Cars

lunes, 16 de febrero de 2009

I
Sostengo que la autopista es un lugar hermoso, no por sus paisajes, vehículos obstaculizadores o el suave aroma a asfalto veraniego, sino por esa sensación de libertad que puede llegar a provocar.

Ya una lucecita al lado de los indicadores de la baliza delataba algo que no andaba bien. Luego Bella dijo que escuchaba un silvido, y que estabamos yendo quizás demasiado rápido. Desestimé la observación.

El susto vino a la altura del Unicenter, cuando el capó comenzó a escupir humo. Bella se puso un tanto nerviosa, pidió que pare el auto. Parar así nomás en la ruta, sí, claro, intentenlo. Encima justo en una curva. La visibilidad era mala. Tuve que abrir la ventanilla, asomar el cogote, ver por donde apartarme.

Bella: Jim, please, pará el auto que el motor está para el carajo -dijo con esos nervios que caracterizan sus pedidos más serios.

Logré parar el auto. No sin bocinazos, claro. Detesto que me toquen bocina.

Bella estaba asustada, seguro pensaba que el auto iba a explotar como en Brigada A. Se bajó al instante y se alejó del Gol unos diez metros, con cara de pánico. Corazón, vamos, no pasó nada. Le falta agua parece. Ahora en la estación le ponemos. Please, come back... come back...

Genial, no sólo el auto está averiado, sino que mi chica también.

(No es la primera vez que una crisis de motor se combina con una crisis femenina... debe ser mi carma).

II
9 de julio, supongan. Roland Barthes va piloteando de maravillas su Ford Ka. Se levantó a las cinco am. Son las tres de la tarde y el sol está castigándonos por todos nuestros pecados. Lo único que quería hacer Roland era darse un chapuzón en la pileta...

Entonces se paró.

El aparato en un semáforo decidió dejar sin continuidad el servicio de sus cuatro ruedas, el Ka deseaba quedarse a tomar sol. El sol ese que a Roland le quemaba la cabeza.

Roland: Necesito una pileta...

Nada. No arrancaba. Obvio, bocinazos. Roland se exasperó. Lo fácil que es exasperar a este tipo en ocasiones. Intentó con el burro de arranque, unas patadas al acelerador, unas patadas al neumático, unas patadas al capó.

Simplemente se detuvo, dejó de tirarle bronca al móvil.

Se sentó en el cordón, a disfrutar de un poco del pasto de los bulebares de la avenida más ancha del mundo, sumergido en un mar de bocinazos y un sol tirano. Total, no iba a arrancar.

Cuando llegó, el policía no entendía nada. Un Ka parado sin nadie en medio de la avenida. De qué rayos se trataba. Se acercó a Roland y le preguntó de quién era el auto.

Roland: Yo qué sé, de algún boludo que lo dejó tirado ahí...

III
En viaje, yendo para Baradero, Bataille se preparaba para reunirse con Debord, Deleuze y Bentham allí. La ruta estaba un tanto tranquila, se preparaba para salir de un pueblucho en el que había almorzado y disfrutado de una breve respiración en el parque. Luego se subió a la Combi para emprender el resto del viaje.

Fue precisamente a la salida de ese pueblito en medio de la nada que un control policial lo paró. Shit. Aún no tenía los papeles de su recién adquirida Combi, lo cual implicó un problema para con las autoridades locales. Además, las botellas de vodka atrás no sumaban. Otra cosa que tampoco convenció a los oficiales fue que vieron que antes de volver a la ruta, en el parque, Bataille había estado tomando Smirnof en un banquito, al sol.

Jorge: Es que aún no tengo hecho el traspaso de titularidad, pero la camioneta es mía. Y lo del vodka no es tan así, pues no es mío, entonces tampoco es para tanto...

El oficial procedía a confiscar la Combi, lo cual era un tremendo problema porque iba a tener que llamar a Deleuze para que lo venga a buscar a unos cientos de kilómetros.

Deleuze: ¿e? ¿Saliste sin los papeles de la Combi? Pero vos sos un boludo.

Jorge: No entiendo por qué esta gente le cree más a los papeles que a las personas. Pues es sabido que las peores mentiras las venden por escrito, no tanto de parla.

Deleuze: Boludo, vas a tener que volver encima a declarar ante el juez y pagar la multa para llevarteta de vuelta.

Comandada por un oficial policiaco provincial, la Combi se alejó a lo que Jorge imaginaba sería una comisaría venida abajo, de ladrillo a la vista, rejas oxidadas y un ventilador que hacía ruido...

