Solíamos salir a cenar los viernes

lunes, 22 de octubre de 2012

(En 2006 escribí esto. No pienso corregirlo. Besos.)


-          Recuerdo que solíamos salir a cenar todos los viernes. Nos encantaba. Teníamos nuestra listita de lugares habituales, y según el antojo, íbamos a cenar a tal o cual lado.
-          Tenés como cierta melancolía por ese tipo. Tanto lo reprochas, pero ahí está – y le señaló la cara sonrojada - , ese gesto me demuestra que todavía lo querés.
-          Obvio que lo quiero. Eso jamás lo dudo.
-          Pero sin embargo, hace media hora que lo único que haces es despotricarte contra él. ¿Es relator me dijiste, verdad?
-          Si. Se fue a cubrir alguna de esas cosas. El fútbol de las Olimpiadas, o yo que sé qué corchos…
-          Ah… Lo debo conocer entonces.
-          Si. Pero tenemos un trato…
-          Nada de nombres. Sos una completa extraña para mí, pero sin embargo siento que te conozco tanto. El cuento que me contás siempre que nos vemos es un cuento incompleto, sin personaje principal y con escenarios vagos y borroneados por un autor que no quería privar al lector de las libertades de la imaginación. En realidad, como hablamos de estas cosas. ¿Hablás con alguien más? Alguna amiga…
-          No. El tema es que con vos, al estar ya reunidos de una forma clandestina, te puedo contar todo. Y encima ni sabés quien soy. ¿Cuántos años me das?
Meditó, buscando un número. Era algo difícil, pues ninguno le satisfacía. ¿Y si le pegaba? ¿Cuál era la diferencia? Seguro, jamás lo sabría. Y era mejor así. Su mano comenzó a recorrer lentamente las piernas de ella. Esa pierna desconocida, pero en ese momento vecina, incluso habitable. Era hermosa, pero se alejaba siempre al otro día. Podía pasar una semana sin que ella se dignara a llamarlo. Y de repente, el teléfono, ese endemoniado enano buchón, chillaba porque ella lo buscaba nuevamente, con ganas de abrazar un cuerpo extraño. Entonces, él entraba en escena.
-          Hmmm….
-          Me parece que estás pensando en cualquier cosa menos en mi edad.
-          38.
-          Yo me hago la idea de que vos tenés 42.
-          No pregunté, pero ahora ya sé que pensás de mi.
Si ella tenía ojos apagados, él lograba encendérselos un poco. El brillo de su juventud volvía por unas horas. A él siempre le gusto como los ojos de ella se perdían en los suyos. Lo único que ella necesitaba era a un extraño. Pero a esa altura, ella sabía que no podía conformarse con cualquier extraño. Él era su extraño, su amor que jamás flotaría en la superficie. Era su enamorado subacuático. Tanto le había costado encontrar a éste, que era apuesto y encima buena persona. La calle estaba llena de estúpidos, eso su historia lo había demostrado a cachetadas.
-          ¿No tenés miedo de que se entere? – Preguntó él.
-          No… es como si no me importara. Bah… no es que no me importe, pero siento que nada puedo hacer y que mi marido jamás se enterará o jamás le llevará el apunte. No me malinterpretes. Si hay algo que mi marido sabe es como tratar a una mujer- él le puso un gesto de molestia, pues odia que una mujer le diga que es otro el que sabe como tratarla-. Lo único que ocurre es que quizás eso se ha perdido un poco. No sé por qué se perdió, pero sé que ahora que él no está, yo quiero estar con vos.
-          Bueno que digas eso. Aunque por tus palabras eso de “se perdió un poco” me parece un fiel intento de rescatar a tu marido de la hoguera en que lo pusiste… o al menos un intento de que la llama lo queme menos.
Ella lo miró fijamente. ¿Se daba cuenta que la mano de él estaba casi en su entrepierna? Los domingos por la mañana eran geniales para quedarse remoloneando en la cama. El no había cesado de clavarle esos ojos negros, de tal oscuridad que daban ganas de meterse adentro y averiguar que pasaba adentro. Pero siempre, esos ojos negros le significaban a ella una distancia insalvable.
