rescate

lunes, 27 de abril de 2009

Zunny pensaba: Pero si vieran como vomitaba, la verdad que se había ido de mambo la piba. Abrazaba el inodoro como si fuera su gran amor, mientras yo le tendía un pedazo de papel higiénico a la muy condenada. Me asomaba un poco por la puerta del toilet. "¿Estás bien?", le preguntaba yo a falta de alguna otra idiotes que quedara peor preguntar.

Afuera del baño de damas, en la puerta, esperaban Oliver y Daniel, mientras Jana no se dignaba a aparecer entre toda la gente del boliche.

- A ver si entiendo bien. ¿La piba está así por tu culpa? - comenzaba a enojarse Daniel.

- Mi culpa no, aunque tuve que ver. Yo que iba a saber que era alérgica?

- ¿Alergica? Bueno, hermano, verás, hay veces que las toxinas tienen efectos medio malos en las personas. Por ejemplo... - Se escuchó una arcada desde adentro del baño de damas.

Mientras, Zunny contemplaba el patético acto de una pendeja en clara debacle nocturna. Ya no podía más pa piba, su cara llorosa la delataba: era una purreta aprendiendo de mala forma los malos hábitos. Diecinueve años la piba y necesita una brújula con gps.

- Limpiate un poco ahí, que tenés un hilo de baba... - le dijo mientras le alcanzaba un poco más de papel.

La piba no respondía, sólo tomaba lo que Zunny le daba y tóscamente hacía el intento de limpiarse, pero ni siquiera le acertaba a su mejilla derecha. Mientras, afuera:

- No le di mucho. Era para probar nomás, pero te digo que me parece que es alérgica. No había forma de saberlo.

- Boludo, boludo -decía Daniel-. Es una pendeja, las pendejas de hoy en día tienen cualquier mambo en la cabeza. Ahora no sabés a quién le puede ir con qué cuento. Hey, vos -justo divisó a Jana que se iba para el baño de hombres-.

Allen hizo un gesto de ya voy. Daniel lo puteó para que viniera instantáneamente, pero Allen no le hizo caso, o no escuchó.

- Bueno, ahora la llevamos a la casa.

- Sí, a la casa - gruñó Dani-.

La mano de Zunny ahora le acercaba un vaso con agua. Si bien la piba lo aceptó, no podía tragar, en cuanto intentaba tomar devolvía el agua en un gesto lastimoso, empapándose la remera que decía Rock Star. "Puta -pensó Sonia-, no sirve ni para nada".

- ¿A quién esperan? - preguntó Allen, mientras agitaba su porrón de Quilmes Bock.

- Una vez que salgo con ustedes y la terminamos armando lindo lindo, eh -respondió Daniel-. Te cuento: tenemos una pendeja drogada en el baño, amiguita de Oliver.

- No es tan pendeja... -dijo Oliver, mientras miraba el techo, quizás buscando agujero por el cual saltar y fugarse.

- Entiendo que estés deprimido, que quieras buscar brazos jóvenes, pero esto es demasiado. Creo que está intoxicada, o con sobredosis, este dice que quizás sea alérgica.

- ¿Qué mierda le diste? - preguntó Allen-. Bah, olvidate. El tema es ¿cuánto? ¿Está vomitando?

La piba estaba sentaba al lado del inodoro, pero aún tendía los brazos como para abrazarlo. El piso era un asco, ni en pedo Zunny se hubiera sentado allí. El tema era sacar a la muchacha de ahí. Entonces, salió al encuentro con los muchachos.

- Bueno, está sentada, peró de devolver - reportó Zunny.

- Santo dios, menos mal - dijo Daniel mirando al techo.

- Entramos y te ayudamos a sacarla - propuso Oliver. En seguida, tratamos de caretearla hasta la salida y nos la llevamos.

- Caretearla - contestó Daniel -. La puta madre, salimos a divertirnos y vos te ponés a drogar pendejas. Sos un boludo. No sé qué va a pasar, porque si la sacamos de acá bien, sin intervención del Same y sin salir en los diarios, la historia no se termina acá.

- Tenemos que darle algún tiempo a que se reponga - propuso Allen-. Por otro lado, visto que hay mujeres en el baño, no creo que esté bueno que entremos. ¿Ninguna de las que está adentro te ayuda a sacarla?

- Estás loco. Son todas unas pibas chetas, van a patearla antes que a ayudarla.

Daniel protesta más, mientras Oliver se cansaba de explicarse. Tampoco hacía tanta falta. Allen se dio media vuelta y se fue, para perderse en la muchedumbre del bolichón.

Zunny se dio cuenta de que iban a seguir discutiendo antes que ayudarla, así que entró a ver cómo estaba la chiquina volteada. La música electrónica que sonaba en el lugar le aturdía. Tanto como las quejas de Daniel.

- Además, eso de andar drogándose con cualquiera que uno encuentra es peor. Entonces yo le tengo que explicar a mi mujer que salí con mis amigos, y para divertirnos drogamos a una nena.

- No es una nena .respondió Oliver ya enojado-. No me interesan tus comentarios neoconservadores, tampoco me interesa salir con un amigo de Macri.

Entonces reapareció Allen con Carla.

- ¿Qué le pasó a la piba? - preguntó a Oliver.

- Tomo unas cosas. Largo de explicar acá, encima con la música no vas a entender bien.

Zunny intentaba levantar a la muchacha knock our, pero se le hacía un tanto difícil por el suelo resbaloso de la baba y el papel higiénico pringoso, además de cualquier otra sustancia no reconocible que tuviera ese lugar.

- Es el baño de mujeres, no podemos entrar -explicó Allen a Carla-. Así que andá vos, y ayudala a Zunny a sacarla de ahí, que anduvo descompuesta.