Una semana después buscó los papeles del propietario, se pegó un viajecito al pueblucho, declaró ante el juez, pagó una suma de dinero desconocida hasta la fecha, y pudo regresar con el móvil.

IV
Escuche oficial, sé que parece que estoy un poco borracho, pero no no. Emmmm, no entiendo cómo no esquivé los carteles de control de alcoholemia. Puta madre, siempre me dijo Bentham que el truco es mantenerse en el centro. Soy un boludo.

Manejar y encontrarse con policías no está copado.

Esto no tiene forma de ser piloteado. Mire oficial, emmmm... No sé, yo vivo acá a tres cuadras. Emm, mire, si, venga, que digo al verdad. Prometo que tiro el auto ahí... Digo, lo estaciono como se debe y me voy a dormir. Quizás desayune antes, aunque no sé si es buena idea.

Oficial, sigame, llegamos bárbaro, damos una vueltita. Tres cuadras, esto, sí. Yo vivo sobre la calle Ugarte. Sí, es un decir, en realidad yo vivo en el mundo, como usted seguro. Aunque, ahora, me cuesta un tanto bajar, pero vea, puedo caminar hasta la puerta. y...

Poner la llave, y girar, y... Sí, no se preocupe. Está bien, le agradezco acompañarme, gracias, es que a veces uno no sabe con quién se puede encontrar a estas horas. Sí, soy un ciudadano bien, me gusta que la ley se haga cumplir. Gracias, un abrazo, que le vaya bien...

Puf, caí demolido en la cama. Por suerte el cana ya se había ido.

Main Characters

miércoles, 11 de febrero de 2009

Los personajes, como habrán dado cuenta, pueden llegar a ser:

Jorge Bataille: Del cual alguna vez se escuchó la frase "yo no tomo porro", este sujeto se ha dedicado a... netamente, vivir. Es el señor fiesta... Se lo ha visto llegar y despertar la sonrisa del público espectante, porque es sencillamente -y locamente- un sujeto entrañable.

Roland Barthes: El más serio de toda esta manga se personajes, también guarda su excelente cuota de "revoluciones programadas sistemáticamente para producir efectos contabilizables sobre factores determinados estadísticamente". El dotor.

Jim Bentham: Los límites de la racionalidad frecuentemente se vuelven cautivos de una irracionalidad terrorista, capaz de llevar a límites exasperantes la sistematización y organización de los efectos. Ahora... ¿qué ocurre cuando el la racionalidad se vuelve irracional?

Gilles Deleuze: Desestructurante de una manera poética. Puede que por momentos su personalidad se desdibuje con la de Jorge. Fugarse para él es siempre la opción. No se trata de un intelectual, se trata de un tipo que simplemente dice cosas verdaderas.

On an island

lunes, 9 de febrero de 2009

(Stuck in the mutherfucking island...).

Deleuze se había dado cuenta de que estabamos lejos. Recién ahora. Estabamos rodeados de agua, parados sobre un montón de piedras diminutas. Sacarse una ojota era imposible, porque quemaba como la puta madre la arena.

Barthes y Bentham intentaban diagramar alguna salida posible. El oleaje era era demasiado, había bandera roja. A mí me convencía la idea de acampar allí, pasar la noche medio arafue, no volver a la casa. Brasil es como mi casa, ya me tiene acostumbrado a sus improperios. No puedo enojarme con ese país, ni siquiera en el mundial.

Bataille: No hace frío. Podemos dormir bajo las estrellas.

Barthes: Callate.

Roland dibujaba en la arena, intentaba armar un mapa que nos indicara donde el agua estaba pasable. Se nos había ido el último barquito para cruzar y estabamos varados en la isla. Encima se les ocurrió que Deleuze y yo teníamos la culpa. Claro, Jim se hace el sumiso porque él ya se afanó el conito, pero, ¿y nosotros? ¿Qué no tenemos derecho a afanarnos cosas, incluso el tiempo de las vacaciones? Bueno, nos retrasamos en volver y nos perdimos el barquito, pero fue porque Deleuze estaba descompuesto.

Bentham se hacía el médico, le preguntaba a Deleuze cómo andaba, si el malestar ya no era tan carne sino más virtualidad. Una desubicación, porque el papel le correspondía a Barthes.

Jorge: Nos tiramos acá a dormir, mañana a las seis seguro aparece la lancha de vuelta, nos volvemos para el continente. Solo me preocupa que no tenemos nada de alcohol casi.

