Primero me mandaste una serie de incoherencias por mensaje de texto, con hashtags y arrobas, como si se tratara de Twitter. Se te notaba que a las ocho ya tenías un pedo para quinientos. Y cuando nos encontramos en el bar, te quedaste charlando con cualquiera un buen rato, a mi ni bola.
Hasta que nos cruzamos, me sonreiste, te sonreí. Me preguntaste como andaba. Hasta nos abrazamos. Antes ni bola, me veías como charlaba con Tina, de reojo. Y ahora, paf, todo amor y cariño. Y te dije de volver. Sí, sabías que te iba a decir eso.
¿Qué te hacés el sorprendido? Si me mensajeaste, me buscaste. Entonces obviamente que yo quiero y me pareció bien decirte que quería que volvieramos.
Hasta me banqué tu aventurita. Me lo tomé con humor, aunque no te voy a mentir: no me encantó lo que me dijiste, precisamente. Pero bueno, yo también tuve mis encontronazos, ¿no? Lo que pasa es que sos siempre tan inteligente como para ni preguntar, para obviar esa parte de la historia. Y por eso te molesta tanto que hurguen en tu pasado.
Estabas borrachín, pero yo no te voy a cambiar, así como vos no vas a cambiar que a mi no me guste tu bandita preferida. Ni tampoco vamos a compartir una cerveza nunca, ni tampoco vamos a comer pescado juntos jamás. Pero de nuevo, juntos...
Quedamos en vernos el sábado.
¿De nuevo?
lunes, 28 de marzo de 2011
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