- Al rescate de una ebria, jamás lo imaginé... - dijo Carla mientras entraba al tocador femenino. Cuando Allen le contó brevemente la situación su cara se tornó de piedra, carente de toda expresión. Se resignó a que a partir de eso, la noche sería una basofia.

- Te ayudo - le dijo a Zunny, mientras veía como esta intentaba levantar a lo que quedaba de la chica. Un asco, encima le colgaban mocos de la naríz. Se repartieron los brazos, Carla la tomó por el hombro derecho, mientras Zunny el izquierdo.

El piso estaba resbaloso, y ninguna de las dos quería terminar con la pibita esa en el suelo. Encima seguro que con el golpe hubiera vomitado otra vez. Entonces Allen asomó la cabeza, para monitorear la operación de las chicas, que ya habían logrado sacar a la resacosa del toliet.

- Enjuaguenlá un poco en el lavamanos - decía Allen-. Así la refrescan y le sacan un poco el vómito.

- ¿No deberíamos entrar a ayudar? En seguida la sacamos - dijo Oliver-.

No, no, todo va viento en popa. Se ve que está medio resbaloso el piso, y encima esa es un peso muerto, pero de toque la sacan.

- ¿Y decime cómo hacemos para salir? ¿La metemos en un bolso? - protestó Daniel-.

Carla y Zunny cargaban con la muchacha, que estaba inconciente. Alguna que otra usuaria del baño, al lavarse las manos, las miraba, pero nadie ayudaba. "Increible", pensaba Zunny. Entre tanto, Allen trataba de que no lo vieran mirando desde afuera. Nada de "hey, pervertido". "Estoy monitoreando un rescate", hubiera respondido. Carla se preguntaba si no se les estaría por morir, mientras Zunny pensaba en la extraña situación que las había puesto a colaborar a ambas.

- Sos fuerte, che - le dijo a Carla.

- Me duele el brazo ya. Apurémonos, la sacamos y que se hagan cargo ellos.

Cuand0 lograron sacarla del baño casi la arrojaron a los brazos de Allen y Oliver, que la atajaron. En seguida buscaron unos sillones para ver qué se hacía con la pequeña, mientras Carla miraba cruzada de brazos lo que quedaba de su rescatada, y Zunny se tomaba el resto de Bock de Allen.

- Tendremos suerte si no te denuncia - le dijo Daniel a Oliver.

Lo peor es que Oliver pensó que la chica le gustaba, pero toda esta situación desvirtuaba un poco este encuentro. Su soltería de estreno lo tenía un poco contrariado, sus habilidades se habían visto afectadas Pensó que realmente estaba deprimido, que realmente había creado un flor de problema. Nadie le refutó lo que pensaba.

Descolocar

martes, 21 de abril de 2009

Carla dijo que era de ponerse risueña cuando tomaba. Entonces a Allen le bastaban un par de gestos, algunas muecas dispersas, para obligarla a soltar alguna carcajada. Quizás estaban allí para sacarle el cuero a Celián, y la noche había derivado en ellos sentados en el sofá de la casa de la muchacha.

- Por otro lado, es evidente que lo tuyo no es la cerveza -decía Allen, mientras le intentaba quitar el vaso-. Mirate, estás hecha una desfachatada.

- Pará nene, esto es mío me lo serví yo. Además, hace rato que no tomás vos, ¿estás aflojando vos?

Efectivamente Allen hacía un rato que no llenaba su vaso. La práctica de quien se pretende sobrio. En algún momento de la lucha por la cerveza, lucha encarnizada en la que Carla intentaba estirar el brazo para que Allen no alcance su chop, terminaron con un beso. No tardaron en trasladarse a la habitación, mientras él se sentía un tanto incrédulo ante la situación.

- ¿Está todo bien? -le preguntó ella a él.

Como suele hacer Jana, no respondió a una pregunta que consideraba no debía haber sido preguntada. Era como si hubieran suspendido el tiempo y se hubieran deshecho de todo eso que conocían el uno del otro, simplemente se hablaron como nunca antes. Las palabras alguna vez esquivas se volvieron movimientos entre las sábanas.

De repente el vaso de cerveza había dejado de ser la excusa. Muchas cosas comienzan así, con un pequeño detalle que señala otra cosa más importante, de forma sintomática. Del vaso a los besos.

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Primero ocurrieron dos mensajes de texto a la madrugada. Uno decía "¿Por dónde andás?". La respuesta fue "Acabo de llegar a casa". El teléfono tardó menos de dos minutos en sonar.

- Che... - sonaba la voz del otro lado del tubo.

- ¿Hmmm? App.

- Hace tiempo que no hablamos. ¿Cómo estás? -dijo no sin cierta tosquedad.

- Sorpresa. Me estaba por acostar, vio. ¿Estas son horas de llamar? Nooo, mentira no te preocupes no me despertaste. ¿Vos donde andás?

- En casa... ni salí. Acabo de soñar con vos...

- ¿?Ah sí, mirá vos. Si te molestaba en la realidad, me imagino que en el sueño al fin podías tener tu venganza...

- Hacíamos el amor...

- Mmmm... ¿Dijiste?

- Que hacíamos el amor, que bueno... eso. Perdón que lo largue así, yo sé que no se hace esto. Pero no me podía volver a dormir, y tenía ganas de decírtelo.

- Páfate. Y... la verdad que es un toque mucho, pero, yo qué sé. No hiciste nada malo. ¿Puedo preguntar cómo la pasábamos?

- No me quiero poner porno.

- Ah bueno, la pasabamos bien. Yo jamás sueño tan explícito. Debo tener una barrera de censura o algo, seguramente Freud sabría mejor. Tanto tiempo, y te me aparecés así, en un intenso encuentro casual, ja. Perdón, me lo tomo para la chacota. ¿Estás mal?