Su otro brazo pasaba atrás de su cuello y salía del otro lado, para descansar en el hombro de ella. Ambas cabezas se habían posado en la almohada la noche anterior, y allí seguían. Nunca habían hablado tanto de sí mismos. Era indudable que en algún momento los dos alternativamente habían sentido el deseo de revelar su nombre, de saltar del anonimato, con documento y todo, de mostrar toda su desnudez por completo, sin esconder absolutamente nada. Pero ambos se dedicaban a recordarse su pacto.
-          Nada de nombres – dijo ella aquella vez que se conocieron, hace tres meses -. No quiero saber quien sos. No me interesa quien sos, tu identidad. Me interesa el extraño que sos. Sólo quiero pasar mi tiempo con un desconocido y que no me pregunten nada.
-          Bárbaro. Así que te importa un pito conocerme, pero te va acostarte conmigo.
-          Parece que no entendiste. No es que no me intereses, sino todo lo contrario. Pero tengo la necesidad de jugar con el anonimato, de desconocer los detalles básicos de tu persona. Llevamos hablando casi una hora y media y ni sabemos nuestros nombres.
-          ¿Y cómo te llamas?
-          No te lo voy a decir, y además te prohíbo que vos me digas tu nombre – le dijo acercando sus labios a los de él, pero sin llegar a besarlo. Era obvio que lo estaba provocando con gestos alocados.
-          Podríamos ser dos almas que sin nombre se identifiquen mutuamente.
¿Cómo había llegado a sus oídos que ella era casada con un relator de fútbol? Ella no se acuerda. En él, el recuerdo quedó tatuado en su frente. Ella terminó llorando como una condenada a la tercera vez que salieron. Ni siquiera se habían acostado, pero era cierto que se sentía como las cosas avanzaban al trote, agitadamente. Estaban en la puerta del departamento de ella. Ella quería invitarlo a subir. Él quería ser invitado a subir. ¿Era lo que debía ocurrir? Seguro. Nadie lo dudaba. Ni siquiera aquel relator de fútbol que se encontraba en Perú, para cubrir la final de Argentina – Brasil y que ya había pasado por más labios que una bombilla de mate.
-          ¿Qué dedos estarán rozando las caderas de mi mujer? – preguntó el periodista deportivo a uno de sus compañeros de trabajo.
-          Yo creo que los dos saben muy bien lo que hacen – fue la respuesta. – Y es bárbaro porque ninguno dice nada.
Si ahora ella se arrojaba, al menos por un rato, en los brazos de otro, no era su culpa.  No era de ninguno en realidad, pues así eran las cosas. Ella, vestida de novia y caminado hacia el altar, no se imaginó que necesitaría recurrir desesperadamente a otro hombre, que si apreciaba, simplemente no amaba.
-          Es mentira eso de “hasta que la muerte los separe” – dijo en tono reprochón. – A nosotros siempre nos separó River-Boca, la Libertadores y el Mundial.
-          Pero siempre volvieron a estar juntos. Yo creo que lo que intentó decirles el cura ese día es que estarían juntos como pareja hasta que la muerte los separe. Entonces, se reencontraran en otro mundo.
-          A veces decís demasiadas pavadas. No necesito que me expliques que quiso decir el cura.
En ese momento los ojos de él despegaron irremediablemente en un vuelo fugaz e irreflexivo. Estaban destinados a estrellarse de nuevo en el rostro de su amante, pero el vuelo continuaría lo más que pudiera.
-          No te ofendas.
¿A qué hora tenía que estar él en la reunión de mañana? Tendría que llamar a su secretaria temprano para que se lo recuerde. Odiaba molestarla. Sentía por esa otra mujer (su secretaria) una atracción que jamás confesó a nadie. Y era extraño, pues el siendo soltero y jamás casado, podría haber intentado algo. Pero allí estaba él, al lado de una mujer que no lo amaba, posando su mano sobre los muslos de una desdichada. ¿Y él no era desdichado? ¿No estaba parado siempre, rodeado de nadie? Las otras personas no eran para él otra cosa que puntos de vista, lejanos en la distancia, que le decían que tenía que hacer. Jamás les había podido hacer caso.
Una mano femenina se posó sobre su pecho y lo acarició. ¿Pedía perdón? ¿Era para tanto? No. Seguro que no hacía falta enojarse. Nadie en la habitación estaba enojado. El silencio inundaba el espacio, pero nada más. Él no tenía ya ganas de hablar del cura, de maridos en el extranjero, etc.
