Blank

viernes, 15 de junio de 2012

La verdad es que recordaba poco de la noche anterior. Abrí los ojos y pensé que estaba en otro lado, en Polonia. ¿Por qué ahí? Ni idea. Desde hacía días venía con estos despertares desordenados, pero este fue el ganador.

No sabía a quién tenía al lado durmiendo. O sea, sí sabía, pero no lo conocía tanto y no me acordaba cómo había llegado a mi casa y a mi cama. Le mandé un mensajito a Olivia preguntándole qué había ocurrido anoche. No tenía esperanzas de que me conteste en verdad.

Intenté levantarme una serie de veces, pero por algún motivo las piernas no me daban. Me sentí Beatrix Kido al salir del coma. Mi cabeza gozaba de un leve dolor y sentía una sed terrible. Logré levantarme luego de una media hora de querer irme de mi propia cama.

El problema de levantarte con un extraño en tu cama es que no sabés qué hacer: si lo despertás vaya a saber cómo se pone, si pretende que le hagas el desayuno. O quizás haya suerte y desee irse cuanto antes. Me puse a preparar café mientras pensaba "la puta madre, hay que hacer para dos".

Sorpresivamente Olivia me contestó temprano, al rato nomás: "¿No era que los italianos eran más histéricos que los argentinos? Je je je je". Odio los je, pero en particular odio los je de Olivia que me parecen aún más perversos. La llamé en seguida y:

- Escuchame, ¿cómo terminé con este tipo en mi casa, en mi cama?

- Con bebida y drogas.

- ¿Drogas?

- ¿Qué te pensás que fumaste? ¿Habanitos?

- Mierda...

- Sí, mierda. Te dije que no te convenía, pero no me diste bola. Ya estabas dada vuelta. ¿Y? Si no te acordás entonces tan bueno no estuvo.

- No pelotuda, en serio.Ahora tengo al pibe torrando en mi cama, no sé si el café que hice alcanza. Y la verdad que me encantaría que se teletransportara a su cama, en su casa, y ya.

- Claro. Ahora te lo querés sacar de encima. Evidentemente algo te había gustado.

Sí sí, era cierto, pero no así. Es demasiado impactante. Encontrarse esa barba así en primerísimo primer plano al despertar juro que no era mi idea de comenzar ninguna mañana.

- ¿Lo despierto?

- Mmm, no. No. Yo que vos hago ruido, que se despierte solo. O sea, no sé, mové las sillas, hacé ruido cuando desayunes en el living. Y el tipo ya se despertará.

Bien inutil resultó. Hice ruido un rato, hasta apoyé la taza con cierta furia en el platito, pensé que lo iba a romper. Raspé las tostadas con furia.

El se despertó como a la hora, y justo cuando yo había entrado a mi habitación nuevamente para buscar un buzo más grueso. Me miró, me saludó buen día. Le respondí. Me hizo una seña con la palma sobre la cama, para que me sentara. Debí haber intuido la cosa de antes.

Me fui nuevamente para el living, sin decir nada.

Se apareció por la puerta, se me acercó y me puso el brazo por la cintura. Ese fue el momento donde rotundamente sentí que ese tipo debía irse. Le pregunté si quería café, que había. Trató de acercarme con el brazo, todavía incómodamente en mi cintura. Me alejé y le dije que no.

Insistió, y yo insistí con mi negativa. Puso cara de "esta loca de mierda". Le dije que no hacía falta que se quedara más tiempo, que ya había sido suficiente. Muy amable puedo ser.

Por suerte se fue. O sea, yo no le importaba ni tres pepinos. Tuve ganas de llamar a alguien que me quisiera en serio, de decirle que no sabía lo que me pasaba. Fue como si mi animo de desplomara así, de repente, todo por haber fumado hash y bebido unos cuantos vodkas.