- No, para nada. ¿Qué decir? Aclaro que es la primera vez que me pasa. Generalmente, como vos decís, no sueño tan explícito yo. Simplemente estabamos ahí, tomando algo, y luego nos acostábamos y bueno, vos sabés, nos sacabamos de encima las tensiones... la ropa, ja... como quien dice.

Un poco de silencio. No es algo que ocurra seguido, era la excusa. Quizás hicieran falta algunas explicaciones, drenar algunas curiosidades. O también podría desestimarse el sueño, cada uno ir a su cama y hacer de cuenta que...

- Me llama la atención que te hayas animado a llamarme para contarme esto. Conociéndote...

- Puf... Igual, te cuento que es una liberación poder decírtelo. Pensé que por ahí te enojabas o me creías bajo el dominio de la locura. Podría haber llamado a cualquier otra persona, pero sentí que era más... seguro... menos malo... o... bueno, cómo sea...

- No, por favor, no hay problema. Aunque admito que me descolocaste, decirlo así, parece que tenías ganas de soltarlo...

Y la conversación siguió unos quince minutos más.

tiempo al tiempo

sábado, 18 de abril de 2009

I
¿Tenés idea de hace cuánto que no te veo? Vos me vas a contestar que hace unos meses, pero yo te voy a retrucar que eso no es nada, que enrealidad hace cinco años que no nos vemos. Seguro que no me crees. Me da la sensación de que compraste esa imagen de nosotros que ocurre esporádicamente. Por favor, deberías darte cuenta...

II
Paliers tardaba. Siempre tarda cuando hace este tipo de cosas. Es que, como yo, en ocasiones de vuelve demasiado meticuloso, un santo de la planificación, un ideólogo de la peripecia milimétrica. Ja, sabe que para algunas cosas es preciso ir lento.

Algo de fresco esa noche. Esperar en la calle no me gustaba nada, pero bueno, eran las condiciones. Además, no hacía cinco minutos que Paliers había entrado. Lo que pasa es que en esos momentos uno tiene al sensación de que el tiempo se dilata, simplemente a los dos minutos uno acumula el embolde de una hora entera.

- Bueno, todo ok -dijo Paliers mientras habría la puerta-. Entrá, dale.

¿Qué decir? No es como en las películas, un antro de cuarta. Se trataba de una casa cualquiera, pero en buen estado. Paliers me decía que a raiz de una gira policíaca en el lugar estaban paranoicos. Sólo atiné a sonreir, como diciendo "oh, qué loco". Oh qué loco era tener al gordo ese nuevamente frente a mí.

- Allen de Janeiro -dijo el gordo-. Hace años que no te veo.

- Cierto -contesté-. Algunos dicen que el ser humano es un animal de hábitos. Yo digo que simplemente un día uno tira los hábitos al carajo y se va a la mierda.

- Sep. Es cierto. En fin. La chica que venía con vos...

- No. Ahora no.

- Bueno -dijo el gordo-. Agarran esto de sopetón, muchachos. La verdad, no suelo tenerlo todos los días, pero sé que ustedes son buena gente, así que se los dejo. Tomenlo, llévenselo de acá. Últimamente la onda acá esta medio podrida, vieron.

- Simple -replicó Paliers-. La verdad es que no entiendo a esta gente. Se hacen los revirados y luego terminan en coma por tomar Fernet. Bueno, nos vamos.

Gesticulé un adiós. El gordo dejó de mirarnos automáticamente, como si tuviera un negocio más importante que atender.

- Ahora sí -decía Paliers mientras caminabamos por el pasillo hacia la salida-. Gracias, sabía que podía contar con vos.

III
El problema de los desordenes temporales ocurre cuando uno está demasiado tiempo inconciente. La semana fue atroz, entonces me cuesta entender qué pasa. No sé. ¿Qué día es? Si hubiera sol podría saber aproximadamente la hora, pero no. El reloj quedó dado vuelta del cachetazo que le dí.

Podría levantarme, pero, ¿para qué? No sé qué día es hoy, pero ciertamente no hay urgencias que atender. Vengo de una atroz, viste.

Me gusta bucear entre las sábanas, o al menos intentar encontrar en las almohadas la posición perfecta. Cruzadas, sobre la cabeza, e incluso llegué a ponerlas en mis pies, para levantarlos. Una semana atroz. No sé por qué me duelen los brazos. El teléfono suena, pero no me interesa atenderlo.

Ludi dice que cuando duermo tanto es porque le huyo a las cosas. Por ahora, me procupa el mar humor que tengo. Además, creo que dormi demasiado. Me duele la cabeza. La pérdida de la noción del tiempo, aún así, la considero una bondad.

IV
No sé a qué parte de mi vida pertenecés. Si contesto pasado, esa sería una respuesta vaga, incompleta. Además, qué mejor señalización del presente que vos, Efectivamente, no nos estaríamos engañando si en realidad, con algunas omisiones, pudiésemos sentarnos a tomar un café.

Vos me dirás con tu clásico discurso del impedimento que en realidad eso es un imposible. Pensalo. Más que pensalo, sentilo. ¿Tan lejana es esa imagen, Allen? Quizás con un café doble todo sería mejor.

Tus mensajes no me gustan. Eso porque sé que podés escribir mejor. Tenés errores, no se te entiende. A veces tendrías que esforzarte más, es una lástima que pierdas el tiempo meditanto en qué hubiera sido de las cosas si aquella vez me hubieras dicho hola, y nos hubieramos dado un beso.

Desenvueltos

jueves, 16 de abril de 2009

Un escenario.