-          Amo a mi secretaria.
-          ¿Qué? ¿Amás a tu secretaria?
-          Eso dije.
-          Pero, ustedes no están saliendo. ¿O si? No me gustaría que le metas los cuernos conmigo a la mujer que amas.
-          Perdón… vos le estas metiendo los cuernos a tu marido conmigo, así que por qué no podría hacer yo lo mismo.
Ella lo miró sorprendido. Tomó aquel último comentario como una confirmación de que su amante estaba con otra. Él sabía lo que le había dado a entender a la mujer que yacía a su lado y no se preocupó por desmentir el malentendido. ¿Cómo sería amar a su secretaria, o más bien, ser amado por ella? Se sonrió sin darse cuenta.
-          No me esperaba que salieras con alguien más. ¿Hace mucho?
-          Tenemos un trato…
Los ojos de ella tuvieron que frenar ante la reserva de los ojos negros de él. Las dos oscuras esferas que le devolvían por fin la mirada, pero parecían más oscuras. Era como si aquel vuelo provocado por el recuerdo de las palabras del cura los hubiera quemado hasta volverlos carbón. Ella sintió que el levantaba la mano de su pierna. Ni se había dado cuenta, pero sintió la ausencia de aquella mano como quien siente a su verdadero amor partir.
-          Mi marido seguro debe estar con otra.
-          ¿Eso pensás?
-          Seguro. Si yo estoy con vos, ¿por qué él se va a privar de conocer a otra?
Los dos ojos oscuros se aproximaron a los de ella. Se besaron, sin siquiera ellos entender por qué. Los labios no importaban, eran los ojos lo que se besaban realmente. Esos ojos oscuros se habían acercado a esos ojos pardos. Cada globo ocular oscuro había tomado por pareja a otro globo ocular pardo. Querían danzar, un vals hubiera sido ideal. Ambos creyeron escuchar la música, pero los ojos no bailaron.
Los vidrios rotos cayeron al suelo cuando él separó su cuerpo del de ella y se sentó al borde de la cama. Ella miraba su espalda. Desde que lo había visto sin ropa la espalda de ese hombre le provocaba. Sentía ganas de tirársele encima por detrás y no dejarlo ir, prenderse a él como un animal salvaje a su presa. Pero en ese momento el animal salvaje estaba quieto, parecía domesticado. Era horrible que alguien hubiera domesticado a tan precioso animal. Lo mismo opinaba él, pero ella no tenía forma de saberlo.
-          Odio los domingos a la mañana – dijo él mientras se estiraba y un bostezo escapaba desde la garganta a la libertad.
-          Para mi están bien. Lo que si odio son los lunes a la mañana.
-          ¿Sabes cuando vuelve tu marido?
-          No… bah… mas o menos. Todo depende de cómo le vaya a la selección en los juegos.
Entonces él se volteó y sin mirarla le preguntó.
-          y… ¿Vos querés que la selección llegué lejos en los juegos olímpicos o pierda pronto?
Ella se levantó súbitamente y lo abrazó.
-          Quisiera que jueguen para siempre.
La respuesta le resultó extraña. ¿Qué tipo de persona deseaba que su amado no volviera nunca? Por más de que le gustara andar con otra gente y tener un amante, ella amaba a su marido más que a nadie.
-          En este momento – dijo casi entre lágrimas- quisiera deshacerme del amor que le tengo a mi marido. Vos me mirás como quien ha dicho una barbaridad, pero es así. Amo a mi marido, y quiero desembarazarme del amor que por él siento. No necesito amarlo de esta manera, necesito otra cosa.
-          ¿Y por qué no te divorcias?
-          No es posible. Estoy atrapada. No puedo decirle de separarnos. No quiero estar sola.
-          Estoy yo.
-          Si, pero vos estás con otra. Si pierdo a quien todavía amo nadie quedará para mí. Le temo a la soledad, pues ya no soy una purreta que puede levantarse a cualquier macho.
