Pensé sobre mis dolores de cabeza, pensé sobre mis dolores en el pecho. Pensé en mi insomnio, en mis contracturas de cuello. Pensé en los temblores, pensé en lo débil que me siento por la mañana.
Quizás uno se acostumbra a esto, y los analgésicos le parecen algo normal. Normal es querer bajar todos los días, querer aminorar la marcha, dejarse caer. Sentirse siempre al filo cuando en verdad no pasa nada.
Caí en la pregunta "¿hace cuánto que no hacés algo que realmente te gusta?", para darme cuenta de que toda la sintomatología es lógica. Que, en definitiva, ya nada me apasiona. Más allá de momentos lúdicos tocando el ukelele, o escuchando música, o leyendo, lo más importante de mi vida ha llegado a ser el trabajo.
Eso, dejé que me absorba el trabajo. Entonces, de alguna forma, dejás de vivir. Recuerdo cuando otras cosas eran importantes: la música, una mujer, la facultad. Ahora pareciera que los placeres están hechos de cosas, de relaciones efímeras, toda una batería de cosas que uno hace para palear su no vida.
Todo se conecta con todo.
La degradación. Y también, otro punto de inflexión es cuando te das cuenta de que todos tus problemas son pelotudos. El color de una lámpara de lava, el sabor de una hamburguesa, que el pollo estaba pasado, que ella no te dejó su celular verdadero, que los pasajes estén caros.
Todo es una especie de tragedia ridícula, que te lleva a no dormir bien, a comer mal, a todos esos dolores que mencioné arriba. El cuerpo denuncia tu incongruencia, chango.
Let it go.
Y por favor, no te estás poniendo joven precisamente. Encontrá eso que te gusta hacer, y hacelo.
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