Bataille se refería a la heladerita portátil que había facilitado Bentham, en la cual solo quedaban seis cervezas de medio.

Bentham: A vos siempre te preocupa la escases.

Claro que me preocupa la escases... Imaginensé, varados lejos de un bar. ¡Eso es inaudito!

Uuu, creo que cuando pensé en eso entré a darle piñas a la arena. Ya no quemaba tanto. Deleuze vino, medio compuesto ya, y me dijo que pare, que me iba a hacer mal.

Barthes: Me desconcentrás, tarado.

Roland dibujaba.... dibujaba... Un mapa. Algo que nos indique cómo volver. Estaba oscureciendo, quizás eso lo agobiaba. Aunque, tan inofensiva es la noche, ¿para qué problematizarse por ella? A Jim se lo notaba más distendido, miraba mucho al cielo. Le gustan las estrellas, dice. Bentham el estrellado.

Bentham: Después de todo, Bataille tiene razón. Esto me suena a un excelente desperdicio.}

Barthes: No me causa gracia. Además dejamos la ventana abierta de la casa, porfa, a ver si volvemos y no tenemos más que...

Jorge: Paranoico...

Gilles: Bueno bueno, ya está. Pensemos en quedarnos en la isla esta noche. No está nada mal. Son vacaciones carajo, mañana nadie labura, estamos en un lugar hermoso. Qué mejor forma de aprovecharlo que tirandose a dormir con el mundo.}

Deleuze la pegó, creo que la frase era afortunada.

Bentham abrió una cerveza, se sentó sobre la arena. Entonces me extendió la botella. Yo le confesé:

Jorge: Chep, creo, que podemos salir por ahí - le señalé la peninsula, al lado del morro.

Bentham: shhhh, estamos para un rato más acá, ¿no?

A Jim repentinamente le gusta la idea de desorden. Es por eso que lo hice complice. Mientras, Deleuze se acostumbraba a la idea de pasar la noche allí en la isla, sin más que nuestras mochilas y algunas cervezas. Igual, cuando supe que volveríamos a tierra, a un bar, me tranquilicé yo.

Barthes: Putas lanchas del orto.

Roland se estaba resignando. La noche era linda, definitivamente una noche veraniega.

Bentham: Pero está bueno perderse. ¡¡Esto le entancaría a Guy!! Se lo voy a contar y se va a morir de envidia.

Pobre Debord en la city, y el pobre Barthes extrañaba los sentidos precisos de las cuadras y las esquinas.

Se armó la timba, comenzamos a jugar al "te doy un quí". Mmmmm, no pienso explicarles demasiado, pero imaginensé el chanco vá. Deleuze, Bentha y yo estabamos tomándonos el resto de la cerveza mientras Barthes iba deshaciéndose de su preocupación. Eran de las mejores cervezas del año.

Resolución simple:

Bentham: Hey, Roland Garrós, quedate tranqui, que ahora que veo, podemos volver por ahí. Haceme el favor, nos quedamos acá boludeando un rato que una isla no la tenemos todas las noches para nosotros. Mirá que lindo.

Tenía razón. Las olas eran hermosas, y pocas veces compartimos un espacio tan solitario de manera tan lúdica.

Salida

viernes, 6 de febrero de 2009

I
Mierda, ¿cómo llegó esa cosa naranja a nuestro living? Pensé que estaba demasiado borracho, pensé que veía cosas, o en realidad, me daba vueltas tanto todo que no quise preocuparme por un cono en medio del living. Pero ahora, mediodía de Barra Da Lagoa, encuentro que adquirimos un elemento de seguridad vial. Bataille intentaba despertarse, había dormido en el colchón del living:

Roland: Hey, che, ¿qué es esto?

Jorge abrió los ojos un poco más, sólo un poco más, levantó la cabeza, y dijo "un cono". Luego volvió a posar su cabeza en el colchón para encontrarse con el techo, que lo aturdía menos que el paisaje del living.

Roland esquivó una botella en el piso, pero se detuvo. Meditó. Mejor levantarla, porque sino alguien iba a terminar lastimado. El cono. Puta madre, seguro es el cono que dejaban cerca de la esquina. Es enorme.

Jorge: ¿Qué te preocupás? Es sólo un cono. Además, me gusta como decoración. Pega con el cartel de "Salida".

