Mi tren arribó a las cinco y trece. Amo los Renfe, funcionan tan bien, tan perfectos. No como los malditos trenes franceses o alemanes.
Vi la pequeña jungla interna en el centro de Atocha, ese gran amor que tengo por ella. Hojas verdes, pajaritos, luz. Me imagino que entre esos árboles hay de todo: tucanes, serpientes, pumas, chimpancés, velociraptors. Nada que ver con la porquería de Termini.
Lo que no esperaba ver entre la jungla era a Jackie. Ella no me había visto, porque yo venía del lado contrario del que ella me esperaba, pero entre las ramas la vi. Miraba el panel, intentaba ubicar en cuál plataforma arribaría yo. Se calzó los anteojos, un amor.
Cuando me encuentro en ciertas situaciones ocurre alguna de las dos cosas, que no sé si son la misma: o mi cerebro empieza a procesar y reaccionar a una velocidad abismal, o mi cuerpo empieza a tomar decisiones con la precisión de un láser.
Me agaché un poco y me fui para el lado de la entrada de la derecha. Le envié un mensaje.
"¿Por qué no me avisaste que estarías acá?"
Tardó cinco minutos, pero cuando agarró el teléfono pude ver su cara de desconcierto. Odio que a mi me tomen por sorpresa. Yo tomo a la gente por sorpresa, no ellos a mi. Entonces Jackie comenzó a mirar, pero yo ya no estaba a la vista, ella podía mirar para cualquier lado que no me iba a encontrar.
Entonces me mandó un mensaje:
"Es que no hice a tiempo de avisarte. ¿Dónde estás?".
Jackie guardaba completa corrección gramática, incluso en los mensajes de texto: tildes, aperturas de signos de interrogación, exclamaciones, todo.
Yo guardaba completa corrección protocolar, incluso en los encuentros post relación, con los acentos en lo bueno, las interrogaciones en los por qués y las exclamaciones en los reclamos.
Entonces la llamé.
- La verdad que no entiendo esta emboscada, Jackie. Hace cinco días que no sé de vos y ahora me venís a esperar acá. Eso, o soy más idiota de lo que creo, porque en una de esas estás esperando a otro y tenés tanta mala suerte que llega en el mismo horario que yo.
- Jimmy, escuchame. No te voy a mentir, ni te voy a dar vueltas. Vine así porque no quería hacer gran escándalo ni nada. Pensé que era mejor para los dos si todo aparecía como fortuito.
- Creo que vos y yo no tenemos el mismo concepto de fortuna.
- ¿Dónde estás?
- Voy a mantener la ventaja de la invisibilidad, me parece.
- No seas ridículo por favor, ya está. Si querés me desbarataste la sorpresa pero no por eso tenés que vos hacerte el sorpresivo.
Off topic...
- Pasame el blog tuyo.
- ¿Qué?
- Eso. Quiero que me pases el blog, me interesaría leerlo. Leí el cuento y quiero saber quién es Michelle.
- Ah, bueno, cuando pueda te lo paso.
- Dale, decimelo ahora. No te cuesta nada.
- No recuerdo la url. Después te la paso.
Hubo un breve silencio, como si a ambos nos hubiera desconcertado ese breve lapso de reclamo.
- ¿Me podés decir dónde estás?
Entonces se escuchó el bocinazo de un camión que hizo temblar todo. Como se escuchó por el teléfono, Jackie supo en dónde me encontraba: del lado de afuera, a su izquierda.
Pensé en reubicarme para perderla, pero me di cuenta de que no quería.
Entonces ella salió y vi su silueta dibujarse con la luz del sol que se ponía. Me pareció hermosa. Me saludó a la distancia, unos cuatro metros. Quería mantener mi actitud de rudo, pero no pude. Una leve sonrisa se me escapaba, pues me encantaba verla y tenerla en frente y escucharla de vuelta.
Jackie lucía una sonrisa tenue, casi de lástima diría. Tenía pinta de estar estresada, de no haber descansado bien. Como si hubiera estado todo el día afuera, caminando.
- No entiendo igual por qué no me avisaste. Si querías, me hubieras enviado un mensaje de texto ayer, u hoy a la mañana.
- Sí, lo sé. Perdón, es que no sé. No quise, o no sabía si venir, medio que lo decidí a último momento.
Entendí perfectamente. No quería generar tanta expectativa. Aunque si bien conmigo tuvo éxito, ella no lucía como que le haya hecho tan bien.