- Ya no salimos más, no veo por qué está mal que yo vaya con un amigo a la fiesta.

- ¡No salimos más hace una semana, Emma!

- Suficiente, sabés que no me gusta andarme con rodeos. Además, no entiendo, ni que hubiera estado a los besuqueos en frente tuyo... Ni siquiera entiendo por qué te explico las cosas. Ya no somos nada.

Debord se da vuelta. Su cejas conjugan junto a su boca un gesto triste, una mirada que se pierde fija por detrás del telón. Emma se da cuenta de que sus palabras son duras, pero se aferra a ellas porque, precisamente, son verdad.

- Guy...

Ambos mantienen su distancia. Ella mira sus espaldas, él no tiene ganas de estar ahí, pero no se va. Quiere que ella diga algo que lo retenga. Si no lo hace, se quedará igual.

- Guy, la verdad, no pasó nada. Y no entiendo por qué te tengo que andar explicando. Vos podrías haber estado con otra y yo no te hubiera dicho nada. No porque me hubiera encantado, sino porque reconozco que ese no es mi lugar, que sos libre, que...

- ¡Basta! Envolvernos en una sábana ya no era suficiente, digo. Ni hablar de los desayunos en la cama, eran una farza. Tampoco servía devolvernos miradas que de todas formas no significaban nada. ¿O sí significaban?

Guy Debord se da vuelta, para enfrentar a Emma. Ella lo mira al borde del llanto, y en seguida retira su vista hacia el costado. Quiere eludir su imagen, que finalmente parece estar lo suficientemente lastimada como para decir lo que ella teme.

- A fin de cuentas, me dejaste. No pienso retomar todas las cosas que pensabamos. Entiendo las crisis, quién no las ha pasado. Yo qué sé, tampoco te puedo obligar a nada. Tampoco puedo decir que sos una mala persona. Ese es el tema, seguís siendo Emma la chica bonita. Emma, la chica que brilla ante todos, y me ha dejado.

- ¿Hace falta que pongas las cosas de esa manera?

- Emma, una mujer inolvidable, cuya mera presencia nos inunda con un sentimiendo de dicha. O bueno, diré desde ahora que nos inundaba, pues desde hace días este río ha desbordado.

- A veces pienso que mis amigas tienen razón, que te hacés el intelectual al pedo. Sobretodo en situaciones que no da ponerse en esa pose.

- ¿En qué pose debo ponerme? Quizás prefieras la pose de un hombre que jamás te amó, al cual podés decirle simplemente que te vas y le importa un pepino, eso. Me importa un pepino, mi amor, así que no habrás problemas. Vos te quedás con el perro, yo con la compu. Asunto resuelto.

Emma no sabe si pegarle un cachetazo o pedirle disculpas. Mientras, Debord se ha llamado a silencio, pues ha vomitado quizás demasiadas palabras, demasiadas cosas cuyo lugar menos inadecuado era este.

Las luces se van apagando gradualmente, hasta que quedamos completamente a oscuras.

Moonshine

miércoles, 15 de abril de 2009

Supongamos que esto puede ocurrir por la noche, en las calles de una ciudad que ha abandonado a sus amigos porque ya no queda nada para hacer. El frío se ha deshecho de quienes planeaban una salida al aire libre. Ella está sentada en las escaleras de la puerta de un edificio. Él, se pasea frente a ella, ida y vuelta, pensando en cuál será la mejor forma de no volver jamás.

- Ahh, es que, realmente no sé cómo lo hiciste -dijo ella...

- Yo tampoco, te imaginarás. No es mu culpa que todo esto tenga tanta relevancia, ¿o sí? Creo que te pusiste un tanto celosa, y eso nos restó confianza.

Ella levantó la ceja en un gesto de asco, que debería hacer sido un gesto de furia, e incluso podría haber derivado en cosas peores. Él fumaba su cigarrillo, se paseaba por la vereda, miraba para arriba, de limitaba a reescribir la historia en su cabeza de manera que le sonara coherente, que le gustara o al menos le pareciera pintoresco.

- En realidad - dijo él-, todo es perfectamente comprensible. No encajamos, ya lo hemos demostrado. Pero era obvio que debíamos intentar, pues no nos conocíamos, entonces la atracción era algo que simplemente nos ocurría en ese hecho tan tonto que era cruzar nuestras miradas.

Mentira. Ella no necesitaba cruzar miradas con él para sentirse atraida. Ese tipo de inconsistencias teóricas se le había vuelto a Luna insostenibles. Contenía la angustia, intentaba no rebalsar, aunque deseaba liberar su río, ahogarse en su pegueño drama.

- Yo qué sé, corazón - decía ella-. Por un lado entiendo tu reacción, quisiera pedirte perdón, pero mi deseo de decirte la verdad es más fuerte. Ly me dijo que soy una estúpida, que lo tiré todo por la borda, que ahora no tenemos vueltra atrás. Arruiné la cosa. Pero prefiero hacerme caso. Lo que no me esperaba es que esto costara tanto, que doliera tanto, que sangraramos tanto.

Él terminó su cigarrillo. Mientras miraba al suelo, sacó su atado de Marlboro diez, esa cajita ancha que le era tan incómoda, y aprontó otro cerca del encendedor.

- Si lo pienso en frío -decía él-, tenés razón. Cualquier persona tiene que hacer lo que tiene que hacer. Los errores en la vida son inevitables, la perfección no existe y las ideas son un efecto de la materia que nos rodea. Por otro lado no puedo dejar de decirte que sos una hija de puta.

Luna no aguantó más y se largó a llorar.

- No sabés entonces... - dijo él mientras miraba a la distancia, parado entre dos baldosas, una naranja y la otra amarilla-. ¿qué es lo que no sabés? ¿Cómo terminaste involucrado conmigo, si no tenemos nada que ver?