El cartel de salida era una módica adquisición de Bataille. Lo iba rotando según su parecer. A veces la "Salida" estaba al lado de la licuadora cuando iba aprontándose la noche, otras estaba en la puerta del baño, cuando el día se asomaba. A veces señalaba la salida propiamente dicha, justito antes de la juerga, y alguna mañana la había puesto en tono chistoso en la baranda del balcón. Aún así, Roland no estaba para chistes.

Desde el cuarto apareció Gilles, refregándose los ojos, bostezando, buscando tontamente la pava para hacerse unos mates. Estaba despreocupado, como si ayer no hubiera pasado nada.

Roland: ¿Vos trajiste eso?

Gilles miró al cono. Le costaba demostrar interés en algo que no fuera su yerba y dónde mierda estaba la bombilla. Cayó en que era el de la calle, el que estaba al lado de la camioneta de los panchos, frente al puesto de Bubba.

Gilles: Mmm... ¿Bentham?

Roland había concluido su breve indagación. Ahora, dónde mierda estaba Jim, que siempre era el que más temprano se levantaba, por su insomnio. Se llevó la mano a la cabeza, dijo algo, no se le entendió. Mientras iba para el balcón se llevó puesta la punta de la mesita ratona.

Roland: Puta madre.

Se alojaban en un primer piso. Abajo tenían una heladería, una callecita y en frente un negocio de regalos autóctonos, o lo que fueran. La calle, los perros que paseaban por este mediodía brasilero. El sol que pegaba leeeeendo. A Roland aún le dolían los hombros de la caminata de ayer, todo rojo estaba. Bataille dejó el cartelito de "Salida" sobre la funda de la guitarra. Eso, la guitarra no estaba. Ajá, también podía escucharse a Jim cantar:

I´m looking through you , Where did you go?
I thought I knew you, what did I know
You don't look different, but you have changed
I'm looking through you, you're not the same

II
Qué solcito. La verdad. Ya me había desayunado mi helado y todo se sentía bastante mejor, sobre todo en vista de que hoy nos iríamos para el morro, pues no había llovido, como pronosticaban.

Roland: Jimmy, querido...

Bajó Roland, estaba vivo, ahí, con una sonrisa. Me gusta tanta alegría. Se me sentó al lado, espalda contra la pared de la heladería de abajo del depto.

Roland: ¿Qué mierda hace el cono enorme ese en nuestro living, la puta madre.

Al decirlo, me di cuenta que Barthes hablaba en serio, que no estaba alegre. Me clavó los ojos como si hubiera hecho algo malo.

Jim: Paráaa, es solo un cacho de plástico, ¿ok? Lo tomé prestado, ni me acuerdo para qué. Ah, para fijarme si se podía usar como amplificador de lo que dicen las vecinas de al lado.

Roland: ¡La puta madre! Ese cono es de la policía local, tarado. Lo deben estar buscando, vaya a saber si tienen guita para reponerlo.

Jim: Stop, pará, no te preocupes. Igual hay que ver si amplifica.

Bajaron Bataille y Deleuze, aunque se detuvieron al pie de la escalera al ver que Roland y yo estabamos teniendo una charlita estúpida.

Roland: En dónde lo metemos. Ahora es un quilombo sacarlo. No podemos dejarlo así nomás. ¿Y si te vio algún vecino, qué?

Yo estaba seguro que no me había visto nadie. Pero andá a explicarle a Roland...

Gilles: Bueh, la verdad que cuando querés la haces buena eh - dijo mientras mateaba un poco-.

Jim: ¡Es sólo un cacho de plástico naranja carajo! No nos van a meter presos en Brasil por tener uno de esos en el living.

Jorge: Bajá la voz boludo, a ver si se apiolan.

III
No acordamos nada. ¿Qué sería del cono naranja? Quedó en el living. Nos fuimos al morro. Roland enculado, yo algo amargado porque se tomara las cosas tan a pecho. En la playa, Jorge clavó el cartel de salida en la arena y se fue corriendo por un chapuzón. El agua estaba helada, tardé como media hora en meterme por completo.

Roland se metió un rato, cara de culo siempre, luego se sentó y miraba, miraba. Seguro pensaba en el cono del living, mientras el swat buscaba por la heladería, revolvía el loca, tiraba mesas y sillas e insultaba a la empleada para que confesara quién tenia el maldito cono.

Jorge: Eh, no es para tanto.

Gilles: Concuerdo, pero se va a la mierda a veces...

IV
Tanto quilombo. Devolver ese cacho de plástico no era tan difícil. A las cinco de la matina siguiente me acordé, estabamos en la cantina de la praya. Me levanté un toque, estabamos todos dispersos, Roland con una piba, Gilles en el fogón cantando "Rasguña las piedras" con gente que no conocí jamás.