Hubiera querido reconfortarla, sabía qué cosas podía decirle para aliviarla, pero no lo hizo. Cualquier cosa que él le hubiera dicho hubiera sido en vano. Él sostenía que lo mejor que alguien podía hacer cuando se enfrentaba a alguien deprimido era dejarlo en paz. Ahogándose en sus penas. Una lástima que ahora le tocara a ella. La última vez que él la había intentado reconfortar se había enterado de la profesión de su marido y de los problemas que eso le acarreaba a la mujer.
-          Y vos… ¿Por qué estas conmigo si amas a otra? – Le preguntó ella.
Desde que se había enterado de lo de la secretaria, esa pregunta le hacía bochinche en la cabeza, pugnando por salir. No se había animado a preguntar, hasta ese momento en que los ojos negros ni siquiera merodeaban cerca de se figura.
-          Tenemos un pacto.
-          Yo te conté a vos. No seas así…
-          Ella no me ama. Yo lo sé. Lo peor es que ni siquiera sé a qué hombre pertenecen sus añoranzas y sentimientos. Es odioso no poder enamorarla.
Ella le tomó del brazo. Ahora se había sentado a su lado. Eran dos compañeros con tanto en común, pero no eran iguales. Eran los solitarios amantes de una ciudad que jamás les había demostrado cariño, que jamás les había preguntado como les iba en su casa o con el estudio, que a duras penas les había reconocido algún éxito laboral. La ciudad no los quería, pero tenía que soportarlos. La secretaria no lo amaba a él. A ella su marido la había engañado a los dos meses de casados. Ella había perdido un embarazo hace poco más de un año. Él logró, no sin apelar a toda clase de medios, que una ex novia suya abortara a los 19 años. Las vidas se perdían. Ellos estaban vivos, pero no vivían. Tenían la impresión de jamás haber estado realmente vivos.
-          Sos un hombre apuesto. Seguro que podes reconquistarla – le dijo ella para reconfortarlo.
-          No es solo cuestión de cómo me vea. Además, seguro que muchas mujeres, incluida ella, disiden con vos.
-          No me vas a decir como se llama, ¿no?
Los ojos negros le contestaron que no sin hacer absolutamente nada. Fue el no más silencioso del mundo.
-          Yo no te digo como se llama mi marido porque vos seguro que lo conoces. Al menos así no sabes quien es – se atajo ella, para justificar su propia negativa a revelar el dato.
¿En qué cambia eso las cosas?, pensó él. Era totalmente innecesario hacer referencia alguna a nombres. Esa habitación era la zona de veda. Nadie sabía nada de nadie, y sin embargo todos se conocían. Esa habitación era la imagen microscópica de una Buenos Aires desolada, tan viva y tan indiferente. El amor de la ciudad a sus hijos es indiferente.
Los dedos de ella jugaban en la alfombra del puso. Le encantaba rozar las yemas de los dedos contra la felpita. Era automático. Él le tomó la mano y se la besó.
-          Te voy a decir una cosa, – comenzó a decir él mientras ella le regalaba toda su atención, con un moño y el papel de regalo más bello que él había recibido en años – mas allá de que ciertamente mi vida no ha dado resultado, debo decirte que te quiero.
La afirmación no le cayó muy bien a ella. Entonces intentó frenar la declaración.
-          No me vas a callar – atacó antes él -. No te voy a decir que te amo porque no es así. Pero eso no quita que tenga sentimientos de cariño por vos, y sinceramente quisiera que estuvieras mejor con vos misma y tu marido. Es estúpido negar que me gustás, de alguna manera. No voy a negarlo. Deseo volver a verte. Si me querés sorprender entonces decirme que no me querés volver a ver, y entonces…
-          Te entiendo. Tenés razón.
Fue entonces cuando ella comenzó a mirar sus prendas. Era hora de vestirse. Los pantalones de él no pudieron esconderse durante mucho tiempo. La camisa le quedaba holgada. Se sentía más flaco que la noche anterior. Era como si hasta parte de su ser lo hubiera abandonado para irse con otra parte de ella, a algún lugar mejor. Ella se vestía, completamente ausente. De la habitación del hotel salieron dos personas huyéndole al destino. Ella volvería a su marido, para vivir el romance más insípido que alguien pueda contar. Él encontrará el lunes el mensaje de su secretaria diciéndole que se va a Nápoles con su novio, para casarse allí. Poco después llegó el telegrama de renuncia.

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