Pensé en reubicarme para perderla, pero me di cuenta de que no quería.
Entonces ella salió y vi su silueta dibujarse con la luz del sol que se ponía. Me pareció hermosa. Me saludó a la distancia, unos cuatro metros. Quería mantener mi actitud de rudo, pero no pude. Una leve sonrisa se me escapaba, pues me encantaba verla y tenerla en frente y escucharla de vuelta.
Jackie lucía una sonrisa tenue, casi de lástima diría. Tenía pinta de estar estresada, de no haber descansado bien. Como si hubiera estado todo el día afuera, caminando.
- No entiendo igual por qué no me avisaste. Si querías, me hubieras enviado un mensaje de texto ayer, u hoy a la mañana.
- Sí, lo sé. Perdón, es que no sé. No quise, o no sabía si venir, medio que lo decidí a último momento.
Entendí perfectamente. No quería generar tanta expectativa. Aunque si bien conmigo tuvo éxito, ella no lucía como que le haya hecho tan bien.
Las conversaciones con Jackie Rousseau estaban signadas por la negociación: conseguir que ella me diga lo que le está pasando. Y a su vez, ella siempre quería saber qué se me cruzaba a mi por la cabeza. Eramos como una especie de test de Rorschach recíproco, intentando observar al otro, midiendo sus palabras, examinando los gestos.
Mis manos temblaban un poco. Mis ojos la observaban todo el tiempo, mi ritmo cardíaco estaba levemente acelerado a cien pulsaciones por minuto. Lo sé porque me lo tomé en ese momento.
- ¿Cómo estás?
- He tenido mejores días.
Ella trataba de que el sol lo le quite la vista, miraba un poco para abajo, respiraba profundamente porque probablemente intentara relajarse. Respiración abdominal. Inhala en cuatro tiempos. Retiene el aire cuatro tiempos. Exhala en cuatro tiempos. Repite.
¿Qué vemos en la figura? Ella ve al mercenario venido a menos. Yo veo a la princesa desarreglada. Ella ve una mancha que no se espeja, porque es todo una: un animal. Si es salvaje, significa miedo. Yo veo un paisaje que sí se espeja, como si fuera la superficie de una laguna, con árboles. La apertura del espacio.
- ¿Porque nos íbamos a ver?
- Cómo saberlo, la verdad. Definitivamente no esperaba esto.
Pasó una pareja que discutía sobre si ir a Málaga el fin de semana o no. Se detuvieron unos cuántos metros atrás, porque parecía que el tema venía tenso.
Es muy importante la fecha en la que nace uno. El signo, la época del año, todos tus futuros cumpleaños. Tus años, todas tus declaraciones juradas, tu estándar de vida, el carnet de conductor, beber legalmente. Me pregunté cuán importante sería la fecha en al que muere uno.
- ¿Dijiste que querías hablarme?
- Sí. Podemos ir a algún lado si preferís.
- No.
Era como si estuvieramos midiendo las armas de cada uno. ¿Ella sabía? ¿Yo sabía? A veces tengo la impresión de que cualquier persona que viera nuestras situaciones de afuera sabría qué hacer mucho mejor que nosotros.
Como me di cuenta que ella no pensaba acercarse, caminé yo en pos de reducir esos cuatro metros.
- Ya no sé qué hacer con vos - le dije -. ¿Viste cuando alguien te marca en la vida? Bueno, eso. Hasta nuestras peores conversaciones me hacen sentir de otra forma, como más ligero. Quién dice, hasta contento.
- Lo sé. Es un tema.
- A veces pensé que ya ni te acordabas de mi.
- ¿Cómo me voy a olvidar de vos? Sos la relación más importante que he tenido en los últimos siete años.
Entonces me acerqué más a ella y la abracé.
- Entonces deberíamos volver a hablarnos, a...
- No, Jimmy. No podemos. Ya esto fue.
Se alejó.
- Esperaste demasiado tiempo, me parece.
- Quiero que volvamos y que resolvamos todo. Creo que podemos.
- No Jimmy. Porque no me amás y yo no te amo. Y no importa, ya no podemos cambiar eso. Tenemos que olvidarnos el uno del otro. Vos estarás con otra, yo conoceré también a alguien. Pero mientras nos rebolotemos el uno al otro, aunque sea fantasmagóricamente, no podremos avanzar.
Silencio.
