(Stuck in the mutherfucking island...).
Deleuze se había dado cuenta de que estabamos lejos. Recién ahora. Estabamos rodeados de agua, parados sobre un montón de piedras diminutas. Sacarse una ojota era imposible, porque quemaba como la puta madre la arena.
Barthes y Bentham intentaban diagramar alguna salida posible. El oleaje era era demasiado, había bandera roja. A mí me convencía la idea de acampar allí, pasar la noche medio arafue, no volver a la casa. Brasil es como mi casa, ya me tiene acostumbrado a sus improperios. No puedo enojarme con ese país, ni siquiera en el mundial.
Bataille: No hace frío. Podemos dormir bajo las estrellas.
Barthes: Callate.
Roland dibujaba en la arena, intentaba armar un mapa que nos indicara donde el agua estaba pasable. Se nos había ido el último barquito para cruzar y estabamos varados en la isla. Encima se les ocurrió que Deleuze y yo teníamos la culpa. Claro, Jim se hace el sumiso porque él ya se afanó el conito, pero, ¿y nosotros? ¿Qué no tenemos derecho a afanarnos cosas, incluso el tiempo de las vacaciones? Bueno, nos retrasamos en volver y nos perdimos el barquito, pero fue porque Deleuze estaba descompuesto.
Bentham se hacía el médico, le preguntaba a Deleuze cómo andaba, si el malestar ya no era tan carne sino más virtualidad. Una desubicación, porque el papel le correspondía a Barthes.
Jorge: Nos tiramos acá a dormir, mañana a las seis seguro aparece la lancha de vuelta, nos volvemos para el continente. Solo me preocupa que no tenemos nada de alcohol casi.
Bataille se refería a la heladerita portátil que había facilitado Bentham, en la cual solo quedaban seis cervezas de medio.
Bentham: A vos siempre te preocupa la escases.
Claro que me preocupa la escases... Imaginensé, varados lejos de un bar. ¡Eso es inaudito!
Uuu, creo que cuando pensé en eso entré a darle piñas a la arena. Ya no quemaba tanto. Deleuze vino, medio compuesto ya, y me dijo que pare, que me iba a hacer mal.
Barthes: Me desconcentrás, tarado.
Roland dibujaba.... dibujaba... Un mapa. Algo que nos indique cómo volver. Estaba oscureciendo, quizás eso lo agobiaba. Aunque, tan inofensiva es la noche, ¿para qué problematizarse por ella? A Jim se lo notaba más distendido, miraba mucho al cielo. Le gustan las estrellas, dice. Bentham el estrellado.
Bentham: Después de todo, Bataille tiene razón. Esto me suena a un excelente desperdicio.}
Barthes: No me causa gracia. Además dejamos la ventana abierta de la casa, porfa, a ver si volvemos y no tenemos más que...
Jorge: Paranoico...
Gilles: Bueno bueno, ya está. Pensemos en quedarnos en la isla esta noche. No está nada mal. Son vacaciones carajo, mañana nadie labura, estamos en un lugar hermoso. Qué mejor forma de aprovecharlo que tirandose a dormir con el mundo.}
Deleuze la pegó, creo que la frase era afortunada.
Bentham abrió una cerveza, se sentó sobre la arena. Entonces me extendió la botella. Yo le confesé:
Jorge: Chep, creo, que podemos salir por ahí - le señalé la peninsula, al lado del morro.
Bentham: shhhh, estamos para un rato más acá, ¿no?
A Jim repentinamente le gusta la idea de desorden. Es por eso que lo hice complice. Mientras, Deleuze se acostumbraba a la idea de pasar la noche allí en la isla, sin más que nuestras mochilas y algunas cervezas. Igual, cuando supe que volveríamos a tierra, a un bar, me tranquilicé yo.
Barthes: Putas lanchas del orto.
Roland se estaba resignando. La noche era linda, definitivamente una noche veraniega.
Bentham: Pero está bueno perderse. ¡¡Esto le entancaría a Guy!! Se lo voy a contar y se va a morir de envidia.
Pobre Debord en la city, y el pobre Barthes extrañaba los sentidos precisos de las cuadras y las esquinas.
Se armó la timba, comenzamos a jugar al "te doy un quí". Mmmmm, no pienso explicarles demasiado, pero imaginensé el chanco vá. Deleuze, Bentha y yo estabamos tomándonos el resto de la cerveza mientras Barthes iba deshaciéndose de su preocupación. Eran de las mejores cervezas del año.
Resolución simple:
Bentham: Hey, Roland Garrós, quedate tranqui, que ahora que veo, podemos volver por ahí. Haceme el favor, nos quedamos acá boludeando un rato que una isla no la tenemos todas las noches para nosotros. Mirá que lindo.
Tenía razón. Las olas eran hermosas, y pocas veces compartimos un espacio tan solitario de manera tan lúdica.
On an island
lunes, 9 de febrero de 2009
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