¿Dónde mierda estaba el cartelito? Preciso que me señalen la salida.

Al otro día Roland se dio cuenta de que había devuelto el cono a su lugar. Yo tocaba la guitarra, me tomaba otro helado. El sol estaba espléndido. Se habían despertado ya.

Roland: ¿Y el cono, Bentham?

Jim: Ahí, en la otra cuadra, donde lo encontré. Al final no probé si amplificaba. No te preocupes, seguramente las fuerzas de seguridad de Lula ya dieron por cerrado el caso: les resultó obvio que el cono se fue a pasear, como el enano de Amelie. Lástima que no les mandé fotos...

Why, tell me why, did you not treat me right?
Love has a nasty habit of disappearing overnight

Bajó Jorge rápido. Apuntó con el cartelito de "Salida" al almacen, y se fue al trote a comprar unas Skol.

Sunshine

viernes, 9 de enero de 2009

Un día la encontré deshecha. Estaba en la cama, boca abajo, llorando. Muy pocas veces la había visto así -creo que yo fui responsable de tanta lágrima alguna vez, pero no lo sé con certeza-. La labor de acercarme para ver que pasaba me resultó un tanto difícil, pues Jules no tenía muchas ganas de hablar.

- Dejame, estoy bien.

Y contesté quizás un tanto desafortunadamente:

- Dejá de mentirme que no te sale.

Se negaba a mirarme. Posaba mi mano en su espalda. Ella se movía protestando, diciéndome sin emitir palabra "andate andate". Quizás algo más sutil, quizás una caricia lo lograra, quizás pudiera colarme entre por sus brazos muy lentamente, con la mis dedos rozando casi. Sobrevolando bajito para que no nos detecte el radar. Luego quizás ir acostumbrando su piel a mi presencia.

Logré posar mi palma, aunque no sin protestas. Pero eran unas protestas falsas, se notaba que no había compromiso en esas quejas, que se trataban de una mentira de su cuerpo.

- Sunshine, hola.

Callada. Ella sabe que mis silencios son acribilladores. Y en esta oportunidad pareciera haber comprado mi misma munición.

- Un poco preocupada, hasta afligida. Seguramente triste. Si reviso un poco mi memoria, para hacer de cuenta que te conozco, veo que estallaste linda. El tema es ver qué te hizo estallar. Retuviste algo, ¿andás empaquetando duelos?

- No es nada.

Nada las pelotas. Eso lo pensé, no lo dije porque sino iba a perder otra vez. No sé de dónde saco mi paciencia a veces.

- No es nada.

Un profe mío se quejaba de que ahora decimos "y nada". Según él, ese "y nada" era una gran porquería, pues jamás puede pasar "nada". Es como decir "todo tranquilo". Tampoco sirve, pues en la vida deben ocurrir cosas. Me acuerdo que se enojaba cuando nos explicaba, o comentaba, o refunfuñaba, o fuera lo que fuera.

Otra vez: caricia, algún beso en la espalda. Simplemente acostarme a su lado. Recorrer con la mirada su contorno, que mis ojos hagan saldos en sus hombros mientras mi mano hace un firulete por su nuca, por su cabeza, por sus ideas.

- Son boludeces. Ya no sé que me pasa. De repente me encontraba llorando en el baño de la oficina. Miedo, no sé, pensé que me iba a morir, que se me paraba el corazón. No sentía el brazo.

Tenía ganas de preguntarle qué había pasado, pero mi decimocuarto sentido me dijo que callara mi bocota. Jules seguía...

- Temblaba. No podía sentarme frente a la computadora. No le daba bien a las teclas, exzcrivia todo mhal, kon herrores, loz nummeroz davan kualkier qosa.

- Tell me is there something elluding you, sunshine?

- Las cuentas, las cotizaciones, los saldos. Nunca pensé que pudiera deprimirme tanto una grilla de Excel. No puedo dejar de pensar que mañana tengo que terminar ese puto archivo.

Let go. Relax. Ahora me deja ver su cara, toda roja. Me mira como si estuviera desnuda, avergonzada de estar tan descubierta. Cómo le cuesta.

Me dispuse al trabajo de seguir escuchando, dejarla desparramarse por la cama e inundar la habitación. Escuchar mucho y hablar poco, pero elegiendo con una pericia que no me caracteriza lo que fueron mis breves acotaciones.