Sí, claro

miércoles, 30 de mayo de 2012

"Sí claro", pensé, mientras esperaba en la puerta del Geoge & Dragon. Justo la noche no me acompañaba: viento que recorría las callecitas, nubes. El de la verdulería de al lado ya había cerrado, se estaba yendo tarde. Lo saludé, "bonne nuit", celebré con un breve movimiento de mano, izquierda, derecha.

Sí, claro, ella no estaba. Ya se me hacían veinte los minutos de espera. Sí claro, ya me veía venir la excusa. Tenía esas tremendas ganas de verla, pero sabía perfectamente que era una traidora.

Unas gotas cayeron. Las luces eran hermosas, debo admitir. Pensé en la gente caminando por la plaza central. Me acordé de por qué la ciudad me parecía hermosa. El cartel verde del George se agitaba un poco. De vez en cuando, en mi caminar de aquí para allá en esa esquina, como si eso matara la espera, miraba para adentro.

"Quiero una 1886", pensé.

Sí, claro, me imagino que en verdad no apareciste porque estabas enquilombada con los pasajes de Ryanair. O quizás estabas decidiendo si ir a verlo a él. Son sólo hipótesis, que es lo que me dejás, ya que no me decís las cosas.

Las mujeres son así: te reclaman pero a la hora de dar explicaciones, hacen agua como cualquier ser humano. Era incapaz de admitir que se iría para Marseille. Hasta yo sabía que era decisión tomada, pero ella necesitaba transitar ese tortuoso camino.

¿Saben lo adorable que son las caricias de la lluvia? Son adorables porque se sienten perfecto sobre el rostro. Además, cobran esencial belleza cuando uno se da cuenta de que con poco más estaría empapado. A merced del tiempo. Estar desamparado ante tanta belleza es la dicha, creo.

Las nubes.

Cada vez que me decía a mi mismo "sí, claro", sonaba más irónico. Era como si cualquier predicción de las excusas que arrojaría ella partieran del punto fallido de la mentira. Date cuenta, hasta las nubes me tratan mejor que vos. Merde.

Las gotitas iban dibujando circulitos en la vereda y a mi me daba un poco de lástima arruinarlos con mis pisadas deambulantes. Pensé que en definitiva yo lo hacía sin querer, como ella con mis intensiones. En definitiva nos pisamos los unos a los otros por accidente, sin poder evitarlo, a conciencia pero con cara de "qué querés que le haga".

Me daban ganas de llamarla, pero no para preguntarle por qué no había llegado, o por qué no iba a venir. Sino para decirle "ridícula, por favor, andate a buscarlo". Si total importaba tres carajos yo en la historia. Qué feo que es cuando te das cuenta que te creíste protagonista, pero apenas sos un extra.

A los cuarenta minutos de espera uno se siente un imbécil. Otra vez había caído en la trampa de ella, esa en la que lograba que yo mismo me mintiera y creyera que ella me quería, en la que me olvidaba que lo fáctico había dictaminado hace rato que no estaríamos juntos.

Lo fáctico. Que se sepa que en nuestra charla con ese personaje nefasto en ese maldito fuerte, charlaremos bastante sobre lo fáctico, para determinar, en uno de esos juicios audaces que hacemos los hombres, que todo es ficción. Sí, claro.

Pseudoplay

miércoles, 23 de mayo de 2012

[Empecé a escribir esto hace aproximadamente un año y jamás lo terminé]

Personajes:
Jorge Bataille as: El rey
Susana Sontag as: La reina
Jim Bentham as: the beggar
Jackie Rousseau as: Mrs. Sunshine
Guy Debord as: Dr. Love
Justine Frischmann as: Dra. No

I
Ingresan el Rey y la Reina al escenario, caminando rápidamente, en medio de una acalorada discusión:

La reina: No no no, no lo creo señor. ¿Que yo soy una histérica? Creo que yo no tuve la culpa, que no insinué nada que no debiera y que fui directa cuando se trató el asunto. Ahora, que vos pienses en mi de esa manera, es asunto tuyo.

