A ver:
Te levantás temprano, te preparás un desayuno saludable (con cereales),,, (y fruta), mientras no mirás tu programa informativo mala onda de todas las mañanas. Te organizás con tiempo, llegás relajado al trabajo, saludás a todos amablemente, sonriente, destellante. Y dormiste cinco horas.
Te ocupás de tus mails, te ocupás de aclararle cositas a la piba de marketing, visitás a la gente de sistemas para que corrijan algo que no funka desde el miércoles pasado. Atendés el teléfono cuando te llama Highlander para decirte que por favor no lo dejes morir. Todo.
Almorzás rápido, pero light. Mientras hablás con ella, le decís cosas lindas, pensás en cómo la recibirás a la noche. Te armás la nota mental: papas, pollo, cebollas de verdeo, vino blanco, crema. Ya tenés la cena resuelta.
Le decís que es linda y que se ven a la noche. Le pedís disculpas por tartar cuatenra segundos en responderle algunos mensajes. Le ponés sonrisitas.
Llaman al teléfono, y les podés decir perfectamente "la tienen adentro no atiendo un carajo" porque estás cuasi almorzando y cuasi arreglando tu cena. Te molestan por Twitter con una salaminada que se mandaron de lugar agencia X.
Todo arreglado, a las nueve estate en casa. "¿Llevo algo?", pregunta ella que es la individua más tierna del mundo en ese preciso momento. Respondés que no hará falta, que ya tenés todo listo (¡mentira!) y pero que cualquier cosa le avisás (¡otra mentira! si falta algo andá a buscarlo, aunque te salga mil millones de dólares).
Costó tremendamente no sonar mala onda en ese momento. Mala onda atribuida a la peregilada de mails que en una de esas veías que estaban cayendo en esa maldita casilla de correos electrónicos que -maldita sea-, hubieras querido que no fuera la tuya.
Y señor, usted probablemente haya sido adquisidor de dos reuniones a las que no tiene ganas de asistir. Ocurre también que complementariamente lo llama un socio laboral, que intenta comunicarle que algo se está quemando en algún lado, y no sabe qué es.
Smoke it.
A la salida, out in the streets, te cruzás con alguien que crees que es quien es que no ves hace mucho, como se Allen Jana se hubiera cruzado con Julieta Cinadi, como si Jorge Bataille se hubiera cruzado con Susan Sontag. Así, una mirada furtiva, un "¿me habrá reconocido?".
Avenida Córdoba es grande, cabe todo el mundo ahí. Papafritología pura, che.
Dos colectivos no pararon. Dos. Cosas que podrían pasarte cualquier otro día, pero que se conjugan justo cuando precisás llegar desesperadamente a tu casa para completar las compras que no hiciste antes (sobre todo las cebollas de verdeo), y más aún, escalofriantemente, arreglaste un horario demasiado temprano para que ella venga a tu casa.
"¿Qué clase de pelotudo invita a cenar a las ocho y media de la noche?", hubiera sido tu discurso en los Martin Fierro a pelotudo de la semana. Gracias gracias, dirías, no lo hubiera logrado sin mis fans.
A los tropezones, finalmente, conseguís sin problemas los ingredientes faltantes. Todo se acomoda, ¿viste, pibito melodramático? Pensaste que conseguir todo era misión imposible, como si quisieras comprar yo que sé, plutonio para el auto de volver al futuro.
Si había un buen día para ponerte a discutir con la vecina sobre los ruidos de los sábados a las cuatro de la tarde, era ese momentito antes de entrar a tu departamento, ese exacto segundo en el que ingresás la llave y...
"Mañana hablamos señora, espero gente", respondés sonriente, con cara de
Todo para que luego, al fin ingresado al recinto que llamás hogar, cuando tenés todo listo para preparar una exquisita cena, a eso de las 19.30 hora local, ella te comunique por mensaje de texto que al final no puede concurrir a cenar contigo, que se olvidó, oh, que tenía el cumpleaños del tío.
Eso.
Todo muy rico
jueves, 3 de mayo de 2012
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