Cuentitos para las fiestas

miércoles, 30 de diciembre de 2009

I
Entonces Barthes decidió que era el momento, y mientras todos estaban sentados cenando entre cervezas y el fin de la cursada, le dijo a Xara que lo acompañara afuera a fumarse un pucho. Y cómo explicarle que él quería estar con ella y la idea de que ella se fuera todo el verano lo atormentaba, que al menos tenía que decirle que él la quería.

Rememoró una conversación la noche anterior:

- Diría que no te valgas de palabras, sino que utilices tus manos -dijo Bentham.

- ¿Cómo? No puedo tirármele así - replicó Barthes.

- No, no viejo. No así no. Mirá, es simplemente un poco de "mimo undercover". Charlan, le tomás la mano, ves si se queda. Sutil, nada de abrazarla, por lo menos inicialmente. Yo qué sé, improvisá. Pero no te vayas a la mierda boludo.

Una serie de observaciones que hacían la escena más pesada: Xara tenía novio. "Pero no está todo bien parece", había explicado Barthes. "Pero aún así no me parece che", había contestado Bentham. Y Xara estaba ahí, con él. Y el resto adentro, riendo y tomando y comiendo y charlando y riendo. Ellos eran dos externos a eso ahora, dos deportados. Y ella le apoyaba su cabeza sobre el hombro, porque estaba cansada.

Cuando Barthes besó a Xara fue lento pero intenso. Y ella lo miró a los ojos. "¿Tenías que esperar a que esté de novia para esto?". (muac!) Qué respuesta, viejo. Lo de las manos era cierto parecía, eso del lenguaje corporal. ¿De dónde sacaría (Muac!) Jim ese tipo de ideas? Pero tuvo razón en que de haberle dicho algo tan estúpido como "mirá me gustás" (muac!), hubiera... sobana tremendamente pelotudo.

Y la conversación tres días después:

- ¿So?

- Nada. Una boluda.

- Era una de las posibilidades - contestó Bentham que era más un acotador pesimista que un tipo que sabe-. Bah, tendrías que ver qué dice. Es muy reciente, vaya a saber que le está pasando por la cabeza.

- Na, ¿qué le importa? Se queda con el novio y total no pasó nada. Además no la voy a ver hasta vaya a saber cuándo, quizás hasta marzo.

- Hiciste lo que podías. Peor hubiera diso nunca decirle nada, ahora por lo menos te sacaste la duda: había onda. El tema es qué hacer con esa onda, claro...

II
... Y luego él la sacó a bailar, cosa que a ella le llamó la atención, pues no eran de salir a las pistas. La sorpresa fue que se lelvaban bastante bien, que después de tanto tiempo aún podían divertirse. Él se perdió en sus ojos un poco, mientras ella dejaba deslizar su mano entre los dedos, para dar la vuelta y volver a agarralo, para hacer una pirueta poco ensayada pero divertida, y para quedar tan cerca que no se acordaba ya de esa vista.

Entonces ella le dijo que no estaba tan mal, que no era tan malo como él decía. Y él le dijo que era más cuestión de quién acompañaba: "cuando uno lo disfruta, baila con ganas, en serio". Ella sonrió y él sonrió, y cuando arrancó otra canción ella gritó y se lo llevó del brazo más adentro de la pista. Estaban con todos y con nadie, eran parte de un todo desapercibido.

Cuando dos cuerpos están sincronizados, son uno solo, como dos partes que se reclaman y participan el uno del otro. Y swing. Y para abajo. Y vuelta nuevamente, pero no soltando sino quedando casi acostada (no me dejes caer) (no, no te dejaré caer), para volver, tomarlo desde la cintura. Nuevamente toda la vuelta para invertir las posiciones y quedar un tanto desorientados.

Ella pensó que finalmente estaban pasándola bien, que este era el primer silencio que compartían a gusto, pero esta forma de no hablarse le gustaba. Sólo era cuestión de que se dejaran ser un poco el uno al otro a su manera. Y otra vuelta, y extender los brazos para alejarse. Y al acercarse chocaron, como labios que se estrellan contra otros labios, más por culpa de él que por que ella lo quisiera. "No. Te equivocaste otra vez", le dijo ella. Se alejó observándolo, para luego huir de la pista.

