Restart your heart

jueves, 29 de noviembre de 2012

I
Restart you heart here:



II
Estoy tratando de estructurar un cuento en el que Jimmy Bentham, Jonatham Bayton y Michelle Foucault terminan involucrados. Incluye algunos episodios aquí ya descritos, pero la verdad que cuesta poner todo esto en una secuencia más clara.

La secuencia en la que trabajo aún así, reconfigura la relación entre los tres. En ella Jim es un soberbio infumable, Bayton un tipo mucho más inseguro y Michelle no es lesbiana.

Pero al ir escribiéndolos nuevamente me di cuenta que casi los quiero, como si existieran.

El hecho de que esté tratando de escribir un cuento es mi excusa de no estar actualizando este blog que uds. están leyendo ahora.

III
La novia bailaba el vals con una sonrisa de oreja a oreja y los abuelos del novio no podían parar de aplaudir. Yo bailé con la novia al principio casi, luego del tío o quien fuera, para luego dedicarme a setear un micrófono del Rickenbacker que había sido modificado por un imbécil.

Terminaba el Vals, algunas canciones y tocábamos.. Y yo me encontraba con un destornillador ajustando el Toaster.

- ¿Y? - me decía Fernando, el hermano del novio -. Pudiste hacerlo andar.

- Andar anda. El tema es que no quiero que sature, y para eso tengo que alejarlo, no como lo ubicó este imbécil.

Es difícil tratar de ajustar un tornillo con un destornillador que no es, hay que tener cuidado de no dañar nada. Mi cara debía ser la de un cirujano en una intervención coronaria.

- ¿Ahora te ponés a arreglar el bajo? - me dijo ella.

La miré dos segundos, ah sos vos. Sí, mirá, sacame fotos de todo esto que estoy sufriendo mientras estos se cagan de risa.

La fotógrafa se reía. Habíamos comenzado a hablar por la tarde, durante la prueba de sonido. Era bastante contrera, decía con facilidad cosas como "te estás equivocando en la afinación", ese tipo de asuntos que para mi son sensibles.

Y en ese momento me sacó una foto y me dijo:

- No sos gran bailarín de Vals, pero con esto para mi ya sos un luthier.

- Ja. No, los luthieres son gente seria y grande.

- Parecés un tipo serio...

- Las apariencias engañan.

- Y bueno, si, estás un poco viejito.

- Ah bueno. Eso no era para que lo reafirmes, sino para que por cordialidad al menos me dijeras algo como "pero no parecés tan mayor", o no sé, esas cosas que saben decir ustedes las mujeres que son sensibles.

- ¿Yo? ¿Sensible? Soy Loiuse, olvidate. Pienso más como hombre que como mujer.

Yo venía de una semana maratónica de discusiones con Emma: si iba a dormir, si nos veíamos, si los champignones tenían malas energías, si mi cara a la mañana no era del todo alegre, si ella quería que salieramos con las amigas; en fin, como era de esperarse se había puesto un poco demandante.

Y Louse era tan jovencita... lo genial de ella era que no coincidiamos en nada, pero tampoco hacía falta. Nos quedamos hablando casi toda la noche, ni bailamos. Registré que cuando tocamos la tuve en frente a mi, que casi todo el tiempo toqué con los ojos cerrados - no sé por qué, creo que fue el hecho de tener que cantar -.

- Mirá, acá saliste lindo - me dijo -.

- Ah, mirá vos, por fin un cumplido, muchas gracias.

- De nada.

Me fue mucho más fácil abrazarla luego de eso. Restart your heart, here.

IV
Llegué a Tarragona en busca del Coliseo al lado del mar. En la época de la Antigua Roma, Cataluña había sido territorio del imperio y en esta ciudad que les cuento existía un circo, justo al lado del Mediterraneo.


Sencillamente es brillante la idea de poner un Coliseo al lado del mar. Cruzando la calle, a unos doscientos metros, se encontraban el resto de las instalaciones de este circo: una serie de ruinas y cabernas, con torres desde las que se puede ver el resto de la ciudad.

No sé por qué, pero decidí informar a Rousseau sobre mi locación, no tanto para que viniera a verme sino para que viniera a ver lo que quedaba de todo esto. Sobre todo para ella, amante de las mitologías, esto debía resultar hermoso.

Sorpresivamente me contestó a los días - ya había abandonado Tarragona y me encontraba en Barcelona, camino a Girona, para volver unos días a Marseille-, me dijo que ya conocía el lugar, que había estado últimos días de febrero.

O sea que no me había cruzado con Jackie de casualidad, pues mi visita ocurrió el dos de marzo.

"Viste la muñeca del año 1200? No puedo creer que fuera articulada, los nenes jugaban con eso".

También era sorprendente que ella supiera que yo me iba a interesar por esa muñeca, una figura de una mujer en miniatura, hecha de marfil, que podía ser movida y puesta en diversas posiciones. De la misma manera que yo sé que fue a la biblioteca de Tarraco (Tarragona en catalán) y ella sabe que fui a la disquería esa que estaba a otros doscientos metros del circo.

