I
- ¿Cómo? - preguntó la vendedora.
- Digo, ¿cuándo es el regreso?
- ¿En el día? ¿Usted quiere ticket de regreso en el día?
- Pues claro, porque me estoy quedando por aquí hasta volver a casa. Muy linda estación tienen aquí, me encanta la jungla esta. Nada que ver con Retiro.
La mujer tuvo que contener esa leve carcajada que le venía a su ser, pero una sonrisa delató risa. Evidentemente yo, el muchacho que tenía delante de sí, medio jocoso y relajado, no entendía demasiado de la vida, quizás ni siquiera supiera a dónde estaba comprando el pasaje. Chequeó entonces:
- Señor, bueno, entonces sería a Toledo de ida y vuelta en el mismo día. El tren de ida a las 10:30, porque antes usted dice que es muy temprano. De regreso, puede ser a las ocho de la noche.
- Sí, ese. Deme.
Me largué de ahí medio riendo. Eran las dos de la tarde y ya los 100 Montaditos me habían dejado un poco out. Saludé a la jungla de la estación Atocha y me di a la fuga.
Tenía que hacer tiempo para llegar al Museo Reina Sofía, por lo que arrojé lo que quedaba de mi en el Parque del Retiro. Me morí un rato en serio. Fue hermoso, creo que ni respiraba. Mañana ya tenía asegurada la visita a Toledo -cosa que mis piernas recordarían el día después-, y ahora podía dedicarme a visitar el resto de Madrid. Pero debía asegurarme de llegar al Sofía a tiempo.
Luego, cuando resuscité, me perdí un rato más en el Parque, hasta llegar al palacio de cristal y un Mickey Mouse totalmente fuera de lugar. Subí, caminé, seguí. Agarré Tirso de Molina hasta arribar al Templo de Devod. Todo eso en una tarde nomás.
II
Entonces Toledo es un accidente. Accidente, porque en tanta calle sinuosa uno se pierde, se desorienta con mapa y todo, se choca con gente, con un ¡fantasma de Antonella!
¿Era? ¿Cómo puedo comprobar que no era? Porque iba, caminaba delante mío. Y mi visión estaba un poco descolocada. ¿Me había hecho mal tan poco sueño durante los últimos quince días? No llevaba su clásica pollera, porque era invierno, pero esos pantalones negros, y el bolso...
Era ella.
Y la seguí un poco, pasamos por unos locales de armaduras. Siempre las calles arriba y abajo, al otro día las piernas me pasaron factura. Se metió en el museo de la tortura, ese al que ya había ido justo hacía una hora. Esperé afuera, y salió a los diez minutos.
Española. ¿Antonella española? Sigo viendo espejismos pero mi problema central es no poder dejar de seguirlos, de darles bola.
Siguió camino, para el lado del Alcazar. La tarde ya caía, mi tren era a las siete y cuarto. Ella caminaba y yo pensaba qué mierda hacía yo siguiendo a una Antonella que no era, o por qué no le preguntaba algo. No era, pero era.
Pasamos por la estatua de Cervantes, esa que está abajo de las escaleras que dan al ayuntamiento. Y llegamos a las afueras, para seguir la ruta que sale del casco histórico y cruza el río, hacia el San Servando:
El tren o seguir a Antonella, que iba al Castillo de San Servando. Crucé de a poco, dudando. Es odioso cuando me pongo así, no me decido entonces no hago nada. Ella se alejaba, cruzando el puente y yo miraba el paisaje, me había congelado el el tiempo, en Toledo de la edad media. Era un memo, un Sancho Panza cualquiera.
- ¡Hey! - grité.
Se dio vuelta, y saludó.
Tenía veinte minutos para descender y recorrer la ruta a la estación. Porque los trenes son recontra puntuales allá.
jueves, 21 de julio de 2011
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