- No tenemos nada que ver, sí -respondió Luna, moqueando-. Pero puedo decir que te amo. Lo ridículo de todo esto es que te amo.

El cigarrillo de él se balanceaba entre sus labios, mientras sus ojos aterrizaron en las zapatillas de ella. Sentada, en la escalerita de la entrada de un edificio cualquiera. Ella, la infiel, que le decía que lo quería. Ella, que miraba para abajo, se tapaba la cara, lloraba, se sonaba los mocos.

- Andá...

No lo decía. No podía decirlo, o no quería. Ella se daba cuenta de que las cosas quedaban a mitad de camino.

- No sé cómo llegaste a significar tanto, así como tampoco nos arruiné de esta manera.

- Si te hace sentir miejor, yo también te metí los cuernos.

Santo agravio. ¿Qué decir? La situación se había vuelto inmanejable. Lo único que quedaba era esperar a que se termine la querra y enterrar a los muertos. Ella no contestó. Él no prosiguió. En un momento sonó el celular de Luna, ella miró quién era. Lo dejó sonar, lo dejó que reclamara su atención. Antes de que corte, atendió.

- Hello, ¿cómo va? -dijo Allen.

- Amigo, lo he devastado. ¿Cómo querés que esté? Acabo de deshacerme de mi novio, justo aquel a quien quería conservar.

Allen tardó en comprender.

- Tenemos que juntarnos otra vez, a ver cómo mierda es que nos pasan estas cosas - continuó Luna-. Soy humana, soy una hija de puta. ¿

Él se alejaba. Lo único que le faltaba era que ella se pusiera a charlar con otro.

- Puta y cornuda -agregó.

- Luna, Luna, no creo que sea conmigo con quien debas estar hablando en este preciso momento. No entiendo siquiera por qué me atendiste.

- Es simple. Estoy perdida, estoy dolida, me acabo de separar y ya no sé qué quiero.

Miró la silueta de él que caminaba entre las sombras de Las Heras, justo cuando un colectivo 59 ingresaba a la avenida. Él no miraba atrás. Luna se preguntaba cuándo volverían a hablar, qué se dirían. Realmente lo quería, pero la evidencia se le hacía irrefutable.

- ¿Cómo es que una destruye lo que ama? - le preguntó a Allen, por teléfono.

- No es tan completo - contestó él-. Es una tendencia que tenemos algunos, un movimiento que nos gusta hacer, unas patadas al escritorio, sólo para corroborar, otra vez más, que no todo estará bien.

400

lunes, 13 de abril de 2009

I
"¡Cuatrocientos kilómetros!" bociferaba Bataille a una estupefacta Susana, que creo, casi de pone a llorar. En efecto, habíamos viajado a Mar del Plata por el fin de semana, una ocasión de dispersión que a mí me permitió olvidarme de quien soy (a medias) y a Debord no logró preparar para lo que se le venía.

Cuatrocientos kilómetros, nena, y lo que todos creíamos por cerrado no existía en realidad. Si bien todos pensábamos en la obviedad de una relación entre Jorge y Susana, la cruel realidad nos hizo toparnos con que ella no quería estar con él. Todo esto ocurrió adentro de un boliche marplatense que prefiero olvidar pronto. Me costó sacar a Bataille del lugar. Él estaba tan cabrero, puf, si lo hubieran visto.

Mientras yo compartía otras tantas cervezas con Guy, relojeaba los acercamientos de Jorge a ella. Un poco de baile, y hasta una Sprite con limón (todos sabemos que la Corona va con limón, no la Sprite). Hace meses que el muchacho sufre de mal de amores con Suana, chica inteligente aunque un tanto callada y otro tanto arísca de a ratos. Pero no podemos culparla, pues nosotros no somos los seres más agradables del mundo.

Guy: Siento que entre ella y yo no pasa lo mismo que antes. De hecho, cuando me habla parece más solicitarme cosas que realmente hablarme. Creo que me tiene un tanto deprim...

A medida seguía el relato de Guy, Jorge aumentaba sus acercamientos a Susana. Le tomaba la mano, pero ella luego se la llevaba al otro brazo para rascarse, o simplemente acomodarse la vincha. Fue en ese instante que recordé los famosos indicios de que todo iría mal, indicios que hace tiempo no siento pero reconocí al instante. Lo supe. Bataille estaba pronto a...

Guy: ... imaginás, ¿no? Yo solo le dije que me gustaría que viniera conmigo. Nada más. No le hice ningún reclamo, ni nada por el estilo. Las relaciones son muy extrañas, Jim. A veces me siento que somos un acto fallido, como Allen y July. Ahora la extraño. Muchísimo, hasta me siento culpable de andar perdido por acá. ¿Te diste cuenta que...

Eludir se había vuelto para Susana una sutileza. Yo observaba el campo de batalla, mientras me acordaba, por alguna extraña razón, a la situación que alguien me había contado en las puertas de un pub porteño. La historia había sido algo así: la chica estaba atrás del chico. Él simplemente andaba con otra, hasta que un día no anduvo más. Entonces, esta otra aprovechó para tirarle los perros de una. Los signos de su fracaso le parecían evidentes, pero como una suicida del amor fue y se dio duro contra la realidad.

II
Era obvio, por un lado. Lo que pasa es que no sabía qué mierda podía ver Meri en mi que le atrajera. Per ahí estaba ella, diciéndome que me quería, que tenía ganas de darme un beso.

Meri: No quiero seguir así. No puedo, ¿sabés? Lo peor es que sé que te voy a extrañar, pero no te puedo ver más, Allen. Ya fue demasiado.

