Nos despertamos a las 9.30 para llegar al desayuno, que lo dan hasta las 10 am. Si lo pienso, nos estamos levantando a las 5.30 de Argentina, y el cuerpo algo nota pero la mente se queda con lo que le indiquen las agujas. Entonces uno tiene una bipolaridad de las sensaciones que queda arrastrada cuando camina por cualquier parque de Bruselas. Y hacía fresquete.
La estación de trenes de la ciudad se parece a un aeropuerto subterraneo, con gente que va y viene para todos lados, valijas envueltas en plástico verde y nosotros, Roland & myself, incrustados en el paisaje mirando el mapa.
- Gante queda de camino a Brugge, pero en un momento el ramal se parte en dos. Menos mal que esto está in inglés - me dijo Roland concentrándose en qué tikect debíamos sacar.
- Wouter me dio direcciones para Gante, o sea que si le pifiamos de ramal de última llegamos a casa de sus familiares. Mirá, esa tipa se parece a Michelle Bachellet.
- Ni en pedo, es más achinada che.
Ahí nos enteramos que el tren nos iba a doler 66 Euros.
Si Europa debía tener una capital, definitivamente debía ser Bruselas. En esa gran plaza poblada de millones (¡Millones!) de chinos (orientales, es lo mismo, no aplicaremos distinciones) con sus cámaras, se alzaba una torre sublime, perteneciente a un palacio sublime. Desde arriba de todo se escuchaba una voz. Sería el Gran Hermano Belga, al que no le gustaba ser bedette entre tanto ojo rasgado y dos sujetos un tanto divertidamente perdidos.
Un par de cuadras nos adentramos en los pasajes y los maitres nos ofrecían entrar a almorzar. Pero nuestro presupuesto no daba para mejillones, y yo de momento sólo quería tomarme una Leffe y Roland estaba con la idea de probar unos waffles. Pero antes...
- Hey, en las chocolaterías dan muestras gratis.
Según explicó un viejo que atendia un local, en un inglés un tanto tropezado:
- Todos hablan del chocolate suizo. Cualquiera puede hacer chocolate, el tema es hacer chocolate relleno.
Fue así que nos enteramos de la pica entre el chocolate suizo y el chocolate belga, el chocolate de cuentas bancarias y el chocolate políticamente correcto. Así, Roland definió que debíamos explotar eso diciendo que veníamos directo de Suiza. En dos ocasiones obtuvimos más chocolate porque el tipo quería mostrarnos cuán superiores eran.
- Good good -contesté yo mientras elegía qué me llevaba a boca.
Y almorzamos a media tarde, luego de una ardua recorrida chocolatística. Dimos con un lugarcito que por 6 euros nos daba un plato de pasta (algo así como una lasagna), y además la cerveza de la casa era Leffe, asunto que me puso contento. Y Roland pudo finalmente comer su waffle de postre, con crema.
Retornamos al airport digo la estación de tren para emprender el viajecito final a la antigua ciudad de destino. Y si terminabamos en Gante al verdad que me daba lo mismo.
La llegada da Brugge fue especial. Luego de atravesar toda la ciudad, casi de noche, llegamos al hostel. Simplemente tiramos todo y esa noche con Roland nos dedicamos a recorrer los pubs. En uno el happy hour era de ocho a nueve, en el de al lado, de nueve a diez, en el de al lado, de diez a once. Así que rotabamos y dimos justo con una muchacha que había estado viviendo un año de estudios en Londres, y retornaba en quince días a Argentina. Y paseamos también un poco por la torre de la plaza central, donde los puestos vendían hamburguesas con salsas y la chica decía que extrañaba un buen asado. En verdad, todos extrañamos un buen asado en ese momento.
En el desayuno del hostel hubo Nutela. Importantísimo.
Camino a Brugge
lunes, 18 de enero de 2010
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