Toulouse / Tu luz / Too Loose

martes, 1 de mayo de 2012

Me acuerdo que él pidió una Becks. Y yo pedí un White Russian. Recordé ese lugar: era el preferido de JB. Y de Bayton. Recuerdo que nos sentamos ahí una noche fría, fría. No pensé que fueramos a sobrevivir. Yo me había maquillado como para una cita.

Sólo nos juntábamos a escribir un poco. Pero había algo que no habíamos aclarado, evidentemente. El vino de camisa y todo. Yo mido esos códigos: si el hombre se arregla, es que hay alguna intención. Y si bien aplica a nosotras también, no tanto. Bah...

El George N Dragon (Greorgian Dragon, duh) queda en una esquina en la ciudad de Toulouse, lugar en el que yo estaba pasando el break de la facultad, visitando a mis tíos. Y por el que estaba casualmente pasando Bayton.

Era requisito del sistema que pasáramos por ese bar - su preferido, ya les dije-. Si bien a mi me gusta la cerveza, esa noche había decidido envalentonarme. Como si precisara el alcohol para perder la cabeza y animarme a eso que yo me quería animar pero no tenía la valentía de siquiera formular como correspondía.

Y él. Él estaba en cualquiera, después me enteré. Pero les juro que en ese momento no sabía.

Él me tomó la mano, me contó un poco que había conocido Gaena, que había conocido Marseille. Que tenái sentimientos encontrados hacia la ciudad, porque si bien era un cacho de historia, también el Chateau D'If (él lo pronunciaba muy cerrado: "yatódif") había servido para una sola batalla. Y le indignada que la historia fuera escrita por locos así.

Le conté sobre Salzburgo, y se indignó más aún.

Me puse nerviosa cuando le mostré en qué había estado trabajando. No sé, fue muy tonto todo. Incluso rompí una de las ojas al tratar de sacarla de la carpetita. Pensé que hubiera sido mejor traer la tablet, pero me pareció poco romántico,

Poco romántico, con Bayton. Por favor, flor de pelotuda soy.

También hay cosas que una mujer no debería permitir, como por ejemplo, que él reposara su mano en mi regazo, mientras leía atentamente junto a mi mis notas. Y sus movimientos se confundieran con una caricia, como si quisiera tocarme. Y yo cayendo como una colegiala que se sienta rarita y tiene ganas de experimentar.

Mi White Russian se había acabado cuando me di cuenta que yo me apoyaba levemente sobre su hombro, que evidentemente nadie estaba tomándose en serio esto de revisar notas. Debo decir que lo había ensayado bien, que me había enviado las canciones en mp3 a mi correo una semana antes.

Todo se había armado de forma tal que estuvieran dadas la condiciones para juntarnos a revisar música. Lo que no me dijo fue cómo le gusta hacer música a él.

II
Será que los encontré en la invernal Toulouse, pero los discos L´Absente y (Tout est calme) de Yann Tiersen me hacen adorar una jornada adentro de casa, con estufa, café y mirando al frío por la ventana. Sostengo que escucharlos en verano no es lo mismo, no tiene el mismo sabor, no los disfruto de tal forma.

Entonces hay algo de situacional, de memoria emotiva. Justo hoy agarré el libro de Merleau que conseguí de forma accidental en la feria (Lo visible y lo invisible, hasta hace poco inconseguible), y me hizo pensar en eso: la situación compleja de escuchar esos discos de Yann Tiersen en otro contexto que no es su original.

Porque Toulouse es hermosa, la caminaría sin rumbo durante una semana, tranquilamente.

La cuestión es que no me pasa con todos los discos, pero con esos dos en particular, sí. Como si requirieran su ciudad de origen. Cuando se los hice escuchar a Solange, no le parecieron nada del otro mundo. A ella le gusta no acompañarme demasiado en las cosas, siente que es demasiado comprometido.

Esa capacidad de poder vivir el invierno de Toulouse en otro lugar no me la saca nadie. Sería como un requisito del sistema: volver a pasar por ahí, como cuando era más joven. Sentarme en el George N Dragon, pedir una Becks.

III
Lo despedí en Matabiau dos días después. Nos habíamos comportado de forma extraña esos dos últimos días, casi ni nos comunicamos.

El se iba para su España. Yo me quedaba unos días más, antes de volver a la universidad. Durante esos dos días me sentí liberada, como si pasar el proceso con Jon me hubiera liberado un poco. Estaba todo bien. Habíamos estado juntos y nadie había matado a nadie, no había odios, no había líos.

Paz.

Me reconforté en esa idea. Quizás a la mañana tuve un sentimiento raro, como de extrañarlo. ¿Por qué? La verdad que no puedo explicar a Jon ni siquiera cuando se me aparece así, de forma tan efímera.

Ya cuando se había ido, caminando en dirección contraria a la estación, me di cuenta un poco por qué le gustaba esa ciudad: era sencilla. Las calles, la gente, los edificios. No era como otras ciudades, donde están refaccionando todo, donde existen los problemas de una nación. No había costa, no había grandes monumentos ni lugares reconocidos. Era sencillamente una ciudad, con su aire propio.

Esperé otros dos días para volver al George N Dragon, sola. Me pesó un poco. Me valí de un papel y un lápiz (no tenía birome) para escribir una canción. Pensé en una carta para él, pero luego lo transformé en versos, que probablemente le enviaría con dos motivos: uno, que le pusiera música. Dos, a ver si se daba cuenta que hablo de nosotros.

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