III
- Es que no te puedo creer. ¿Qué se te pasa por la cabeza a vos? Ni siquiera estaba con él en serio.

- Se supone que eso me tiene que reconfortar - contestó Bataille enojado.

- Se supone que no me tenés que tirar nada, ni sólido ni líquido. Además no te comprendo, dijimos que estabamos bien como amigos. No te entiendo. Ni siquiera me dijiste alguna vez que yo te interesaba. Y por eso me hiciste pasar un papelón.

Bataille no podía mirar a los ojos a Susana. Sí, definitivamente era un pelotudo. Y en su pelotudés se había agarrado bronca, pero la había descargado no contra el culpable, sino contra la pobre Susana que con sus cosas, aún así era inocente.

- No sabía ni qué decirle a él. "Sí, mirá, mi amigo me tiene ganas y como aparecí con vos me tiró agua fría (¡¡fría!!) en la cabeza". Te juro que en este momento no te soporto, te odio, no puedo creer.

Bienvenido compa, es así: un día te volvés tan estúpido que te odian. Y claro, ¿vos viste lo que hiciste? Y Jorge rememoró cómo todo era una noche normal hasta que Susana había aparecido con él. Y Bentham se hubiera acordado de Bataille refugiado en la barra. Y Deleuze se hubiera acordado de cómo vio el cuerpo de Susana tomando una súbita ducha. Y Susana recordó su sorpresa-impotencia-vergüenza. Hubiera deseado no ser tan callada y tímida y poder decirle in situ a Bataille que era un hijo de puta.

IV
Rose Luxemburgo iba en el auto con su madre, que la llevaba hasta la estación. Rápido, pensó que no podía aplazar más la noticia y que realmente tenía que comenzar a blanquearlo. Ella, quién lo diría, una chica de veintitrés, una dama. Era insostenible, insoportable, desdichadamente condenada a confesar.

Y sabía que su madre sería un problema, mientras veía pasar los edificios de la avenida y la gente con paquetes y regalos y una sonrisa navideña. Y a Rose la carcomía la idea, no quería decirlo pero tenía que decirlo. Entonces llegaron a la estación, y el auto se detuvo:

- Má. Estoy saliendo con alguien -dijo mientras hacía ademán de abrir la puesta para bajarse.

- Ah, mirá vos. Me lo suponía.

- Tiene treinta y siete...

La madre de Rose golpeó el volante con disgusto.

- Por eso te vas todo el fin de semana.

Rose dijo "chau gracias beso" y se bajó rápido del auto. No quería volver a ver a su madre nunca más, o quizás hasta el domingo.

V
Deleuze se reía, a carcajadas tan desmedidas como la cantidad de alcohol que había tomado. Y estaba tan tan tan dado vuelta que decía que él esa noche era soltero. Al otro día era menos que probable que él le dijera algo por el estilo a su chica, en pleno almuerzo familiar. Pero en ese momento en ese sucucho lleno de gente, era así: él solo para todas.

Cuando Deleuze se subió a cantar "la rubia en el avión". Barthes lo escuchaba desafinar y se tapaba los oídos. Bentham lo alentó con toda la furia, un seubicado tenían que pedirle que se calle. Y Jorge Bataille tenía ganas de subir con el micrófono, pero de cagón nomás no fue.

No tardó demasiado el soltero Deleuze en ponerse a charlar con una morocha que bailaba al lado del parlante, Jorge Bataille se lanzó hacia la amiga mientras Bentham se aproximaba nuevamente a la barra. Y Bentham tiene la cabeza en cualquier parte, menos en la camarera esa que lo miraba. Deleuze se lo avisó a Jim.

- Mira para ver si necesitamos algo - replicó Jim.

Barthes andaba medio bajonzuelo, pero no era sólo cuestión de tiempo. Pobre, habló poco toda la noche. Deleuze le dijo a la morocha que la iba a llamar en la semana. Pero como estaba encontra de ser él el único que se iba con algo, cuando pagaron para irse, él entre risas anotó el número de teléfono de Jim en el billete, cuando le dejó la propina: "es de parte de él", señaló. A Bentham luego le cayó graciosa la explicación.

Es la última vez (en el año) que vamos a un cantobar.

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