Alen hacía uso de su reconocido arte de la idiotes, pero de una innovadora forma: quedarse callado. El breve monólogo de Meri lo sobrepasaba, no tenía una respuesta que lo pudiera sacar intacto de la situación.

Meri: Me gustaría que esto fuera reciproco, pero no voy a forzar las cosas. Si te digo esto es para lastimarme de tal forma que no querré volver a verte.

Allen: Lo lamento, pero no puedo corresponderte.

Fue la cosa menos estúpida que pudo decir, pero era verdad. Con Meri se lelvaba bárbaro, y si bien detectó que ella se acercaba, simplemente dejó las cosas pasar. Algún día creceremos. O no.

III
Guy: ... la vida. Ni nada de eso. Eran las ganas de vivir, eran las ganas de ser feliz, Jim. Sino nada vale la pena, ¿no?

Jim: Se viene....

Entonces Jorge abrazó en un ataque de romanticismo a Susana y la besó. Era una foto brillantemente seductora, dos personas besándose en medio de una pista de baile donde nada parece ocurrir entre todo el movimiento. Pero el beso duró poco, y en ese instante Guy dio por finalizada sus explicaciones teóricas sobre Emma. Susana logró alejarse de Jorge, romper el beso. Él la miró fijo, eso había sido alta traición.

Habíamos viajado cuatrocientos kilómetros escuchando la promesa de Bataille: ahora sí que me agarro a Susana. No me para nadie. No vuelvo a Buenos Aires sin un beso de Susana.

Definitivamente había cumplido su promesa, pero no como el querría. Creo que automáticamente Jorge perdió todo contacto con al realidad, pues simplemente se alejó, se fue, destinó su camino a donde fuera menos a las cercanías de Susana, que aún se hallaba un tanto shokeada.

Guy: Em, se pudrió, ¿no?

Claramante. Tuvimos que ir a rescatar a Jorge del pedo mágico que tenía en su cráneo. Nos costó una hora encontrarlo dentro de ese galpón de luces y destellos. Susana, la única mujer que había venido con nosotros, nos esperaba en la barra. El momento habría de ser inolvidable.

"¡400 kilómetros!", gritaba Jorge. Nosotros mirabamos la escena sin mirar. Claro, era obvio que atendíamos a otra cosa, obvio obvio, seguro seguro. Supuestamente Susana era un hecho en la vida de Jorge, pero nadie mejor que una mujer para destronar a un soñador. 400 kilómetros, y estamos donde estamos.

Jim: Tengo la sensación de que las cosas están cambiando.

Guy: Ciertamente, mi amigo. Ciertamente...

El jardin

miércoles, 8 de abril de 2009

- A veces me doy cuenta que no te das cuenta. Te inunda esa navieté. Una vez me dijiste que en realidad te haces el boludo.

I
Una recopilación de historias cualquiera, todas encarnadas en una manga de sujetos que recorre la ciudad nocturna sin un punto fijo de fuga. Cualquier plan los hubiera saboteado. En cambio, pedían improvisar lo más posible, dejarse ser un poco, olvidarse de Buenos Aires -item importantísimo- y pensarse en...

Jim: Bélgica. Claramente esto debería ocurrir en Bélgica.

George: ¿Sí? Yo pensaba en Hungría. No por alguna razón en particular, deben ser las ganas nomás.

Bataille, Debord, Barthes y Bentham se encontraban frente a la gran puerta de una casa bastante paqueta. Las paredes de ladrillo a la vista separaban a los personajes de lo que parecía ser un jardín enorme, con árboles sembrados por doquier y un perro que ladraba en las lejanías. Algunas columnas blancas, estilo griego, hacían juego con la luz de las antorchas que descubrió la puerta de madera al abrirse.

Jim: Brujas. Esto me hace acordar a Brujas, sobre todo el grabado en piedra del tipo con el sol.

I hear the sound of drums... La música recién comenzaba. Jorge llevaba su cajón de cerveza. Parecía casi custodiarlo, aunque luego se olvidaría de él para hacerse amigo del barman. "Voy a ser tu mejor cliente de la noche, quizás de la década", le dijo.

Barthes saludó a un par de gentes que los otros tres sujetos no conocían.

Roland: Bienvenidos, enjoy.

II
- Ahora, digo yo... Lo que más te delata es no habérmelo contado de entrada. ¿Tan poca confianza me tenés? Oh corazón, eso me lastima más que lo que pueda hacer esa chiruza (reventada). Ya sé cómo son estas cosas, no te voy a pedir que dejes de ser hombre. En definitiva, por más que algunos se hagan los buenitos, sabemos todas en el fondo que no son muy resistentes a las insinuaciones.

- ¿Insinuaciones? No se trató más que de una charla. No se entiende, se supone que este tipo de cosas se superan, se dejan atrás. No podés pedirme que me deshaga de mi pasado así como yo jamás de digo que te desentiendas del tuyo.

- Insinuaciones, tratativas, un daikiri de durazno. Vos jamás tomás daikiri de durazno...

III
Venían signados por una estela de pasado. Precisamente, de mujeres, y según a quién se le pregunte, de tiempos mejores o peores. El primer caso podría datarse del alejamiento entre Susana y Jorge, lo que era más un intento de relación frustrada antes que cualquier otra cosa. Por otra parte, Debord había finalmente estallado y su relación con Miss Emma, aunque los diálogos permanecían. Bentham se encontraba algo asustado sobre Justine. El único que desvariaba igual que siempre era Barthes.

Era de esperarse: Jorge tardo poco en terminar como un chapuzón en la pileta. Si se le preguntara, diría que no la extrañaba, que Susana se podía ir al reverendo carajo. Claramente mentía. Según Barthes, Susana era un tanto "extraña".

