living, sin decir nada.

Se apareció por la puerta, se me acercó y me puso el brazo por la cintura. Ese fue el momento donde rotundamente sentí que ese tipo debía irse. Le pregunté si quería café, que había. Trató de acercarme con el brazo, todavía incómodamente en mi cintura. Me alejé y le dije que no.

Insistió, y yo insistí con mi negativa. Puso cara de "esta loca de mierda". Le dije que no hacía falta que se quedara más tiempo, que ya había sido suficiente. Muy amable puedo ser.

Por suerte se fue. O sea, yo no le importaba ni tres pepinos. Tuve ganas de llamar a alguien que me quisiera en serio, de decirle que no sabía lo que me pasaba. Fue como si mi animo de desplomara así, de repente, todo por haber fumado hash y bebido unos cuantos vodkas.