El rey: Hay algo que no me creo, hay algo que aquí está patas para arriba, y es que vos no me tratás como a todo el mundo. Los llamados, los guiños, tomarme de la mano. Y no comprendo la negación, pues si nos llevamos de maravillas, me sonreías todo el tiempo. Me hacés el único culpable cuando las evidencias nos atan el uno al otro, cuando no habría siquiera litigio de no ser porque vos y yo nos hemos entrometido íntimamente sin lograr jamás encontrarnos del todo.

Silencio. La Reina mira al Rey con cara extrañada, se ha perdido en las palabras de su majestad.

La Reina: Esto es inaudito. Yo no quiero siquiera ser Reina, y menos a tu lado.

El Rey no puede ocultar su gesto de dolor, las palabras de la Reina lo han herido.

El Rey: Pues serás desheredada, desterrada. ¡Ya no más! Fui un tonto al creer en tí, fui un tonto tonto, si te sigo escuchando me hundiré más en las tinieblas. ¡Todo para enterarme que nunca me quisiste! Jamás jamás, esto es...

La Reina sale deprisa del escenario. El Rey mira cómo se va, mientras las luces se van apagando. El gesto de su majestad es de desolación, casi sollozos.

II
Un mendigo se encuentra sentado en el piso, sobre la izquierda del escenario. Un sombrero maltrecho le cubre la cara, aunque podemos ver que lleva el pelo largo y barba. Toca en la guitarra:

Don´t fear if it´s too deep
Won´t be trouble to breathe
If your heart´s an ocean, may I swim in your seas?
But there´s no such thing as heaven...

Entra por el lado derecho del escenario el Dr. Love, acompañando a Mrs. Sunshine. Van caminando hacia algún lugar, por lo que cruzan el escenario. Cuando pasan cerca del mendigo:

Mendigo: Apreciable señor, ¿tendría una moneda para un humilde artista sin suerte?

Dr. Love se detiene, mira fastidiado. Justo cuando se dispone a continuar su camino, Mrs. Sunshine busca en su bolso algunas monedas para darle al mendigo.

Dr. Love: "Un tipo sin suerte", pero hombre, usted no hace más que quedarse tirado y molestar a los transeuntes con su "música" (hace el gesto de comillas). Debería hacer algo más de su vida, pues el hombre es dueño entero de sus actos, de su libertad, de sus decisiones.

El mendigo se quita el sombrero, el cual extiende para recibir las monetas que le da Mrs. Sunshine. Ella no dice nada, simplemente su cara delata su compasión.

Mendigo (escrutando con la mirada al Dr. Love): Una vez yo creí en el "selfmade man". Siempre fui un tipo soberbio aunque pocas veces logré darme cuenta de ello. Y quizás en el momento donde me sentía más seguro de todo lo que me rodeaba, la duda acudió a mi, me demostró que la consciencia es algo relativo y volátil. Desde aquel entonces no logro ajustarme a ninguna creencia más que a la temporalidad de las cosas.

Dr. Love: Un hombre sin creencias es un hombre impuro, no se puede confiar en él porque no se sabe en qué creerá mañana, a qué le será fiel, qué fines perseguirá.

Mendigo: Lo mismo me han dicho en muchos lados, amable señor. Debe ser cierto.

Mrs. Sunshine: ¿Ha usted perdido la brújula de la vida?

Mendigo: ¿Perdido? Jajaja, diría más bien que la he arrojado adrede, pues no me servía. Apuntaba a cosas que no quería.

El Dr. Love toma a Mrs. Sunshine del brazo, para llevársela.

Mendigo: ¡Adiós, gentes bien!

Ambos salen. El mendigo continua con otra canción:

Put your boots on and
Take a ride out of his town
Get away from these streets your will used to own
Girl I think you know, you don´t need his kind of love
And that´s how she forgot about him

Las luces se apagan lentamente.

III
La Dra. No se encuentra sentada en el escritorio de su despacho. Revisa unos papeles muy concentrada. Ingresan por la derecha Dr. Love y Mrs. Sunshine. La Dra. No los recibirá sin siquiera mirarlos, mantendrá el principio del diálogo continuando su actividad de revisión de papeles.

