El paisajista

sábado, 28 de julio de 2007

Los arbolitos cada vez pasan más rápido. De chico recuerdo que me imaginaba a un tipo corriendo a la velocidad a la que van los coches en las rutas. Era un tipo bastante atlético, porque iba a la par nuestro, viste.

Hoy tenemos un sol radiante radiante, una belleza que se ha quedado dormida en el asiento del micro, un tipo que se pasea por el pasillo, un pibito que ha creado nuevos artilugios para no hacer lo que su madre le pide, una pareja de atónitos recién casados, bastante desparejos por cierto, y por último este coleccionista de imbecilidades.

Lo apasible del paisaje es contagioso, mientras las frazadas me muestras una lomita, un campo en donde a mi me gusta por las noches quedarme un rato escuchando la música de la fuga de ideas. Los suspiros del viento, que de vez en cuando te encuentran mirando al cielo, me hacen responderte con otros suspiros, o quizás una visita sorpresa porque todavía no abriste tus ojos. Y con mi mano continúo recorriendo la sinuosa salida al mar, me resto importancia a mi, porque de una vez por todas se supone que todo ha salido bien y ya estamos en camino.

(Nunca pude dormir muy bien en los micros. Me incomoda la posición del asiento por más que lo recline a más no poder. Él me sigue recorriendo. Este sol me pega en la cara, pero no me quejo, me gusta. El calorcito y las galletitas de ayer, las sábanas y las almohadas tiradas en el piso, el beso en el acensor, saliendo del centro y el desayuno en Piacere, de inapreciable valor para mi que te hayas levantado ese día tan temprano.)

Las sombras que se van dibujando, mi amor, son perfectas. Se van moviendo, nos estamos moviendo. Siempre nos movemos, viste. ¿Y cuando lleguemos a Mar del Plata vas a seguir siendo vos? Seguís durmiendo y no sé cómo haces la verdad.

(No me gusta eso... A veces te veo que andás en esas cosas con demasiado ímpetu, por decirlo de alguna manera. ¿Vas a seguir siendo vos? Por favor...)

Menos arbolitos y más vacas che. Mu, mu muy panchas ahí comiendo. Y las rejas, para que no se escapen, delimíteme bien mi campo del que tiene el vecino, que tiene los corderos. Alambrado pongale para que no pase, pará que mi mano no es el lugar, pero dejame visitarte un rato.

(Si. Claro. Pero después, ahora no. Te gusta molestarme, eh. Ojala lo sigas haciendo. Digo, yo me quejo pero sos así y está muy bien. Me divierte cómo improvisas. Aunque a veces te vas de mambo, pero no me preocupo que sé bien con quién estoy tratando. Y Mar del Plata te va a resultar más acorde a mis sonrisas, tus placeres y nuestras investigaciones exploratorias de los efectos de las vacaciones sobre dos personas responsables que se quieren mucho y andan en pleno verano explayándose por las calles a ver cuándo se pierden.)

Si salto del trampolín de tu naríz, quizás caiga en tus labios, haga equilibrio para no caerme. Seguro me caigo, reboto en tu mentón para caer en tu pecho. Hmm... Yo no hice nada cariño, vos no me dejaste hacer equilibrio. Pero me quedo, me hago el sota...

(Ok. Está bien, quedate. De todas formas yo también quería.)

Cuanto artilugio que me obligás a hacer, ni dormida dejás caer la guardia, dejás de controlarlo todo, de limpiar mis desastres y corregirme ante las visitas. Y me quedé nomás igual. Me lo merezco por esta vez, ahora que me dejaste me quedo yo.

Que pasen las vacas, que pasen los arbolitos, el nene del pasillo con la pistola esa que hace ruidos ridículos pero está bárbara. El tipo del micro que nos deja los sanguchitos, y yo ya me inventé otras cosas para los sanguchitos. Jamás te comenté esas ideas. Creo, deberías dejarme hablar un poco. Pero no hablar como hablar, sino hablár con eso de simplemente intentar las cosas y que confíes más en mi ciegamente. Digo, ¿qué te pensas, que te voy a lastimar, o que voy a venir a romper nuestro contrato de exclusividad? No. Eso quiero, hablar sin tener que explicitarlo todo, sin tener que consultarte todo esto que nos incumbe. Y creo vos también deberías omitir todas esas explicaciones y permisos que soles solicitar.

(zzzz...)

Un poco más de versatilidad, que ahora mi mano camina por el campo, que hace firuletes en forma de flor sobre tu ombligo mientras me como un poco se senguchito de miga. Después te limpio las migas, jugamos al truco y te gano, ¿sí?. Ese palpitar me encanta. Tenes las manos frías, y eso no puede ser. Vení.

(zzzz....si.)

Vení, que parece que estamos llegando. Se me rajaron los arbolitos che. No entiendo nada. Vos tenés que ser mi brújula, que además tenés el mapa y sabés como usarlo. Pero me quedo acá eh, no me rajás ni con una topadora. Total, vos seguís en la estratósfera intergaláctica del agujero negro más recóndito de ese murmullo que te sale ahora con forma de mi nombre y yo sigo aquí.

- Hey, July, llegamos - Dijo Allen.

July abrió los ojos.

1 comentarios:

Lusmala dijo...

me gustó eso de: "vas a ser el mismo cuando lleguemos?", es verdad que uno puede metamorfosearse varias veces en un trayecto de 492km, si es que hablámos de mar del plata.
ey! creo que extraño las rocas donde choca MI pedacito de mar!