Moonshine

miércoles, 15 de abril de 2009

Supongamos que esto puede ocurrir por la noche, en las calles de una ciudad que ha abandonado a sus amigos porque ya no queda nada para hacer. El frío se ha deshecho de quienes planeaban una salida al aire libre. Ella está sentada en las escaleras de la puerta de un edificio. Él, se pasea frente a ella, ida y vuelta, pensando en cuál será la mejor forma de no volver jamás.

- Ahh, es que, realmente no sé cómo lo hiciste -dijo ella...

- Yo tampoco, te imaginarás. No es mu culpa que todo esto tenga tanta relevancia, ¿o sí? Creo que te pusiste un tanto celosa, y eso nos restó confianza.

Ella levantó la ceja en un gesto de asco, que debería hacer sido un gesto de furia, e incluso podría haber derivado en cosas peores. Él fumaba su cigarrillo, se paseaba por la vereda, miraba para arriba, de limitaba a reescribir la historia en su cabeza de manera que le sonara coherente, que le gustara o al menos le pareciera pintoresco.

- En realidad - dijo él-, todo es perfectamente comprensible. No encajamos, ya lo hemos demostrado. Pero era obvio que debíamos intentar, pues no nos conocíamos, entonces la atracción era algo que simplemente nos ocurría en ese hecho tan tonto que era cruzar nuestras miradas.

Mentira. Ella no necesitaba cruzar miradas con él para sentirse atraida. Ese tipo de inconsistencias teóricas se le había vuelto a Luna insostenibles. Contenía la angustia, intentaba no rebalsar, aunque deseaba liberar su río, ahogarse en su pegueño drama.

- Yo qué sé, corazón - decía ella-. Por un lado entiendo tu reacción, quisiera pedirte perdón, pero mi deseo de decirte la verdad es más fuerte. Ly me dijo que soy una estúpida, que lo tiré todo por la borda, que ahora no tenemos vueltra atrás. Arruiné la cosa. Pero prefiero hacerme caso. Lo que no me esperaba es que esto costara tanto, que doliera tanto, que sangraramos tanto.

Él terminó su cigarrillo. Mientras miraba al suelo, sacó su atado de Marlboro diez, esa cajita ancha que le era tan incómoda, y aprontó otro cerca del encendedor.

- Si lo pienso en frío -decía él-, tenés razón. Cualquier persona tiene que hacer lo que tiene que hacer. Los errores en la vida son inevitables, la perfección no existe y las ideas son un efecto de la materia que nos rodea. Por otro lado no puedo dejar de decirte que sos una hija de puta.

Luna no aguantó más y se largó a llorar.

- No sabés entonces... - dijo él mientras miraba a la distancia, parado entre dos baldosas, una naranja y la otra amarilla-. ¿qué es lo que no sabés? ¿Cómo terminaste involucrado conmigo, si no tenemos nada que ver?

- No tenemos nada que ver, sí -respondió Luna, moqueando-. Pero puedo decir que te amo. Lo ridículo de todo esto es que te amo.

El cigarrillo de él se balanceaba entre sus labios, mientras sus ojos aterrizaron en las zapatillas de ella. Sentada, en la escalerita de la entrada de un edificio cualquiera. Ella, la infiel, que le decía que lo quería. Ella, que miraba para abajo, se tapaba la cara, lloraba, se sonaba los mocos.

- Andá...

No lo decía. No podía decirlo, o no quería. Ella se daba cuenta de que las cosas quedaban a mitad de camino.

- No sé cómo llegaste a significar tanto, así como tampoco nos arruiné de esta manera.

- Si te hace sentir miejor, yo también te metí los cuernos.

Santo agravio. ¿Qué decir? La situación se había vuelto inmanejable. Lo único que quedaba era esperar a que se termine la querra y enterrar a los muertos. Ella no contestó. Él no prosiguió. En un momento sonó el celular de Luna, ella miró quién era. Lo dejó sonar, lo dejó que reclamara su atención. Antes de que corte, atendió.

- Hello, ¿cómo va? -dijo Allen.

- Amigo, lo he devastado. ¿Cómo querés que esté? Acabo de deshacerme de mi novio, justo aquel a quien quería conservar.

Allen tardó en comprender.

- Tenemos que juntarnos otra vez, a ver cómo mierda es que nos pasan estas cosas - continuó Luna-. Soy humana, soy una hija de puta. ¿

Él se alejaba. Lo único que le faltaba era que ella se pusiera a charlar con otro.

- Puta y cornuda -agregó.

- Luna, Luna, no creo que sea conmigo con quien debas estar hablando en este preciso momento. No entiendo siquiera por qué me atendiste.

- Es simple. Estoy perdida, estoy dolida, me acabo de separar y ya no sé qué quiero.

Miró la silueta de él que caminaba entre las sombras de Las Heras, justo cuando un colectivo 59 ingresaba a la avenida. Él no miraba atrás. Luna se preguntaba cuándo volverían a hablar, qué se dirían. Realmente lo quería, pero la evidencia se le hacía irrefutable.

- ¿Cómo es que una destruye lo que ama? - le preguntó a Allen, por teléfono.

- No es tan completo - contestó él-. Es una tendencia que tenemos algunos, un movimiento que nos gusta hacer, unas patadas al escritorio, sólo para corroborar, otra vez más, que no todo estará bien.

1 comentarios:

mi otro yo dijo...

Cómo se destruye lo que se ama, que terrible no saberlo y hacerlo.
cuantas cosas significativas en este post, cuanto de lo que alguna vez sentí posteaste. Caray