Dra. No: Estimados, un placer recibirlos en mi oficina. ¿Hace cuánto que no nos vemos? ¿Dos semanas?

Dr. Love: Aproximadamente, Dra. No. Verá, es que tuve que salir de viaje y esta chica no se anima a caminar a solas por el vecindario.

Mrs. Sunshine se ruboriza. Ambos se sientan en dos sillas, ubicadas justo en frente al escritorio de la Dra.

Dra. No (sin despegar los ojos de los papeles que revisa): No hay problema. La gente organiza y prioriza los tiempos según la importancia que le asigne a las cosas. Pues tiempo siempre hay para todo.

Dr. Love: Fueron unas semanas de locos. Sunshine aquí no se encuentra del todo bien. Ha terminado su relación con Dimitri.

La Dra. No alza la vista, mirando directo a Mrs. Sunshine.

Dra. No: ¿A qué se debió eso?

Mrs. Sunshine no contesta. Mira para abajo.

Dr. Love: Es joven, insegura. Dice que le preocupaba que todo fuera... "perfecto". Y entonces decidió terminar con el muchacho. Pobre, está destruido. La llama pero ella se niega a atenderlo. Muy descortés de su parte. Pensé que quizás usted pudiera hacerla recapacitar, quitarle el miedo al compromiso. La vida no siempre es una aventurita de jardín de infantes.

La Dra. No se para, camina pensativa, mira hacia arriba midiendo con precisión las palabras que ha de decir. Mrs. Sunshine tiene cara de miedo, sabe que no será bueno lo que va a escuchar.

Dra. No: A ver si comprendo. Escucho quejas de centenares de personas por semana, que se quejan de que sus relaciones no son perfectas. Y usted, que parecía finalmente haber sentado cabeza, haber logrado eso mismo, la seguridad absoluta, decidió tirarlo todo por la borda.

Dr. Love regaña con la mirada a Mrs. Sunshine.

Dra. No: ¿Qué ocurrió? ¿Era todo "demasiado perfecto"? Dimitri es una persona entrañable. Cuando acudiste a mi en un primer lugar decías tener miedo de todo. Con el tiempo y mi ayuda conseguiste no sólo salir al mundo, sino enamorarte del hombre perfecto. Y...

Mrs. Sunshine (en un tímido estallido): No. Es decir, yo era feliz con él pero ahora no. Últimamente no. Y lamento todo por Dimitri, pero no puedo mentirme a mi misma y peor, a él, todo por mantener esto que ustedes quieren. No es legítimo. Me deprime, me entristece, no puedo.

Mrs. Sunshine rompe a llorar. Se tapa la cara mientras la Dra. No y el Dr. Love la observan de una forma distante.

Dra. No: Tienes ya treinta años. Y sin embargo te comportas como una ninñita de cinco. Te falta madurez.

Dr. Love: Yo creía que estaba cerca, pero veo que no. Esto me ha desilucionado mucho. Creí que mi sobrina preferida se casaría con un galán de primera, pero...

Dra. No: Quizás sea un deliz, quizás entres en razón. Quizás puedas comprender, después de esta sesión, que en definitiva lo mejor para tí es lo que ya hemos reconocido como tal.

Las luces se apagan.

IV
El Mendigo se encuentra durmiendo, sentado en el mismo lugar que la escena II. Ronca. La guitarra se encuentra acostada a su lado.

El Rey ingresa silenciosamente, casi en puntas de pie. Mira al mendigo dormir. Este repentinamente se despierta y se asusta, alejándose repentinamente del Rey.

Mendigo: ¡¡¡Ahh ahhh ahh!!! Su majestad, ¡es que me casi se me va la vida del susto!

El Rey: Perdón mi amigo, es que lo miraba ahí, descansando tan apasible. Me resultó una sorpresa, pues esperaba encontrarlo tocando la guitarra, entonando alguna balada de esas que inventa usted de a ratos.

