- Bueno, hice cualquiera, exactamente lo contrario de lo que tenía que hacer. En realidad no quise
decir "saraza", como alegás vos.
Ella estaba parada en plena calle Thames. Yo la tomé del brazo y la llevé a la vereda, porque entendía y no entendía lo que ella me quería decir. Era como una especie de revés que me daba la vida sin que yo hiciera nada al respecto. Jackie no me miraba, y pensé que era un buen momento para dejar de esquivar las obviedades.
Estuvimos parados un minuto sin decir nada, pero ese minuto pareció un cuarto de hora. Por un lado quería aproximarme a ella y por otro no quería espantarla. She´s like a little kitty, if you treat her nice, you can get to know her better.
- Jackie, ¿qué pasa? - le dije-. ¿Te puse nerviosa?
- Es que no me lo esperaba, perdón, soy yo. Me agarraste con la guardia baja y yo pienso todo, no me gusta hacer tanto equilibrio sobre algo que no sé qué es. O quién es. Y vos...
Media hora antes estabamos sentados en un bar de Serrano. Cuando logré sentarme a su lado, tenderle el brazo por la cintura bastó para que ella me repeliera de una forma que para mi no tenía prescedentes.
- Creo que no - me dijo en ese momento, tajantemente.
Lo inexplicable era cómo Jackie había aceptado salir conmigo, cómo nos habíamos quedado hablando toda la noche y cómo habíamos dicho de ir a al cine la semana que viene. Encima a mi Avatar me importa tres carajos.
Entonces fue cuando le pregunté si prefería que nos fueramos. Ella no contestó, lucía incómoda, casi asustada. Ella me dijo que no hacía falta que la acompañe a avenida Córdoba. Yo, entre enojado y dolido, le dije que no le estaba dando opción. Luego transcurrieron cuatro cuadas de silencio hasta que ella se detuvo en plena calle Thames, como ya mencioné.
Pensé que yo era un pasatiempo para Jackie, pero su mirada esquiva comenzó a indicarme lo contrario.
- Hey, Jackie, soy yo. Soy inofensivo. Mirá - le dije haciendo una mueca.
No funcionó.
- ¿Qué precisás? Si querés te dejo en un taxi y me voy - dije, con verdaderos ánimos de abandonarla.
- No, está bien. Perdón - contestó con una voz adorable y temblorosa.
Finalmente sonrió y logró posar sus ojos en mí:
- Es simplemente no sé. ¿No tenés esa sensación de que somos iguales?
No le contesté. No tenía ganas de contestarle que si, que me había dado cuenta. No tenía ganas de decirle que a veces me parecía que coincidíamos demasiado, así como tampoco tenía ganas de abandonarla. Nos mirabamos de frente, cerca, como quien mira un espejo. Quizás le temíamos a esa especie de reflejo que teníamos en frente.
No sé cómo ni porqué logré tomarla de la mano. Cuando me di cuenta ya lo había hecho, y ella no se había ido ni me había rechazado tan tajantemente como antes. Pensé que mientras menos me concentrara en ella mejor iría la cuestión.
Let go the steering wheel honey. We certainly need to crash.
Recordé que una semana antes, al recibir el mensaje de Jackie Rousseau, estaba con Gilles y Roland. Nos abrazamos y cantamos la canción de Italia 90, pues ella había aceptado mi invitación al teatro.
De todas formas, tengo esa sensación de ciertos tropezones iniciales condenan a una historia feliz.
El temor al reflejo
martes, 23 de marzo de 2010
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