Me desperté súbitamente, como ocurre cada vez que no duermo en mi cama. Ella me abrazaba sonriente, quizás hubiera tenido un sueño lindo. La acaricié, inmediatamente sentí mi necesidad de café, mis papilas gustativas recordaron ese sabor como si se tratara de un recuerdo melancólico. ¿Tendría ella café aquí? No quiero nada de instantáneos, por favor.
El departamento de ella está lleno de plantas. Se ve que le gustan. Es bastante más prolija que yo, le gustan las cosas enmarcadas, nada de posters ni boludeces. Se trata de una mujer adulta, coño. Hay una lámina con una caricatura de Cortázar colgada sobre la cabecera de la cama. Me encanta.
Una tele lcd, dos celulares, parece que esta chica es un éxito en su trabajo. Se supone que es contadora. No entiendo por qué les va tan bien a los contadores, pues se trata solo de sumas y restas. Creo que cuando pensé eso ella se despertó. Se habrá dado cuenta de mi interrogante, quizás acuda a resolverlo.
- Buen día - le digo-. ¿Dormiste bien?
No contesta. Sonríe. Me gusta eso, no hace falta que diga nada. Sólo que se estire, cierre los ojos. Según ella, le gusta como recorro su cuerpo suavemente, rozándolo, casi sin tocarla. Me gusta ser así de microscópico porque no me da tiempo a preocuparme por las cosas, porque me incita a olvidarme de quién soy.
Me abraza. Quisiera seguir durmiendo. Más allá de que el día esté soleado, no hay demasiada intensión de salir de la cama.
Cuando sonó uno de sus teléfonos la interrupción fue algo grosera. Creo que los celulares son esa especie de maleficio moderno, la irrupción del elemento externo en nuestra intimidad. Estiró su brazo para alcanzar el aparato desde la cómoda. Su cara había perdido la sonrisa. Evidentemente yo era mucho más amable que aquella porquería y su ringtone.
- Hola. Sí, ¿cómo andás corazón? Bien, acá me acabo de despertar.
Cuando comenzó a hablar la noté huir, habíamos iniciado el camino de regreso a donde fuera evidentemente. Creo que ella hubiera deseado que me fuera, pero no hice ademán de salirme de la cama. Y eso que realmente quería un café.
- Bueno, a las cuatro. Claro, podemos. No, dejá que voy para allá y de ahí salimos. Podríamos llevar facturas. Sí, dale. Yo también. Besito.
Evidentemente...
Cuando cortó la comunicación su sonrisa seguía desvanecida. Yo permanecía inmutable. Entonces:
- ¿Te tenés que ir?
Su mirada estaba esquiva, se refugiaba de mi. Aún así, no pensaba dejarla ir así nomás. Sin buscarme me encontró.
- ¿So? - insistí-.
- Era mi novio, tenemos que ir a lo de mis suegros en un rato.
Creo que desde ese momento la habitación se llenó de interferencia, ya no lograba captarla como antes. Quizás fuera ese sin sabor de no saber exactamente dónde me había metido, y sobre todo, de haberme dado cuenta de un lindo error a estrenar.
- ¿Novio? Detalle...
- Sí, lo sé, perdón que no te lo dije. Es que...
Su cara era toda la falencia de explicaciones que pueden ocurrirseme de aquí a que me muera.
- ... Las cosas no... Mirá, me gustás en serio. No hago estas cosas, pensé que no me fijaría en nadie más. Viste como es esto, uno le dice al otro que lo va a amar para siempre. Pero últimamente no es así. Él y yo estamos menos... bah, me imagino que no es lo que querés escuchar ahora, ¿verdad?
Creo que su intuición femenina se había tomado el palo, ya no estaba. Repentinamente tuve esa sensación de que ella no me había escuchado para nada, que no tenía idea de con quién estaba. Y yo preocupándome por si había café.
- ¿Qué pasa? Estás enojado. Me odias.
- No te odio, pero... creo que una vez más descubro que soy un idiota -contesté-.
Debí haberlo sabido desde principios de semana, que nada saldría bien. Y si alguna extraña te dice algo sobre una remera que lleves puesta, algo anda mal. No es buena onda, es que algo potencialmente puede salir mal.
- No sos idiota. Pensé en decirtelo, pero yo qué sé. No puedo explicarlo. Un día te encontrás con alguien lindo y no querés hecharlo a perder, y pensás que si le decís algunas cosas de vos, esa persona se va a ir. No tenía ganas de que te fueras.
Me abraza, pero siento tanta distancia que ya no me importa quien sea. Poco a poco uno va aprendiendo a lo largo de la vida a ser menos sensible, a olvidarse de la niñez para sobrevivir a los tortazos.
- Hey... - dijo ella con ese tono tan dulce, tan falso, tan...-. Perdón. No sé qué decirte.
La evidencia de que soy un imbécil es cada día más fuerte. Creo que me he ido acostumbrando paulatinamente a esto, a ser una copia un tanto berreta de cualquier otra sensación que pueda yo llegar a ser.
Ella me mira, pero yo me siento muerto. Pienso en él, en aquel tipo que no conozco pero sí conozco a su mujer. Pienso en que nada nos conecta, salvo la carne de otra persona. La farza de él, la infidelidad de ella y mi estupidez se cruzan en una única trama, el punto ideal donde ellos podrán seguir con su pequeño montaje pero yo, una vez más, me vuelvo el único factor asesinado por su propia irrelevancia.
Obtuve mi café, pero casi una hora más tarde en Havanna. Fue doble, con crema y una torta de chocolate.
There´s no I in threesome
domingo, 13 de septiembre de 2009
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2 comentarios:
Estupidez es saberlo y esperar a que la situación cambie...
claro. Creo que desarrollaré un poco más el tema.
Creo que a la chica le podría llamar Rocío. Aún no decidí quien es el desayunante.
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