El mendigo, más tranguilo, vuelve a su lugar.

Mendigo (retomando el aire): Me quedé dormido sin darme cuenta. Pocas veces me ocurre.

El Rey: Acudo aquí porque me siento desolado, la mismísima Reina me ha confesado que no me quiere, cuando para mi era evidente que ella me amaba.

Mendigo: Ajá, ¿y por qué se le ocurre que en esa ocasión debe acudir aquí?

El Rey: Pues me siento desorientado, temo que esto derribe mis estanterías, en las que albergo mis ideales más fundamentales. Siempre busque la simpleza en la mujer, y cuando creí haberla encontrado en la Reina, ella me demuestra que la simpleza no es tal.

Mendigo: Uno termina teniendo las cosas tan claras que en cuanto algo no cuadra deviene una crisis fundamental. En el mejor de los casos, se trata de un cambio de paradigma. En el peor de los casos, un remiendo mal hecho que acarreará una crisis peor en el futuro. A todos nos ocurren ambas cosas.

El Rey lo mira pensativo. El mendigo atina a tomar la guitarra. El Rey le toma del brazo:

El Rey: Es que realmente me sentía en la cresta de la ola, todo era perfecto. Y ella era la frutilla del postre, ella era... pero ahora todo parece una estafa. ¡La odio! ¡La odio con toda mi alma! No es justo que me rechace a mí, que soy todo lo mejor para ella.

Mendigo: Del amor al odio hay un paso nada más, claro. Por otro lado, ¿fue ella así de tajante? ¿No quiere saber nada con usted, su majestad?

El Rey niega con la cabeza. Luego se agacha junto al mendigo, posa su cara sobre su hombro y llora. El mendigo lo mira extrañado, lo palmea sin saber cómo reconfortarlo.

El Rey: Tu fuiste también un noble. Quizás no un rey, pero si un caballero. ¿Y fue a raiz de quién que te convertiste en un mendigo? Más aún, fue tu elección, fue apropósito. ¡Pensé que habías perdido la cabeza pero te juro que ahora comprendo mejor!

Mendigo: Su majestad, su situación es diferente de la mía. Jamás olvide eso. Hace mal tenerlo todo, sépalo. Y es recién cuando uno llega al fondo que entonces puede comenzar a trepar.

Luces out repentinamente.

V
Se prenden las luces repentivamente. Dr. Love está en medio de la escena.

Dr. Love: La claridad pareciera ser en ocasiones un mal. La duda, para Descartes, era el fundamento de sus certezas. Y sin embargo varios, como Nietsche, Freud o Marx, han demostrado que ni la consciencia es tierra firme.

Dr. Love: Ahora, entiendan bien: Esto puede sonar a un justificativo de la inconstancia, a una canonización de la deriva total. Más bien, todo lo contrario: se trata de una reafirmación de que uno puede efectivamente dar consigo mismo, encontrarse. Los griegos habían hecho del conocimiento de sí, del arte de uno mismo, uno de los valores sagrados de su cultura.

Dr. Love: Si todo fuera así, tan frácil como dicen algunos, nada sería posible. Ni que yo esté hablando con ustedes ni que ustedes efectivamente y por alguno de esos vericuetos de las casualidades, estén aquí escuchándome.

Luces out.

VI

Parrhesia

I
Según los griegos, la parrhesia es el "hablar fanco". O al menos es lo que cuenta Michel...

II
Después de tanto tiempo resulta que él me dijo que a le pasaba lo mismo conmigo. Resulta que cuando yo lo miraba del otro lado de la clase, aquella vez que llegó tarde y no se sentó al lado mío, pasaba lo mismo.

Y así, fuimos compañeros durante todo un cuatrimestre. Nada, eramos dos personas que se había cruzado en la librería y que luego resultamos ser compañeros de clase. Trabajamos juntos en varias ocasiones. Arreglamos una salida, la primera, y vos no viniste porque "tenías que trabajar".

