Mr. K. se habría olvidado ya de los números, o de aquella vez que se me quedó charlando con los "muchachetes" sobre el luto obligatorio durante el peronismo, al morir Evita. Según él, estaba en el cine y dieron la noticia. Y luego, no llevar el cinto rojo en el traje era pecado mortal.
Mr. K. era conocido por su afán de orden, su cupación predilecta era armar grillas presupuestarias sobre los diferentes consorcios que administraba. De chico, Allen solía trabajar para él haciendo todas las planillitas, porque el primero llevaba bien con la compu y el segundo no. Era común que Mr. K. le devolviera las cosas para que corrigiera algo, sino todo.
Mr. K. inició viaje un martes por la tarde. Siempre le gustaba andar por lugares desconocidos, como bien le recordaba a Allen que "una escapada nunca viene mal". Efectivamente, era común que todos preguntaran dónde corchos estaba Mr. K.
Alguna vez se habrán cruzado con nosotros en lugares tales como barcet de acá a la guelta. Según Orlando, el caso de Mr. K. era muy particular, pues era habitué de pedirse un whisky y luego vodka y luego hasta una Stella. Entonces no tardó en llevarse bien con Feli, que se quedaba escuchando sus historias sobre la hiper, su viaje a Budapest cuando conoció a la china o cuando se cruzó con Fangio en el baño de una estación de servicio.
Y en ese momento, Mr. K. miraba las luces que pasaban, como corría todo tan rápido. La vida pasa rápido, nene. "Lo que te da la sensación de viejo no es el tiempo que pasó, sino el tiempo que no pasó". Entonces era el momento donde Allen y Mr. K. dibagaban un poco sobre el tiempo, la existencia, donde ellos nunca se ponían de acuerdo. "La temporalidad es un progreso", decía Mr. K. Allen le debatía el término... se trataba de un proceso para él.
El portón del garage eléctrico de Av. Libertador 240 siempre necesita arreglo, pensaba Mr. K. mientras el techo corría sobre él, mientras las luces pasaban y pasaban. Ahora se las iban a tener que arreglar ellos solitos, porque él no pensaba llamar al técnico ni arreglar la fecha "lo antes posible, que así no se puede estar".
Además de las planillitas de Jana, hay que corregir a los inquilinos, decía Mr. K. Siempre se peleaban pero en joda. Una de las cosas que quedaría pendiente era que Jana siempre perdía a las cartas con Mr. K., fuera al juego que fiera. Pocker, truco o escoba de quince, siempre Mr. K. ganaba por goleada.
Entonces entraba a joder. Que mirá la biaba que te doy, entonces apostaba una cerveza, entonces le apostaba un tostado, entonces le apostaba que el espacio y el tiempo eran lineales o que el peronismo era un movimiento de derecha.
Felipe recordaba que algunas veces lo dejaba ganar a él, pero nunca a Orlando "el mequetrefe" o a Allen "el cerebrito". Los tenía carpiendo. Alguna vez los habrá dejado ilusionarse con que iban a ganar, pero a último momento les mostraba un full y todo estaba acabado. "Corrijan su juego, muchachetes", les decía.
Hablando de correcciones, otra de las actividades predilectas de Mr. K. era corregir guiones de tele. Lo llamaban, le había quedado el contacto por su amiga Eleonora, que un día le heredó sus responsabilidades guionísticas. "Un pasatiempo cualquiera", decía Mr. K., mientras se calzaba los anteojos, apoyaba sus pies sobre el escritorio y mientras se reclinaba, ojeaba el "desastre que habían mandado estos sátrapas".
Una vez les había mostrado el libreto de una, en el bar. Orlando, Feli y Allen se reían de las burradas que escribía un tal Lorenzo. "No podés ser guionista si te expresás tan mal. Además, no se les cae una idea. Siempre se separan, se vuelven a enamorar, se separan, se vuelven a enamorar... paf."
Los números no son precisos, decía, pero nos hacen jugar bastante con la imaginación. Mr. K. se ponía a armar metáforas sobre el universo, la cantidad de células en el cuerpo humano, interconexiones neuronales, o cómo el cambiarle los pañales a tu hijo derivaba la idea de que las relaciones eran "algo así como una limpiada de culo al otro de vez en cuando, porque hay veces que hay que ponerse".
Entonces lo iban llevando, rápido rápido volando casi, aunque el tipo de celeste parecía tener un día cualquiera. Mr. K., vamos, Mr. K., ¿cómo se siente? Entonces seguramente la mujer de Mr. K. les daría la noticia a los tres "muchachetes" de que su marido había sido llevado al hospital un martes por la tarde, y que allí había fallecido.
Orlando simplemente se sentó en la vereda de su casa, prendió un porro y miró al cielo. Con laguna lágrima dijo adiós. Felipe puso Pappo's blues y se sirvió un whisky. Propuso un brindis a nadie, en honor a Mr. K. Allen pateó un agujero en la puerta de su habitación y rompió el despertador con otra patada más. Luego se tiró en el puf a insultar.
Y otra vez toda esa mierda...
Death Strikes
miércoles, 3 de septiembre de 2008
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
0 comentarios:
Publicar un comentario