En ese momento me parecía el hombre más tierno del mundo. Por primera vez podía hablar con él honestamente, podíamos conocernos un poco más. Creo que eso me conmovió.
Porque él es tremendamente respetuoso. A veces quisiera que no lo fuera tanto porque es una de sus formas de ser distante. Era como si necesitáramos un empujoncito, y me pregunto hace cuánto que nos queríamos y no nos dábamos cuenta.
Entonces lo que quedaba de nosotros se abrazó, pero no se retiró como suele hacerse. Nuestras caras quedaron cerca y fue como si descubriéramos que estábamos de acuerdo en besarnos.
¿Cómo es cuando tenés a alguien en tus brazos y no lo querés dejar ir? Cuando sentís su espalda, la recorrés, le pasas la mano por el pelo y le acariciás la nuca. Y cerrás los ojos, porque el tacto predomina, pero no sólo las manos sino los dos cuerpos fundidos en uno.
Y me puse así de melosa. ¿Y si nos soltamos un poco? Nada de esto lo planeamos, así que hagámoslo.
Yo que nunca me pongo de acuerdo con él, que siempre me lleva la contra (él me apodó Dra. No). Nosotros no tenemos tanto en común, pero es como si en el fondo sí lo tuvieramos. Es como si luego, cuando nuestras personalidades se desarrollan, algo cambiara. Pero no somos tan diferentes.
Sentados a las seis y media de la mañana en un zócalo, frente al Dashi, él me contaba sus últimos tres meses y yo le decía que no quería que le hicieran daño. El posaba su mano en mi pierna. Yo en una de esas le daba un beso en la frente. Él me lo contestaba. Y así.
Previamente un transeúnte nos había dicho "chicos, amensé, ya se van a arreglar". Discutíamos sobre sus viejos y los míos, yo le contestaba un tajante no mientras él defendía lo indefendible. Cuando dijo eso nos sonreímos los dos.
Me pregunté qué sería de nosotros al otro día... pero no le dije nada.
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