Jamás te creí esa excusa.

También recuerdo cuando nos juntamos a estudiar una vez en casa. Limpié todo, no vaya a ser que no diera la imagen de hogar de una dama. Pasé toda la mañana ordenando mis múltiples placares que vos ya conociste.

Y hubo otra vez donde te crucé en Belgrano y fuimos a tomar algo al Havanna. Ahí acordamos organizar la fiesta de mi cumple, esa en la que se prendieron todos, aunque llegaron recontra tarde a mi casa. Y yo te presenté con algo de vergüenza a Nico, mi ex.

Y bueno, eso, tanto tiempo paso sin decirnos que nos gustábamos.

III
Foucault relaciona ese hablar franco (que no necesariamente es el decir veraz en sentido de una única verdad absoluta, sino que se trata más de algo honesto, abrirse sinceramente al otro, por decirlo de alguna forma) con el gobierno y con la política: el decir veraz como discurso por excelencia del primer mandatario.

IV
Creo que todo sería más fácil si sencillamente me dijeras lo que pensás, lo que sentís. O sea, si no querés salir más conmigo, decimelo. Pero eso de ni contestar, de desaparecer, ¿qué onda? ¿Tanto te cuesta hacerte cargo de las cosas?

Porque hay un hábito de vivir como incómodo cualquier expresión de no aceptación. Es más fácil contestar "no puedo, tengo la agenda ocupada hasta el 8 de octubre de 2017" antes de decir "prefiero que no". Un no que enmascara otro no.

Suena feo. Pero es así, la gente prefiere una mentira que te haga sentir un poco estúpido, pero respetado, antes que la verdad. Porque el rechazo duele, entonces si hacés una mentirita, la cosa safa.

Y así nos perdemos en el juego de las apariencias. Las cosas no quedan claras, no somos francos. Es todo una cuestión de protocolo: no está bueno decirme que te aburriste conmigo, no está bueno decirme que no tenés ganas de salir el viernes. Montemos todo en la mentira de que estás con otra persona... por favor...

V
Claro que, cuenta Foucault, ese decir veraz ha mutado a lo largo de los años y la civilización. Ese discurso que se inicia sobre sí mismo, y que funda las bases de la "buena" política, ha quedado perdido. Artificios de la retórica, vio.

Something that sounds

I
"Writing songs is a chaotic process: you don´t know exactly how it starts. It can accidentally bump into your head, without asking permission, when you are on the bus, still in bed, at the supermarket or whatever.  It involves joining parts of your everyday life, old memories, utopias and (im)posibilities. Perhaps it sounds like an A, C or F#? You keep adding layers and layers and layers, til you got ..."


II
Nos volvimos a encontrar en una fiesta, en uno de los bares cerca de Sol. Llegué tarde, como de costumbre, y él estaba allí desde hacía rato, aparentemente. Ni me acerqué a saludarlo: estaba lejos, sentado en una mesa, charlando con gente que no conocía, y con otros que conocía un poco.

Implementé inmediatamente mi White Russian, ya que quién sabe, en cualquier momento la conciencia podría atacarme y me volvería trágicamente lúcida.

Conmigo estaban Iván y Beatrix, dos amigos de hace mucho tiempo. Beatrix se la había pasado toda la noche diciendo que yo no tenía buena cara. Y se habrá pensado que era por el otro, pero nada que ver. Aunque cuando Jon se levantó al rato, y saludó de pasada, no le di ni cuarto de pelota.

No fue a propósito. Fue sencillamente algo que pasó, me salió así. Veníamos hablando de la vida con Beatrix e Iván, que me insistía en que le cuente con quién estaba saliendo. Con nadie, contestaba siempre yo. Se cansó de mis escasas respuestas, y simplemente se fue a charlar con esos desconocidos y gente que conozco poco, donde andaba Jon. Se reían mucho, hablaban de lugares recónditos del mundo. Criminales.

