Nomenclaturas, casuística, estadística

miércoles, 21 de abril de 2010

[A pesar de su carácter episódico, esto podría ser leído como parte de un escrito más largo. Porta entonces una doble lectura: la primera en tanto totalidad, la segunda en tanto mero engranaje de algo mayor. It is supposed to work both ways.]

[Esto debería ser pasado a texto escénico. Los nombres originales fueron cambiados, pero eso no significa nada en absoluto.]

I
Años después pensé al respecto: de la nomenclatura quizás proceda la sistematización, esa especie de intento de poner las cosas dentro de una serie de regularidades sobre las cuales podamos diagramar curvas, tendencias y proyecciones. De la unidad menor (nomenclatura), proviene intrínsecamente la macro estructura (sistema). Las unidades menores requieren de las mayores, y viceversa.

II
Estaba parada frente a mí, lucía alterada. Tenía un papel en la mano y recitaba:

- Él toca la guitarra. Además es un asiduo lector, fanático de Sartre y todos esas cosas con las que yo no me llevo tanto. No es ni muy alto ni muy bajo, tiene ojos marrones y un sentido del humor grandioso si lo agarrás en un buen día. Se preocupa demasiado por el trabajo y le encantan las películas de Tarantino. Si no toma su café matutino estalla en berrinches. Y…

Entendí que estaba describiéndome. Aunque no sabía mucho a dónde a puntaba con eso. La última vez que habíamos hablado me había dicho que no quería saber más de mí. Y ahora se apareció de zopetón al final de mi clase y en plena calle, me listó todo eso.

- Eso es como un esquema de mí, Jackie – le dije.

Detuvo su lectura. Quise tomarle la mano pero no me dejó. Simplemente arrugó el papel y miró para abajo, en lo que era más un gesto para no verme antes de algún signo de interés por el suelo.

- No tenés idea, ¿verdad? Cuando a vos te brota una sonrisa no te importa demasiado en dónde se origina. No sabés lo que es no conocer eso que vos querés, verlo a la distancia y que simplemente te mate esa curiosidad inexplicable, esa atracción asesina que es la ignorancia mezclada con picazón.

Levantó la vista. De alguna u otra manera, ella me miraba como quien quiere quedarse pero no tiene más remedio que irse. Y es en esas circunstancias que las personas elaboran epílogos sublimes, “le grand final”, “adiós amor mío”, o como quieran llamarlo.

- Su dogma musical son los Beatles, tiene un fanatismo inexplicable por pedir en las barras destornillador, racionalista declarado y dibujito de profesión, se mueve con una torpeza que me conmueve y…

¿Sólo un problema de nomenclaturas?

- No sé quién sos – me dijo ella-. Intenté ponerte en palabras una y otra vez, pero simplemente llego a cosas que te bordean, alusiones. Como ves, un fracaso. Y acá estás vos.

- Soy Jim – contesté tan sintético como inflexible.

Hubo un lapidario segundo de silencio. Por más que estábamos en plena calle, todo era mute alrededor nuestro.

- Te hacés el e… Pues yo aún no puedo llenar tu nombre con ningún sentido más que eso que sos conmigo, esa persona que me gusta pero no logro entender. ¿Quién es Jim? ¿Es acaso ese tipo dulce que me despierta por las mañanas con café listo o aquel otro que desaparece durante dos semanas impunemente? ¿Cuánta distancia hay entre un viernes juntos y un martes a solas?

“Tres días”, pensé. Imaginé que su respuesta hubiera sido “no seas idiota”.

Quizás fuera su mente acostumbrada a los gráficos y los muestreos, pues evidentemente ella me había reducido a una casuística que no cerraba. Jamás fui bueno para la estadística, corazón, pues con esto de cruzar variables siempre se me fue la mano hasta el codo. En todo caso pensé que no era forma de elaborar una muestra, pues faltan días de la semana, salidas al cine y al teatro, domingos de visitar a sus padres y probablemente varias concurrencias juntos a cumpleaños de amigos que tengamos, de esos donde ella me lleva y yo voy y hago el ridículo. O yo la llevo a ella y se preocupa demasiado por caerle bien a la gente.

- Tengo derecho a saber de quién me he enamorado –me dijo-. Me molesta no saber quién sos, no tener más que un nombre y algunas actitudes y sentimientos inconexos. Quisiera no quererte, pero aquí me ves. Y vos seguís mirándome como si lo ignoraras. Siempre dando respuestas esquivas, siempre hablando de relativismos y vaguedades. ¿Quién sos?

Es increíble la mirada de odio que puede arrojar una mujer.

Es increíble también cómo uno termina siendo bullet proof, en muchos casos.

- No entiendo todo este reclamo – tomé la palabra como aventurándome a estrenar otra gran metida de pata-. En los últimos días me ignoraste, me maltrataste, te reíste de mí y ahora me venís con que no sabés quién soy, que me pierdo en vaguedades, me dictás una lista de cosas que se supone soy yo, en un ataque de efervescencia ciclotímica digno de una reverenda histér…

Voló un cachetazo para el recuerdo, que anestesió el lado derecho de mi cara un buen rato.

