(Written over several days, probably contains a mistake.)
Salí con una chica muy bonita, excelente persona, dulce y amigable. Comprensiva y divertida, ya me encargué de echarlo a perder. Su sonrisa era encantadora, sus abrazos tremendamente tiernos, y su boca apabullantemente dulce.
También salí con la chica demandante, con esa que te reclama todo el tiempo que estás con tus amigos, que te pregunta dónde andás y que te llama a las ocho de la mañana para decirte que está preocupada por vos.
Salí con la chica efímera, de esas con las que hablas de cualquier cosa porque no importa, la abrazas fuerte porque no importa, la besas porque no importa, y la dejás porque no importa.
Una vez salió conmigo una chica explosiva, de esas que te lleva puesto. Te saca a bailar y no te devuelve a tu vida hasta que ella lo decide. Te mandonea en tus quehaceres para luego meterte en la cama y dejarte de cama.
Salí con la chica tranquila, con esa que se quiere quedar en casa todos los fines de semana, porque ya eligió qué película mirar y ya cocinó el almuerzo, la merienda y la cena para que te quedes con ella.
Salí con la intelectual, ella que se muere por salir a librerías. Que le encanta que le recites párrafos y que luego de la acción matutina se queda leyendo Borges un rato.
Febrero, verano, calor. Salí con la ingeniera agrónoma. No lo podía creer, pues era tan hermosa como tremendamente embolante.
No dejé de salir con la chica que me decía a todo que sí, que estaba bien, que le parecía fantástico lo que yo hacía. Que siempre le gustaba lo que a mi me gustaba, que si algo no la convencía igual lo hacíamos porque yo quería.
Con la tiro al aire salí un rato. Pensé que la iba a cambiar y sin embargo ahí quedé, en Pampa y la vía, esperándola todo el verano. Mientras ella hablaba con otro yo me preguntaba qué teníamos de malo.
Salí con la que no pegaba ni con cola, que no compartíamos nada y que no le interesaba nada de lo que hacía. Intenté más de cien conversaciones, todas fallidas. Ambos nos sonreíamos, mimo va mimo viene, pero no había nada tan superficial como escucharnos decir "te quiero".
Salí con la problemática, la señorita escándalo. Esa que hacía tremendo quilombo cada vez que podía, que se peleaba con los mozos, con nuestros amigos, con nuestros padres y hasta se daba el lujo de echar a nuestro gato del sofá porque "deja pelos".
Salí con la vengativa, esa persona que utilizamos para herir a otra que nos hizo mierda, para demostrarle esa quimera que es superarla. Esa que en verdad no nos representa ningún interés, con la que ni siquiera la pasamos bien, pero es linda y nos sirve para hacer chapa de que estamos con alguien más.
Con la desequilibrada salí un rato. Me contó todos sus problemas, me explicó todo su historial familiar, me presentó un cv de todos sus ex novios y me dibujo en la mesa todos sus traumas.
Con la competitiva salí una semana: no pude soportar su charlatenería, su constante observación de reojo a los demás.
No dejé de salir con la chica que me decía a todo que sí, que estaba bien, que le parecía fantástico lo que yo hacía. Que siempre le gustaba lo que a mi me gustaba, que si algo no la convencía igual lo hacíamos porque yo quería.
Con la tiro al aire salí un rato. Pensé que la iba a cambiar y sin embargo ahí quedé, en Pampa y la vía, esperándola todo el verano. Mientras ella hablaba con otro yo me preguntaba qué teníamos de malo.
Salí con la que no pegaba ni con cola, que no compartíamos nada y que no le interesaba nada de lo que hacía. Intenté más de cien conversaciones, todas fallidas. Ambos nos sonreíamos, mimo va mimo viene, pero no había nada tan superficial como escucharnos decir "te quiero".
Salí con la problemática, la señorita escándalo. Esa que hacía tremendo quilombo cada vez que podía, que se peleaba con los mozos, con nuestros amigos, con nuestros padres y hasta se daba el lujo de echar a nuestro gato del sofá porque "deja pelos".
Salí con la vengativa, esa persona que utilizamos para herir a otra que nos hizo mierda, para demostrarle esa quimera que es superarla. Esa que en verdad no nos representa ningún interés, con la que ni siquiera la pasamos bien, pero es linda y nos sirve para hacer chapa de que estamos con alguien más.
Una cita que tuve fue con la chica de la oficina, esa que tenés que ver todos los días, con la que sentís una atracción extraña, agradable, una especie de electricidad que decanta en un viernes a la noche completamente desubicados en un afteroffice sin que a ninguno de los dos le importe nada.
Volví a salir con la chica problemática. Pero porque hay cosquilleos que uno no puede negar. Nos peleamos feo por segunda vez. Ella aún tiene un cd mío.
Intenté salir con la vegetariana, pero fue un shock: porque eramos dos sapos de pozos diferentes, y no solo por una cuestión dietaria, sino porque ella jamás me devolvió los llamados.
Con la desequilibrada salí un rato. Me contó todos sus problemas, me explicó todo su historial familiar, me presentó un cv de todos sus ex novios y me dibujo en la mesa todos sus traumas.
Con la competitiva salí una semana: no pude soportar su charlatenería, su constante observación de reojo a los demás.
Salí con la depresiva, un poco perdida, otro tanto adepta a las sustancias. Compartí un mundo con ella, entendí que la gente tiene problemas que los sobrepasan, que los definen. Aprendí mucho de esa persona, y aunque ella no me quiera ver ni en figuritas aún creo que es buena muchacha.
Salí con la prima de un gran amigo, una fanática del orden. Es más, me peleé y volví a salir, porque compartimos la primavera, verano, invierno, otoño. A veces creo que nos mataron los celos, otras, que sencillamente vivimos una quimera.
Tuve la suerte de salir con esa chica tan sensible y niña que la admiro, con la que me enojo pero me doy cuenta que es porque aún la quiero. Esa que es tan impune como ella sola, que me puede decir lo que sea y que siempre aunque no se lo cuento la perdono. Y también por su parte me perdona ella cada palabra estúpida que digo, cada ataque de soberbia, cada impericia, cada chambonada, cada vida que vivo sin ella.
Salí con el clon de mi madre. Les juro que no daba, les juro que me criticaba todo, les juro que el tono de voz era el mismo, les juro que los reclamos eran taaan similares. Les juro.
Salí con la doctora mayor, esa que me llevaba diez años clavados. Esa insegura, que había pasado por una ruptura difícil, que no tenía hijos y que recientemente se había mudado con los padres.
Salí con la chica del far west, made in Lanus, atractiva compañera de clase a la que le tuve que insistir. Y una noche logré decirle que me interesaba, pero que no se hiciera los rulos, y ella se me rió y después de tres veces no nos vimos más.
Salí con la tremendamente tímida, esa vez que le terminé robando un beso en Medrano y Corrientes.
No me puedo despedir, sin decir que he salido con esa persona especial, de sonrisa acutivadora, ese tono de voz imperfectamente hermoso, esa miraba de perrito mojado aniquiladora, de la que sólo pude soportar una parte porque era demasiada la dicha y no quise morir de sobredosis de felicidad.