Querido Allen:
En principio, quiero decirte que espero no importunarte con este mail, que no es mi intensión molestarte ni tener ningún efecto negativo en vos...
Entiendo que no quieras saber de mi, de la misma manera que yo en su momento no quise saber de ti. Pero sinceramente, no puedo omitirte en mi vida. Sos el que mejor comprendió, aunque hayamos tenido nuestros desencuentros. ¿Y pretendés ahora que hagamos como que nunca nos conocimos? Me estoy yendo mañana al DF y no dejo de pensar en dónde andarás.
No sé quién sos, Allen Jana.
Una vez me dijiste que yo estaba en todas partes, que me veías en todas las esquinas, en todas las paradas de colectivo, en todos los bares, en todos los lunes-a-viernes, entre el living y la habitación, en la marca que dejé en tu colchón. No te lo dije en su momento, pero a mi me pasa lo mismo.
Tengo esa sensación de que intentamos escaparnos de nosotros una y otra vez, pero los accidentes de la vida siempre nos traen enfrentados. Pero ya ni me mirás. ¿Te pensás que está todo bien, que los silencios declaran que la tormenta pasó? Es una farza, Allen.
A esta altura sabés que no soy inocente. Y me enteré de que vos te declarás culpable también, que te das cuenta que esta distancia hace agua por todas partes, y no estás como para navegarla. Decís que siempre que nos juntamos los dos terminamos mal. ¿No será que siempre que volvimos a acercarnos nos redujimos a esa constante deconstrucción fanática?
No digo que olvidemos todo, pero quizás, aceptar más que las reglas del juego cambiaron, pero que entre ellas nosotros somos la permanencia.
Sé que esto te caerá como trompada. Me decís fría, que no me importa ya nada, que te he olvidado en puro estado de cenizas. Que prentendo hablarte como si pudieramos ser amigos, como si no se me escapara esa misma lágrima (porque es siempre la misma) cada vez que te veo (y vos no me ves). Yo tengo sea sensación de vos, de que ya no soy nadie, ni siquiera parte de tu historia. Te recuerdo que siempre que me preguntaste si yo realmente creía en nuestra amistad, jamás contesté.
Pero también sé que ádquiriste ese hábito de no leer los mails que te envío. Quisiera, otra vez, equivocarme...
sin firma -
Terminé de leer eso, y tuve esa urgencia evasora de... simplemente cambiar los cielos. Gallagher se dio cuenta, creo, porque se me sentó al lado, con su mirada penetrante, reclamando una respuesta. Yo me aventuré en la alucinación de mi mismo una vez más, ayudado por quien prometí dejar, debatiéndome entre los analgésicos y el peso de sus palabras. Sentir la caída libre.
(Y no hay nada como recibir tus balazos esta madrugada, nena) Soltarme y dejarme caer, es lo único en que tengo fe...