400

lunes, 13 de abril de 2009

I
"¡Cuatrocientos kilómetros!" bociferaba Bataille a una estupefacta Susana, que creo, casi de pone a llorar. En efecto, habíamos viajado a Mar del Plata por el fin de semana, una ocasión de dispersión que a mí me permitió olvidarme de quien soy (a medias) y a Debord no logró preparar para lo que se le venía.

Cuatrocientos kilómetros, nena, y lo que todos creíamos por cerrado no existía en realidad. Si bien todos pensábamos en la obviedad de una relación entre Jorge y Susana, la cruel realidad nos hizo toparnos con que ella no quería estar con él. Todo esto ocurrió adentro de un boliche marplatense que prefiero olvidar pronto. Me costó sacar a Bataille del lugar. Él estaba tan cabrero, puf, si lo hubieran visto.

Mientras yo compartía otras tantas cervezas con Guy, relojeaba los acercamientos de Jorge a ella. Un poco de baile, y hasta una Sprite con limón (todos sabemos que la Corona va con limón, no la Sprite). Hace meses que el muchacho sufre de mal de amores con Suana, chica inteligente aunque un tanto callada y otro tanto arísca de a ratos. Pero no podemos culparla, pues nosotros no somos los seres más agradables del mundo.

Guy: Siento que entre ella y yo no pasa lo mismo que antes. De hecho, cuando me habla parece más solicitarme cosas que realmente hablarme. Creo que me tiene un tanto deprim...

A medida seguía el relato de Guy, Jorge aumentaba sus acercamientos a Susana. Le tomaba la mano, pero ella luego se la llevaba al otro brazo para rascarse, o simplemente acomodarse la vincha. Fue en ese instante que recordé los famosos indicios de que todo iría mal, indicios que hace tiempo no siento pero reconocí al instante. Lo supe. Bataille estaba pronto a...

Guy: ... imaginás, ¿no? Yo solo le dije que me gustaría que viniera conmigo. Nada más. No le hice ningún reclamo, ni nada por el estilo. Las relaciones son muy extrañas, Jim. A veces me siento que somos un acto fallido, como Allen y July. Ahora la extraño. Muchísimo, hasta me siento culpable de andar perdido por acá. ¿Te diste cuenta que...

Eludir se había vuelto para Susana una sutileza. Yo observaba el campo de batalla, mientras me acordaba, por alguna extraña razón, a la situación que alguien me había contado en las puertas de un pub porteño. La historia había sido algo así: la chica estaba atrás del chico. Él simplemente andaba con otra, hasta que un día no anduvo más. Entonces, esta otra aprovechó para tirarle los perros de una. Los signos de su fracaso le parecían evidentes, pero como una suicida del amor fue y se dio duro contra la realidad.

II
Era obvio, por un lado. Lo que pasa es que no sabía qué mierda podía ver Meri en mi que le atrajera. Per ahí estaba ella, diciéndome que me quería, que tenía ganas de darme un beso.

Meri: No quiero seguir así. No puedo, ¿sabés? Lo peor es que sé que te voy a extrañar, pero no te puedo ver más, Allen. Ya fue demasiado.

Alen hacía uso de su reconocido arte de la idiotes, pero de una innovadora forma: quedarse callado. El breve monólogo de Meri lo sobrepasaba, no tenía una respuesta que lo pudiera sacar intacto de la situación.

Meri: Me gustaría que esto fuera reciproco, pero no voy a forzar las cosas. Si te digo esto es para lastimarme de tal forma que no querré volver a verte.

Allen: Lo lamento, pero no puedo corresponderte.

Fue la cosa menos estúpida que pudo decir, pero era verdad. Con Meri se lelvaba bárbaro, y si bien detectó que ella se acercaba, simplemente dejó las cosas pasar. Algún día creceremos. O no.

III
Guy: ... la vida. Ni nada de eso. Eran las ganas de vivir, eran las ganas de ser feliz, Jim. Sino nada vale la pena, ¿no?

Jim: Se viene....

Entonces Jorge abrazó en un ataque de romanticismo a Susana y la besó. Era una foto brillantemente seductora, dos personas besándose en medio de una pista de baile donde nada parece ocurrir entre todo el movimiento. Pero el beso duró poco, y en ese instante Guy dio por finalizada sus explicaciones teóricas sobre Emma. Susana logró alejarse de Jorge, romper el beso. Él la miró fijo, eso había sido alta traición.

Habíamos viajado cuatrocientos kilómetros escuchando la promesa de Bataille: ahora sí que me agarro a Susana. No me para nadie. No vuelvo a Buenos Aires sin un beso de Susana.

Definitivamente había cumplido su promesa, pero no como el querría. Creo que automáticamente Jorge perdió todo contacto con al realidad, pues simplemente se alejó, se fue, destinó su camino a donde fuera menos a las cercanías de Susana, que aún se hallaba un tanto shokeada.

Guy: Em, se pudrió, ¿no?

Claramante. Tuvimos que ir a rescatar a Jorge del pedo mágico que tenía en su cráneo. Nos costó una hora encontrarlo dentro de ese galpón de luces y destellos. Susana, la única mujer que había venido con nosotros, nos esperaba en la barra. El momento habría de ser inolvidable.

"¡400 kilómetros!", gritaba Jorge. Nosotros mirabamos la escena sin mirar. Claro, era obvio que atendíamos a otra cosa, obvio obvio, seguro seguro. Supuestamente Susana era un hecho en la vida de Jorge, pero nadie mejor que una mujer para destronar a un soñador. 400 kilómetros, y estamos donde estamos.

Jim: Tengo la sensación de que las cosas están cambiando.

Guy: Ciertamente, mi amigo. Ciertamente...

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