I
- Ah, le dije a mis amigas que vengan para acá - dijo Debord-. ¿Todo bien?
Y qué mierda le iba a decir... Ya las invitaste, caen en una hora, no no, no hay problema.
- Son buena onda, las conocí en el sur hace dos años. Nada del otro mundo, pero después vamos a la fiesta.
II
Me resulta inverosímil cómo terminé en tu casa. ¿Crees en el destino? No puede ser, vos mismo alguna vez me hablaste de casualidades demasiado casuales, con eso de las ambulancias y blablero.
Nos cruzamos, y ahora una amiga nos dice que vamos a la casa de un amigo de un amigo que resultás ser vos, St. Bentham. Finalmente conozco dónde vivís. Y ya sé que van a estar mirando los atributos de Solange, pero... Te ves tan divertido, aunque digas que tenés un humor un tanto degradado.
Me gusta tu lámpara de lava, me da curiosidad tu guitarra eléctrica, si me guiara por la larga charla que vamos a tener toda la noche diría que terminamos juntos voy y yo, que nos damos otra oportunidad.
III
Dejenmé cuestionar algo del sr. Bentham: no entiendo qué sujeto se la pasa hablando con una mujer para no hacer nada. Yo lo quiero mucho, y Betina es una chica bastante linda. Pero la verdad que no lo entendimos. Los mirábamos en casa de Jim y se llevaban de maravilla, hasta Gilles dijo:
- Che, mirá que se llevan bien ustedes eh.
- Es que fuimos compañeros de trabajo- contestó con una sonrisa Betina Brecht.
Ahí nos enteramos de que la excesiva onda de Brecht con Bentham venía de antes.
Y nos quedamos un buen rato en lo del señor, escuchando a los Beatles. Y esa Solange preguntó qué estaba sonando, cosa que se le perdonaba porque estaba más buena que comer con la mano. El tema era que se la disputaban Bataille y Deleuze, aunque como el segundo tiene novia el primero -al menos en mi opinión- tenía legítimo derecho.
No ganó ninguno, claro está. Yo me dediqué a la tercera chica, mi amiga Alicia. Con ella ya había quedado mal cuando le dije "estás flaca" y me respondió "¿me estás diciendo que antes estaba gorda?". Se trata de un sencillo problema de construcción de oración che...
Y le pregunté a Jim qué onda con Betina. Me contó algunas cosas, me despejó que no había pasado nada, y me aclaró que su pelea con Rousseau no implicaba que iba a hacer cualquiera. Y que además no le gustaban las rubias. O sea: una respuesta bastante pelotuda.
IV
Me hiciste tentar con lo de las entrevistas:
- Nadie entiende qué mierda buscan los psicólogos laborales con esas preguntas - dijiste -. Te preguntan: "¿te gusta el azul?", mientas te toman la entrevista en una habitación azul, con muebles azules y la entrevistadora está vestida de azul. Y uno contesta: "no, me va más el celeste".
Me reí cinco minutos seguidos. Dijiste que no era tan bueno tu chiste, y quizás fuera el daikiri, pero no podía parar.
Tu amigo Gilles bailaba con Solange. Todos miraban a Solange, siempre es así. Y te invité a bailar y en verdad no tenías demasiadas ganas, pero recordé que a veces empujándote un poco aceptás. Esperé estratégicamente a un rockanrol de Los Redondos.
- Menos mal que pararon con el reggaetón - dijiste-.
Mientas me sorprendías con alguna que otra vueltita, me preguntaba hacía cuántas horas que hablábamos.
V
Creo que reboté con todas. Creo que en serio, le tiré tiros a todas la mujeres de la fiesta. Nada. Un fracaso. Entonces esta Solange largó a Deleuze y se vino para donde estaba: la barra, degustando un Smirnoff con vodka.
- ¿Qué hacés solo?
¿Qué se supone que debe contestar uno a eso? Lo frontean así, la cosa no resiste demasiado análisis. Pero dije que no la iba a sacar a bailar, que ya Gilles había estado en esa movida. Me propuse hacer gala de mi simpatía y mi ocurrencia:
- Mirá ese plano de evacuación. Preciso uno para mi casa me parece.
- ¿Un plano de evacuación para tu casa? - dijo extrañada.
- Sí, indicaría: punto de reunión: el living. Una flechita indicaría el camino a la cocina y la heladera, para sacar los alcoholes. Porque en caso de un incendio, si dejás los alcoholes, peor porque son inflamables, ¿no?
La piba era menos tonta de lo que creí, porque se rio. Y así conseguí su teléfono.
VI
- Yo creo que estás para más... - te dije.
- Mmm, ¿hace falta hablar de trabajo un sábado a la noche?
Era lo que más compartíamos, pero tenías razón. Hay que innovar en los temas. Me preguntaste cómo me estaba yendo en la facultad, cuando planeaba recibirme. Por más que el tema no me apasionaba te seguí la onda. Te recordé que al haberte recibido en Comunicación te consideraba un modelo a seguir. Me dijiste que no te tirara tantas flores.
Te dije que estabas flaco. Me convidaste de tu cerveza y me dijiste que el tema era que ya no comías. "Estás lindo", dije achinando los ojos. Me arrepentí, porque me salió casi como si lo dijera una madre.
Nos quedamos charlando en una esquina. Solange ahora había pasado a tu amigo Jorge, mientras Bataille y Debord no perdían tiempo. Alicia, ¿qué era de Alicia? Ni que la hubiera llamado, vino a nosotros. Me dio la sensación de que los dos queríamos que se fuera.
- ¿Qué les pareció la bailarina? La verdad que me dio verguenza ajena a mi.
Tu cara de poco interés era mortal. Fuimos a comprar otra cerveza mientras vos ibas a hablar un poco con tus amigos, Guy y Gilles. Cuando volvimos se reían de algo, pensé que habían hecho un comentarion de nosotras. Y para generar conversación:
- ¿Qué? todavía no estamos tan borrachas - dijo Alicia.
Yo tenía sueño y en un momento me tomé el atrevimiento de posar mi cabeza sobre tu brazo.
Las cruzadas
jueves, 5 de agosto de 2010
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