Recuerdo que tomé otro trago más, que quizás fuera un Cuba Libre. Y no me gustó. Luego por alguna razón me di un beso con Beatrix, y seguimos hablando como si nada. No recuerdo nada más.

Solo la música: "spending my time", de Roxette. Posta.

III
Y en algún momento del debate, Michel le dice a Noam algo así como: "a mi me parece que basás todos tus conceptos científicos en el sentido común".

IV

Compré unas donas y me fui a uno de los cuatro molinos ubicados en la circunferencia de la ciudad. Era un día soleado, pensé en morirme un buen rato al sol. No era el único, había otros habitantes que lúcidamente optaron por lo mismo que yo.

La noche anterior en el Snuffel había tocado un japonés, o chino, o koreano. Tamiro Shagakhi. Creo que ese era el nombre. Cuestión, que el tipo había traído unos bombos enormes -e nor mes-, hab[ia ejecutado algunas piezas en violín y otras en mandolina.

Yo no es que estuviera borracho, pero algo así. Todo lo que el tipo este hacía me parecía ruidosamente fantástico. Yo estaba acodado en la barra, disfrutando del delirio. En un momento una chica se me sienta al lado, le pide al danés una cerveza Kolsh. Me habré dedicado unos diez minutos a preguntarme si estaría sola.

El danés estaba a full, atendiendo a toda una parba de borrachos que seguramente entendían tanto como yo de lo que estaba haciendo el señor Tamiro. Quizás eramos todos exiliados, pensé.

De alguna forma comencé a hablarle a la muchacha de la Kolsh. Francesa. Logramos entablar un breve diálogo rebuscado en inglés, en el que ella me dijo que estaba de paso yendo para Amsterdam. Fueron de esas conversaciones donde la mujer no devuelve mucho. Yo le conté que venía de Madrid. Le importó tres pepinos.

Justo en ese momento Tamiro paró todo y cantó algo así como un aullido reverberante, crujiente, palomitas de maíz. Me dio hambre y entonces le solicité al danés que tuviera el gran gesto de prepararme un tostado loco. Y además le pedí otra Javellin.

- This one is the best - le dije a la chica de la Kolsh-.

Me contestó arrojando una mirada desagradable. Lo bueno de saber que no vas a ganar con una mujer es que te liberás ante ese fracaso de haberla perdido, te volvés como impune.

- Well, sunshine, you shure don´t talk much, do you? - dije, para apresurar la degradación.

- I tend to talk when I want to talk. And if I want to talk to that person - replicó.

- You don´t get laid much, do you? - incineré-.

- What? - dijo, habiéndome escuchado perfectamente.

Procedió a retirarte, mientras yo me tentaba un poco por dentro, sin poder evitar la sonrisa.

- I´m just making conversation, hey!

El chino/japonés/oriental seguía con otra fase de su extraordinaria música: ahora tenía un gong (por fin) y lo ejecutaba luego de recitar unos mantras (o lo que fuera que era lo que estaba recitando). Me fui al rato para los bares de la vueltita de la plaza central, ahí, en esa torre que de noche es más bonita que de día, por la iluminación.

Se trata de tres bares, uno al lado del otro: el primero tiene happy hour de las 22 a las 23. El del medio, de las 23 a las 24. Y el último, desde la medianoche a la una de la matina.

Extrañé a Tamiro un poco, pues me había acostumbrado a su extraña música surrealista. En una mesa estaban unas muchachas sentadas, tomando stout. Eran dos. Me acerqué a una y le pregunté si tenía fuego. Me ofreció y le contesté "ojala fumara, pues así me sería más fácil continuar la conversación".

Increiblemente, sonrió. Me senté con ellas.

No recuerdo demasiado más. Sé que en algún momento le dije de vernos mañana, pero no recuerdo la respuesta, ni tengo anotado el teléfono de nadie, así que...

Me desperté al otro día con un cántico en mi cabeza. Tomé inmediatamente el charnago y descubrí que era -algo raro que a mi me ocurra-, una base en C#.