- Extraña, digo. Le tiraron los perros casi todooooos los que conozco, y ella salía con su amiguita la otra que también es bastante rara, ya que estamos.

Los problemas comenzaron cuando Emma entró de la mano de otro tipo. Imaginamos que nada de esto había sido planeado. El problema fue Debord, que automáticamente entró en una especie de transe durante el cuál era imposible comunicarse.

- No se entiende -decía Guy-. A tan poco tiempo de haber cortado... Sé que puede salir con quien quiera, pero el detalle es desastroso.

Bentham hubiera respondido que "bienvenido al mundo. Ellas salen con otros después de que terminan de salir con uno." A lo que Barthes hubiera replicado "Bueno, dejalo, a vos te costó darte cuenta de eso". Guy Debord, en el transcurso de ese breve diálogo, engulló tres tequilas sin sal ni nada.

- Viva la patria.

En épocas anteriores Justine le hubiera reprochado a Bentham esas actitudes. No porque ella fuera aburrida, sino porque tenía esa forma de reclamar que no hacía juego con las actitudes de nadie, para decir verdad. A Deleuze nunca le había caído del todo bien, y Bataille recién estos últimos meses había entablado algo que podría denominarse, una amistad.

- Lo que no entiendo del todo es cómo mierda se sienten ellas cuando pasan estas cosas - decía Bentham mientras se tomana la cerveza número lo que sea-.

- Lo peor es que se cae el mundo, mi amigo, y nadie está ahí para sostenerlo -decía un cada vez más deprimido Debord-. Es mi historia, es que soy demasiado sensible.

IV
-¿Insensible? ¿A vos te parece que yo soy insensible? Qué me decís de las cosas que me tuve que bancar yo, ¿Eh? Creeme, no soy tan insensible como vos cuando tomás daikiri de durazno, como cuando hacés de cuenta que no existo. Me lastimaste con eso, y mucho...

Era como una onda expansiva que lo rompía todo en un radio unos metros que iban entre ella y yo, justo donde antes estaban esos centímetros que fracasaban en separarnos antes de cada beso.

- Me imagino que estas cosas son así, jamás salen bien.

- Me imagino, me imagino. Depende, uno puede hacer las cosas para que no sea tan grave, para no lastimar tanto.

V
- Ohh, lastimado, herido... -gemía Debord mientras le hablaba a uno de los enanos de yeso que había en el jardín-.

- Perfecto, justo hoy que mi amiguita está on fire, descubrimos que estos tienen sentimientos -protestó Basthes-.

Aún así, Roland es un tipo muy pragmático. Sabía que las heridas de los dos soldados sanarían, así que fue en busca de otra compañía.

Fue cuando Bataille llamó a Susana.

- ¿Qué me decís? Ayer me dijiste que no me querías ver más. Ahora me llamás... ¡Estás hecho una histérica Jorge!

- Es que no lo puedo evitar -decía Jorge tomándose otro Vodka con Speed-. Sé que todo esto no tiene sentido, pero bueno, marqué tu número porque en realidad quería ver cómo andabas y quizás podíamos relativizar las cosas.

VI
- Creo, sinceramente, que no es para tanto lo que me decís. Ok, bienvenida, no soy perfecto. Es más, soy un imbécil. Parado frente a tí, un imbécil, un gusto en conocerla -extendí mi mano para estrechar la suya. Me pegó-.

- No es momento para tus sarcasmos. Me hago problema porque yo a esa chiruza la tengo calada, qué te crees que no veo como se te acerca y te dice "Hola Ji..."

VIII

-...mmy. No sabía que venías para acá, pensé que se iban para San Isidro.

- Prácticamente estamos en San Isidro...

- Chep, ¿por qué Guy charla con el pasto?

- No es el pasto. No se ve, justo lo está tapando el flaco de remera roja, pero ahí hay un enano de jardín que Debord ha escojido como confesor. Es que se peleó con Emma.

- Huy, pobrecín. Igual, Emma Bovary no era para él. No entiendo cómo duraron tanto.

- Era una de esas parejas, un tanto tensas. Pero creo que esa tensión formaba parte de la atracción que sentían el uno por el otro. Química de pareja, no todos funcionamos igual.

Bataille había logrado subirse a uno de los enormes parlantes que había en el jardín. Una piba le gritaba para que se bajara, pero él seguía en una conversación telefónica con Susana.

- No sabés la vista que hay... Es fun da men tal.

- No se te entiende nada - replicó Susana del otro lado del teléfono-.

- Lo que pasa es que yo no soy alto, entonces, ponele, al ver a Roland desde arriba, es todo un flash para mí.

- ¿Por qué hablamos de Roland?

IX
- ¿Estás enojado conmigo? Me das esa sensación a veces...

- ¿Enojado?

- Sí, enojado. O molesto. O desilucionado.

X
- Ayudame con este daikiri, que no lo puedo terminar. Encima vengo de una semanita, por favor, tengo que aflojar un poco.

- Seguro.

- Y hoy terminé el día con ciencia ficción... Me agregó Carlos al msn...

- ¿Carlos? Pero ya fue... ¿Lo aceptaste?

- Y... una siente curiosidad.

- Ni hablar, Caroline.

- Bueno, me agarró medio débil. Yo que sé, al final con este sureño nada. Creo que necesito sentirme linda o algo, y bueno, él es un pedazo re importante de mi historia.

- Quedate tranquila que sos linda, pero no estás para los jueguitos de él. Ya los conocés -respondió Bentham omitiendo su propia historia-.

- ¿Vos no me extrañás? - Apuntó Caroline.

Mas o menos en ese instante Bataille logró caerse, derramando su trago sobre la gritona, rompiendo el celular y perdiendo algo más que la comunicación con Susana.

