She´s leaving

viernes, 17 de septiembre de 2010

Ocurrió en el Burguer King de Maipú:

- Jim...

Algo presentía, claro. Ella y yo somos como una especie de montaña rusa de intensidad variable, pero últimamente todo venía sintiéndose plano, carente, inmutable.

- Jim... Creo que necesito estar sola.

La previa con ella había sido tajante. Me devolvió el libro de Sibilia casi antes de decirme hola, su beso fue express. Había en ella algo de inmanejable, que la trascencía, que era mío pero debía dejar de serlo.

- Ajá... - contesté con tosquedad-.¿Qué te está pasando?

No me hacía falta ahondar demasiado en sus palabras. Tampoco sentía la necesidad de hacerla explicarse con respecto a mi, pero si una curiosidad de ver en detalle su microcosmos actual. Soy prescindible, ya lo sé, pero eso no me quita ese interés por Jackie.

- Creo que no sé, me desgasté. Nos desgastamos. ¿No tenés esa sensación de que somos demasiado iguales? Racionalistas en rehabilitación. Con diferentes matices, somos lo mismo, quizás eso me terminó apabullando. Y no sé qué voy a hacer porque demostraste ser una de las personas más comprensivas que he conocido.

Me sorprendió esa afirmación de su parte. Este es el momento donde una mujer pregunta "¿te enamoraste de otra". Ridículamente me reí de eso, pensé que aunque ella estuviera enamorada de otro, no era lo que me interesaba saber.

- Tenés miedo - le dije-. Quisiera poder ayudarte pero sé que no.

- ¿Cómo estás vos?

Eso si me pareció una pregunta pelotuda, decidí no contestar. Simplemente tomé lo que me quedaba de Coca, me quería ir del lugar. Ella me tomó de la mano y la retiré.

- No, porfa no te pongás así - me dijo-.

Recordé que Anto dice que me pongo despiadado.

- No hablás y no sé entonces qué te pasa y me preocupás.

¿Cuánta sorpresa había en eso? No puedo decir que no advirtiera cierta falta de emoción. Así como fui protagonista de las intensidades, soy testigo de mis inmutabilidades. Creo que tengo la culpa de todo esto, ¿no?

Dije eso último.

- No, no creo que sea culpa de. Somos dos personas diferentes, pero que nos resultamos demasiado iguales, casi una redundancia. Venimos de lados diferentes pero somos vos y yo y... no sé, preciso más espacio. No es que vos me lo hayas quitado, sino que necesito estar por mi cuenta. Y es contradictorio porque te voy a extrañar y cuando lo pienso me angustio...

Y decidió arbitrariamente ponerse a llorar.

Los dos quizás nos preguntábamos lo mismo: Ahora quién se va a bancar nuestro mal carácter, quién se va a bancar nuestras manías, con quién nos vamos a quejar, quién nos va a decir que todo está bien y que solo necesitamos respirar. Respirar, ese es el truco, ¿verdad?

- Perdón Jim.

- ¿Perdón por qué? - dije con una depresión que me inundaba por completo.

- Quisiera que no te duela, si yo significara nada para vos ahora sería genial.

Mentira. Tan grande como una casa, pues si yo le dijera que no me importa y estuviera intacto ella se sentiría más irrelevante de lo que se siente, no creería en nada de lo que ella y yo creemos mágicamente, por más que somos dos racionalistas.

- ¿Cómo estás? - repitió su pregunta.

Puso unos ojos tristemente hermosos. Sabía que ella se moría por prender un cigarrillo pero no se animaba. Quizás ridículamente pensaba que con eso me haría enojar.

- Hablame...

"Te aburriste de mi y ahora pensás que en una de esas lo que diga te va a divertir", pensé en decir. Hubiera sido demasiado, hubiera estado mal. En un acto de lucidez, aunque no lo crean, no dije lo que se me había pasado por la cabeza.

- No te preocupes, me imagino que todo estará bien - dije por decir algo -. No es tu culpa ni te sientas mal, quiero que estés bien, creeme.

- ¿Me puedo sentar al lado tuyo?

Un signo de temor es cuando te piden permiso. La pregunta era pertinente, pero el tono la delataba. Un "no" o un "sí" de mi parte no haría diferencia y sin embargo ella preguntaba. Asentí con la cabeza.

Se sentó al lado mío y me puso la cabeza en el hombro. Su mirada ausente quizás chequearía en el panel superior de las cajas el precio del Whopper.

Si hubiera tenido que musicalizar el momento, hubiera elegido Bewildered by the city.

Me miró desde abajo, desde mi propio hombro. Yo no quería mirarla. Era como si la ignorara. Miré por la ventana un poco, los autos que salían del automac -o auto burguer, como se llame-. Ella me invitó a voltear mi cara para su lado, y me dio un beso. Uno de los más tristes que me han dado.

La acompañé hasta la casa, aunque ella no quería. Llamenló obligación machista o como quieran. Ella de vez en cuando me miraba, pobre muchacha. No sabría qué hacer con un tipo callado a su lado toda la caminata.

En la esquina de su casa, en la cuadra esa que supo estar cerca de mi casa de Olivos y en la que seguramente anoche se estacionaban algunos pibes que salían de bailar de Sunset, nos despedimos. Hubiera dicho sencillamente "chau", porque soy un tipo carente de todo sentimiento cuando quiero, un freezer o un iceberg. Pero ella me abrazó y me dio un beso largo.

Recién ahí pude irme al carajo, como había querido desde hacía una hora. Me pregunté si tendría en casa toda la química necesaria para sobrellevar esto, pues me haría falta. No tenía ganas de recuperar a mi viejo enemigo, el insomio.

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