A lo lejos, la pareja que discutía sobre si ir a Málaga o no, sin saberlo, verían morir a Bentham.
El día que muere uno deja de ser importante el día que te morís. Porque en los días de tu vida, los previos a tu muerte, te podés preguntar sobre el tema. Pensás cómo serás de viejo, quizás te acuerdes del último día de la vida de alguien, pensarás si será así el tuyo. El día de tu muerte es, durante toda tu vida, esa tragedia que minimizás sin darte cuenta: "el día que me muera". Pero cuando te morís, el día de tu muerte pasa a ser la pura nada para vos.
Mis manos temblaban un poco. Mis ojos la observaban todo el tiempo, mi ritmo cardíaco estaba levemente acelerado a cien pulsaciones por minuto. Lo sé porque me lo tomé en ese momento.
- ¿Cómo estás?
- He tenido mejores días.
Ella trataba de que el sol lo le quite la vista, miraba un poco para abajo, respiraba profundamente porque probablemente intentara relajarse. Respiración abdominal. Inhala en cuatro tiempos. Retiene el aire cuatro tiempos. Exhala en cuatro tiempos. Repite.
¿Qué vemos en la figura? Ella ve al mercenario venido a menos. Yo veo a la princesa desarreglada. Ella ve una mancha que no se espeja, porque es todo una: un animal. Si es salvaje, significa miedo. Yo veo un paisaje que sí se espeja, como si fuera la superficie de una laguna, con árboles. La apertura del espacio.
- ¿Porque nos íbamos a ver?
- Cómo saberlo, la verdad. Definitivamente no esperaba esto.
Pasó una pareja que discutía sobre si ir a Málaga el fin de semana o no. Se detuvieron unos cuántos metros atrás, porque parecía que el tema venía tenso.
Es muy importante la fecha en la que nace uno. El signo, la época del año, todos tus futuros cumpleaños. Tus años, todas tus declaraciones juradas, tu estándar de vida, el carnet de conductor, beber legalmente. Me pregunté cuán importante sería la fecha en al que muere uno.
- ¿Dijiste que querías hablarme?
- Sí. Podemos ir a algún lado si preferís.
- No.
Era como si estuvieramos midiendo las armas de cada uno. ¿Ella sabía? ¿Yo sabía? A veces tengo la impresión de que cualquier persona que viera nuestras situaciones de afuera sabría qué hacer mucho mejor que nosotros.
Como me di cuenta que ella no pensaba acercarse, caminé yo en pos de reducir esos cuatro metros.
- Ya no sé qué hacer con vos - le dije -. ¿Viste cuando alguien te marca en la vida? Bueno, eso. Hasta nuestras peores conversaciones me hacen sentir de otra forma, como más ligero. Quién dice, hasta contento.
- Lo sé. Es un tema.
- A veces pensé que ya ni te acordabas de mi.
- ¿Cómo me voy a olvidar de vos? Sos la relación más importante que he tenido en los últimos siete años.
Entonces me acerqué más a ella y la abracé.
- Entonces deberíamos volver a hablarnos, a...
- No, Jimmy. No podemos. Ya esto fue.
Se alejó.
- Esperaste demasiado tiempo, me parece.
- Quiero que volvamos y que resolvamos todo. Creo que podemos.
- No Jimmy. Porque no me amás y yo no te amo. Y no importa, ya no podemos cambiar eso. Tenemos que olvidarnos el uno del otro. Vos estarás con otra, yo conoceré también a alguien. Pero mientras nos rebolotemos el uno al otro, aunque sea fantasmagóricamente, no podremos avanzar.
Silencio.
A lo lejos, la pareja que discutía sobre si ir a Málaga o no, sin saberlo, verían morir a Bentham.
El día que muere uno deja de ser importante el día que te morís. Porque en los días de tu vida, los previos a tu muerte, te podés preguntar sobre el tema. Pensás cómo serás de viejo, quizás te acuerdes del último día de la vida de alguien, pensarás si será así el tuyo. El día de tu muerte es, durante toda tu vida, esa tragedia que minimizás sin darte cuenta: "el día que me muera". Pero cuando te morís, el día de tu muerte pasa a ser la pura nada para vos.
2 comentarios:
No lo mates, le tengo cariño! Te voy a mandar cartas para que lo revivas como le mandaban a Conan Doyle cuando mató a Sherlock.
es q posta, me tengo q deshacer de él (?)
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