Barthes efectivamente se hallaba "trabajando", pero terminó perdiendo terreno con "la amiga de la amiga de esa piba que no me acuerdo como se llama". Bueno, ella, en definitiva, le corrió la cara justo cuando el tiró toda la artillería. Entonces, cuando quizo buscar a sus amigos, Roland se encontró con: Un desquiciado que le hablaba a un enano de jardín sobre el desamor. Un separatista que luego de danzar sobre un parlante reía de dolor clamando "menos mal que no me fracturé", mientras estiraba su brazo buscando lo que quedaba de su trago. A Bentham y Caroline en una situación parecida -no igual- a aquella en la que el primero le estampó un beso a la segunda.

- La historia tiene formas curiosas de reirsenos en la cara, muchachos -dijo Roland al vacío.

XI
- Estimado enano, -decía Debord- vos no te hagas problema por lo que hagan ellas. Siempre, al fin y al cabo, te dejan ahí, tirado en el medio de todo. Como te habrán hecho a vos. Como me hicieron a mí. Miralo a Jorge, está hecho moco en el piso. No importa cuánto Barthes trabaje con alguna morocha, todos terminamos en medio del parque. Ni hablar de Bentham, que ahora se le viene el estallido. Oh estimado enano, de tantas rupturas y fracturas habrás terminado hecho de yeso.

monologue

domingo, 5 de abril de 2009

(Es Bentham quien ingresa por detrás del telón, al escenario. Se detiene en el centro para convidarnos más una mirada soberbia, que de inteligencia. Es como si registrara, desde su izquierda a su derecha, los rostros irreconocibles de su audiencia. Su atuendo es informal, zapatillas, pantalón y camisa abierta, con una remera abajo. Todo de color negro).

¿De qué se trata todo esto sino es de meternos un poco en la vida de otros? Vamos, por favor, diganme si realmente creen que la felicidad, sea lo que sea, es algo que podemos alcanzar solo en nosotros mismos. Seguro alguno de ustedes se piensa que todo es cuestión de mentalizarse, de ser feliz porque uno quiere ser feliz. Claro. Les voy a decir dos cosas entonces. Una es desganasé de esa idea, es pura basura. La otra es que tenemos que retener la idea final de "Into the wild". Espero que la hayan visto, porque no pienso detenerme en ella.

Vamos a esa frase entoces: "Happines is only real when shared". La felicidad sólo es real cuando es compartida.

No hacemos las cosas para nosotros mismos. No somos sólo para nosotros mismos. Es imposible tender únicamente hacia el adentro, pues esa idea de la meditación no es más que un intento pobre de vivir lo que realmente es meditar.

La soledad es algo necesario, no lo vamos a negar. Yo de hecho disfruto mucho de ella, pero no caigo en algo tan estúpido como pensar que solo quiero ser yo en mi mismo y nada más. Todo ser humano pretende trascenderse, y, sabrán disculpar -o no, me importa un pepino- lo desordenado de mi exposición, la trascendencia es siempre por y para el otro.

De hecho, los otros son una forma de ser que tenemos. Lo que pasa es que tenemos que echar a la basura eso de partir las cosas como si no compartieramos la carne, el espacio, el humo de los cigarrillos, la transpiración de un recital o los cubiertos de un restraurant. Como seres, nos extendemos en la misma existencia que hace ser a otros. Y es entonces que la comunicación es inevitable.

Llegué. Perdón por lo retorcido de todo esto, es que ya saben, tiendo a complicar lo simple.

La comunicación es entonces la forma de ser nuestra, y la forma en la cual podemos alcanzar nuestra felicidad. La comunicación, ese hecho tan inevitable, es lo que nos mete a nosotros dentro de nosotros mismos, pero que también logra sacarnos como si intentaramos cruzar la frontera de nuestras frentes. Nada pasa por uno solo, sino que pasa por momentos, instancias que transcurren "entre". No nos es posible precisar ese entre, porque no nos es posible precisar exactamente donde está el otro y donde estamos nosotros. Entre, en realidad, somos todos de alguna manera.

Es por eso que todo esto que vemos de la comunicación es tan... porque digamos que de acotado no tiene nada, ¿no? Que no podamos valernos de precisiones no significa que tengamos que abandonarlas. Creo que la comunicación es la esencia del hombre simplemente porque al hombre le es imposible ser sin comunicar, y le es imposible no estar hablándole a los otros y al mundo, a las cosas y al cielo y a las botellas, y pajaritos que vuelan por ahí. La relación existente lo pone en esa situación. Contexto, o algo por el estilo, podemos decir.

Ahora, yo digo estas cosas ante ustedes, a quienes no identifico pero sé que están, y no por eso estoy hablando solo. Ustedes me escuchan, o leen, o como prefieran -aunque, revisen sus cabezas, saben que me están escuchando-, y se dan cuenta de que esto que los rodea es inevitable.

Lo que pasa es que la comunicación hace tiempo es un problema filosófico, bastante grande por cierto. Compartir, poder comunicar, decir, escuchar, es todo lo mismo. Se trata de formas nomás, pero estamos siempre en la misma: la plenitud no es más que un instante de armonía dialógica con lo que nos rodea.

En fin, seguro tienen sus desacuerdos conmigo. Es sano que los tengan, porque sino diríamos todos lo mismo y entonces esto se volvería un monólogo. Es ahí donde no tendríamos comunicación, y todo dejaría de ser. La liquidez de lo que nos ocurre, entre la marea, es lo emocionante. El tiempo o es creación, o no es nada, dijo un Castor muy sabio.

(Sale por el mismo lugar que entró, luciendo una sonrisa irónica, como quien acaba de hacer una observación a un no tan conocido que le cae mal)