Nantes (II)

domingo, 17 de junio de 2012

Caminábamos sin destino fijo, recién llegados. Por algún motivo en especial -que estaba a punto de descubrir- él tenía todas las expectativas puestas en esta ciudad. Su "point the capiton", como solía llamar a ciudades que:

"son un punto convergente en el itinerario, un nodo, un motivo fundamental del trayecto. Existen las ciudades de paso - que uno visita porque le queda de paso - y las nodales, cuya importancia es tal que uno las visita incluso desviándose de su curso."

Efectivamente, Nantes no conectaba con nada salvo con la capital francesa. Diría, era peor que conectar Marseille, que ya es decir bastante.

Perdí toda mi noche de viernes en llegar a esa infame ciudad. Y luego otras horas esperándolo a él y su retraso.Cuando llegué al hostel -2 am de la matina - pensé que nadie me abriría. Me salvé de pasar una noche en pleno frío francés.

Él llegaba a las siete de la matina directo de la ciudad portuaria más mencionada a lo largo de estos episodios. Según me comentó, se había perdido en la linda Montpellier, todo debido a un paro de trenes en la prole Marseille, lo que provocó que llegara a las once. Todo confirmaba la hipótesis de que no debíamos haber insistido en incluir Nantes en nuestro itinerario.

"La magia ocurre, corazón". Estaba místico cuando lo encontré a orillas del Loire, cerca de la estación de trenes. Miraba a la nada y al todo, enamorándose a cada paso que daba. Yo estaba de malas del viaje de la noche anterior, y él estaba poco soportable.

"Es importantísimo que estemos a las tres de la tarde en el Jardin des plantes", decretó él. Le pregunté por qué. "Ah, ¿cómo, no sabés? Buen, ya te vas a enterar. Vos seguime". Y se negó en las horas subsiguientes a confesarme qué íbamos a ver.

"Yo quiero ir a la catedral", dije. "Todas las catedrales son iguales", contestó. Me molestaba cómo de entrada él eliminaba lo que yo pudiera pretender del viaje.

Hubo dos cosas que me aliviaron. La primera fue los baguetines que compramos al paso en una panadería, que eran geniales. Lo segundo, que el Jardín era impresionante. Me enamoré de esa vista, de ese paisaje. Estaba lleno de gente, pero para mi era perfectamente explicable.

Tal tumulto de gente al que me estaba guiando este sujeto, que me venía arrastrando mentalmente desde hacía semanas a esta ciudad, que comencé a olvidar lo hermoso del jardín. Evidentemente mi mal humor era fácil de recuperar.

"Aquí está" me dijo. Y llegué a ver una muñeca gigante, sentada sobre una especie de tarima y rodeada por unos hombres que aparentaban ser los operarios de todo.

Era una marioneta gigante de una niña. Y aparentemente se trataba de una compañía teatral dedicada a realizar representaciones con semejante bicho. Tendría unos cinco metros de alto, llevaba un vestido verde y unos zapatos marrones. Antes de que todo comience reposaba tranquila con sus ojos cerrados, mientras el bochinche de la gente al rededor no la despertaba.

Media hora después los operarios, mediante poleas e hilos y cables, lograban que la muñeca cobrara vida. Él miraba atónito cómo la movían, cómo se incorporaba la pequeña gigante. La seguimos hacia otra parte del Jardin, donde se encontró con el elefante.

"Esto es una fábula".

"Pero digamos, esto lo podemos ver en Euro Disney", le dije. Me contestó sencillamente poniendo cara de repudio a mi comentario.

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