Ella lagrimeaba un tanto. Yo me tomaba la cara, que pensé que ya no la tenía. El silencio de la calle era solidario con la causa de ella.

- Me hablaste de los límites de lo racional –arrancó ella-, pero jamás me comentaste que vos mismo ibas a diagramar el trayecto de ida, esa especie de ruta de escape que mencionaste al pasar pero sobre la cual no te gusta dar demasiados detalles.

- No la explico porque es inexplicable, my love.

Cuando le dije “my love” su gesto se agravó. Ah, claro, esperen. Es que yo soy medio lento y no entiendo. Cuando ella me miraba con odio, en realidad sus ojos eran la traducción literal de un llanto que ella llevaba adentro y luchaba por contener. Jamás fui bueno para descifrar este tipo de cosas.

- Ah, por favor –dijo ella casi arrepintiéndose del cachetazo-. Te juro que sólo quiero saber quién sos, para entender un poco por qué siento lo que siento por vos. Yo te dije todo, pero de vos no tengo más que un diagrama, una especie de boceto que ahora se desdibuja cada vez que te miro.

Pasó un auto desde el que una mujer, del lado del acompañante, nos miró. “Ah, como sos mujer seguro pensás que ella tiene razón”, me dije para adentros.

Iba a comenzar mi frase llamándola “sunshine”, pero decidí que no era el momento. Mi mejilla derecha continuaba gozando de anestesia. Pensé que si debía recibir otro golpe, debía ser ahí. Así que mantuve el resto de la conversación dando más mi perfil derecho y ocultando el lado bueno de mi cara.

- Es que… ¿te molesta que mi nombre no te diga con precisión quién soy? ¿Sentís una especie de incertidumbre cuando me nombrás o cuando hablás de mí? No creo que las nomenclaturas nos rescaten, corazón…

Ese “corazón” ya se me escapó… Por primera vez en tres semanas ella escuchaba atentamente lo que yo le decía, sus mirada congelada parecía elucubrar mil artificios a raíz de lo que yo le decía.

Se decretó implícitamente un breve silencio de entre quince segundos y media hora, aproximadamente.

- Simplemente soy este tipo que ves frente a vos, Jackie. Y sí, puedo decirte con toda precisión que soy un tipo impreciso, vago, volátil, excesivamente versátil, dominado por una plasticidad exagerada que me impide anclarme.

- Te impide anclarte. Entonces no te podés anclar en mí.

Con su inteligencia más de una vez ella ha logrado volver mis propias palabras en contra mío. “jaque mate”, solía decirme. Adoro cuando hace eso y jamás se lo dije. Y en ese momento tuve la certeza de que jamás lo sabrá. Es como si declarara mis falencias, como si hiciera gala de que está por delante de mí sin ser consciente de ello, el recordatorio más bello de mi imperfección y mi incoherencia… como…

- Eso.

- ¿Qué?

- Sos la mejor forma que conozco de convivir con mis imperfecciones, la forma más amena que encuentro de vivir mis improperios, una existencia tan interesada por deshacerse en divertidos equívocos. Claro, entiendo lo que me decís, me ves un tanto… ¿inestable? Por favor, no hagamos de ese detalle de fondo un papel protagónico…

Ella elevó la vista. Seguramente no podía creer las pelotudeces que estaba escuchando. Todo esto puede destrabarse un viernes cualquiera, de lluvia, en Buenos Aires mientras los autos pasan y dos entes cualquiera se pelean sin tener del todo en claro por qué. Quizás esto ocurre a diario entre dos personas, quizás somos solo un pedazo de la estadística de “peleas al pedo”. Es todo un pantallazo en verdad, eso de las estabilidades. Era como lo que algún otro imbécil había comentado sobre los subibajas.

Aún así, claro. Lo había olvidado: esto venía a cuento de un epílogo.

- Por favor – dijo ella-. Entiendo lo que decís, pero eso no es excusa para que me no hables, eso no es excusa para que me mantengas en tu usual juego de derivaciones continuas, insinuaciones a veces bastante grotestas, delineaciones con crayones de colores con los que no me dejás pintar. Necesito que seas impreciso pero que me ayudes a darle forma a tus imprecisiones. No una forma definitiva, no quiero encerrarte, sino que lo que yo quiero…

Me sentí como un pendejo de cinco al que regañaban por neurotizar a la maestra.

- Me encantaría que me vuelvas a hablar –prosiguió ella-, pero por favor, que sea sólo cuando quieras realmente decirme quién sos, cuando sea quien seas, logres hacer pie en algún pedazo de tierra, o la luna quizás. Pero en algún lado, sea cual sea.

Se marchó. Creo que dije su nombre dos veces, pero jamás se volteó y siguió alejándose. Todo esto ocurre cuando tratan de descifrarme.

III
Sobre la estadística escuché: "es como los bikinis, muestra mucho pero oculta lo más importante". Además se me ocurrió que la casuística es simplemente una construcción argumentativa (debo consultar a Michel al respecto), pero claro, ¿qué no lo es? Y sobre las nomenclaturas pensé que erroneamente dan la sensación de que algo es fijo.

Y sea como sea, las cosas ocurren una y otra vez.

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