Me sentía como la mismísima mierda ese mediodía que me fui hasta Ezeiza para recibir a Antonella. La muy maldita se había ido tres semanas a recorrer Madrid, Barcelona, París y Roma, entre otras menudencias. Mientras iba para el aeropuerto pensé en lo bien que me vendrían unas vacaciones de ese estilo, aunque más al norte.
Era un domingo soleado. Ya sin Argentina en el mundial había una preocupación menos, aunque la notoria falta de sueño había hecho mermar mi capacidad intelectual y mis sentidos: creo que ya no podía multiplicar correctamente y el frío me era une sensación más bien neutra.
Cuando apareció Antonella, vi en verdad a una hippie de exportación, con sus tobilleras de colorinche y sus jeans medio rotos. Los padres de ella la abrazaron como si no la hubieran visto en años, mientras que yo a un costado me preguntaba cuán pelotudo era por mantener la promesa de irla a buscar.
- Jimmy corazón, te dejo tres semanas y mirate. Estás flaco.
Las crisis, vio.
Más allá de las clásicas preguntas y respuestas, ella me dijo que logró una visita extendida del College de France -a mi me echaron diplomáticamente-, y que se tomó dos días para el Louvre.
- Ojala yo hubiera tenido ese tiempo - dije -. Te venís conmigo, ¿no? O vine hasta acá para ver cómo te llevaban tus viejos?
Me imagino que los padres Chejov no podían dejar que su hija arribara sola. Así que por más que Antonella les dijo que yo la iba a buscar, aparecieron igual. Tardamos unos venite minutos en liberarnos de los protocolos, y mientras ella le encajó a sus padres dos valijas me dijo que la llevara a comer algo de carne argentina.
- Azí ez Ezeiza - decía yo mientras manejaba-. Vamos lento porque estoy un poco derrapado de ayer.
Azí ez Ezeiza. Y qué ganas de irme a la mierda, pero no. Aquí estoy volviendo. Por un raje creo que me banco el pánico de los aviones y todo.
- Siempre de joda. Mirá- aprovechó la parada del peaje-, te traje algo.
Rápidamente descubrí que Chevoj me había traído Quadrophenia, edición especial. Tuve que confesarle que ella era lo más grande del rock, y que sobre todo un domingo de demolición, le daba esperanzas a una pequeña alma corroida. Y me comentó de fotos de un cadalzo que me iban a interesar, luego me enteré por qué: por Damiens.
- Así que mucha jarana, eh.
- No tanto. En verdad es mala época, menos mal que estás acá.
- ¿Que pasó?
Dude en decir, pero necesitaba hablarlo. Precisaba un oído, sobre todo femenino.
- Jackie...
- Puf, con razón. Tenés aspecto de no haber dormido...
- ¿En tres días?
Le conté a Anto los hechos. La conversación me mantenía despierto para no chocar ni hacer nada estúpido en la autopista como dar vuelta en U o esas cosas. Además de que tenía que dilucidar en qué miércoles de Liniers dar la vuelta para Saavedra.
- Tiene miedo - dijo Chejov-. Quizás tu forma de decirle las cosas no fue la más feliz, tenés que entender eso. Pero sí, ella no tiene derecho a meterse con esas cosas tuyas, que encima ya fueron. Ay chiquito, tenés una cara de terror. ¿Pero tan mal se lo tomó?
- Hace una semana que oficialmente no sé nada de ella.
- Relajate.
Silencio.
- Perdón, sé que es más fácil decirlo que hacerlo. Estoy en el limbo aún. Me da lástima, Jackie es intelingentísima, pero justamente ustedes dos comparten eso, ese miedo desmedido a ciertas cosas.
Quería que llegaramos a una parrilla y ver el partido. Sólo eso.
- Pero ojo, creo que está bien que seas honesto, Jimmy. Sólo trabajá en alguna forma más suave de mandar esas noticias.
No se trata de noticias si son cosas de ayer, che.
- ¿Y vos? ¿No te pusiste romántica en París con nadie? - pregunté ya harto del tema mío.
- Mmm, mirá...
Y ella contó lo suyo.
Azí Ez Ezeiza
miércoles, 14 de julio de 2010
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