Porque las cosas inconexas, aunque no lo crean, aunque no parezca, se relacionan. Y como de alguna forma, por un evento accidental, algo que no tenía demasiado sentido, como puede ser una visita a un Coliseo al lado del mar resulta en el reinicio del diálogo con esa persona que aún querés.

Restart your heart here.

May happen any day

viernes, 2 de noviembre de 2012

Allen Jana corre. Corre como jamás lo hizo en su vida, sus músculos tienen la fuerza que nunca tuvieron. Él esquiva la gente que va por la vereda, alza la vista buscándola, intenta dar con ella. Sigue corriendo.

La gente por la avenida lo observa molesto. Alguno lo insulta cuando casi se lo lleva puesto. Pasaron minutos de las siete de la tarde y él corre como si no hubiera mañana.

Minutos antes, en una conversación telefónica ella le decía que se iba, que se volvía para lo de sus padres. Se iba de Buenos Aires. No se lo había dicho, según ella, para no hacer las cosas más difíciles. Entonces él intentó encontrarla a la salida del trabajo de ella. Pero no llegó, ella recién se había ido.

Así que corre.

Toda la semana la situación entre ellos dos había sido tensa, casi no se hablaron. Él estaba ofendido con ella porque le había hecho un escándalo sobre una ex - o algo así - de él. Casi un clásico "we were on a break". Ella estaba bastante deprimida, y había intentado aclarar la situación pero Allen se lo hacía difícil. Inaccesible, sordo, testarudo.

Toda la semana así, por una estupidez.

La estupidez había ocurrido hacía dos meses, en un momento donde se habían peleado los dos fieramente, cuando él le dijo que pensaba irse de vacaciones por su cuenta con Orlando. Ella no lo tomó tan bien, y la discusión derivó en -también- otra semana de no hablarse. Puntualmente ella le dijo "no me hablés nunca más".

Como quien lo toma literal, Allen salió con una chica llamada Jennifer y aunque el mundo crea que pasaron ciertas cosas, aunque la historia oficial diga que los hechos fueron intensos, no pasó nada. Pero muchas veces la verdad es más indefendible que la ficción.

Eso fue lo que originó esa, la última pelea de la que les hablo. Cuando ella se enteró del asunto, debido a un desliz de Felipe, chau. Crisis, welcome again.

Y corre. Corre y los músculos de sus piernas mañana van a arderle. Hoy ya no sienten nada. Y cree verla, su cabellera castaña, entre una multitud. Corre más entonces.

Cuando cruza la calle a velocidad de gacela paf, un auto lo atropella. Vuela unos tres metros, el auto frena repentinamente, Allen queda tendido sobre el asfalto de Avenida Santa Fe. Queda boca arriba, con los labios ensangrentados y el pantalón roto a la altura de la rodilla. Su remera está desgarrada y con sangre.

Allen escucha gritos, varias personas se acercan, él las ve sobre el fondo de un cielo celeste. Se siente raro porque no le duele nada, no se da cuenta. Una mujer pide que alguien llame a una ambulancia. Otro hombre se agacha junto a él, le habla, pero Allen no reacciona.

Entre el tumulto que se va formando al rededor de él, aparece una cara barbuda. Un tipo sereno, lo mira seriamente. Se pone también a su lado, se agacha y le levanta la cabeza, lo mira.

Allen lo observa, le pregunta qué pasa. Escupe sangre.

Él hombre mantiene su mirada clavada en los ojos de Allen. Parece casi enojado con el curso de los hechos, con ese auto parado a tres metros que tuvo que frenar repentinamente porque alguien se interpuso en su camino.

- Allen, soy Jimmy - le dice -. Allen, ¿me escuchás?

Allen le dice que sí. Intenta mover la cabeza con dificultad. Debe tener huesos rotos, debe tener hemorragias, probablemente vaya a perder el conocimiento en unos minutos, o segundos, u horas, o días.

- Allen. El terror de perder a alguien es quizás una de las formas más comunes de perder a alguien - dice el Jim, y momentos después deja que Allen repose su cabeza nuevamente en el asfalto. Se levanta, y se retira.

Allen intenta seguirlo con la vista. Lo llama, perdiendo sangre por la boca que le cae a uno de los tipos que tiene al lado.

- Jimmy, ¿qué pasó? ¿Qué es esto? ¿Dónde estoy? ¿Dónde está ella?

La lucidez

lunes, 29 de octubre de 2012

I
Oh, yeah, clever boy, you coming back home wasted, as I have to watch what's left of you bump into the living room. You are clearly drunk, you can barely talk, but you insist "everything's fine, sunshine".

I wonder where were you. I wonder how you managed to get back home. I know that you drank tequila, obviously large amounts of beer. I am sure that at some point of the night, the dj played Wonderwall and you started jumping around like a moron...

You know it hurts a little bit to call you a moron... don't you?

You walk, trying to reach the room. You can't walk straight. I look at you and I am angry. I wish I wasn't, but I am. And it's funny, I'm not mad about you being drumk. I am mad because you are drunk and, this specific time, you were supposed to come to my place.

You did. You are a man of your word.

But I didn't expect this. I expected my boyfriend to come home in good shape.

You walk towards the room, you say something like "lesht gotobed, honay". And I don't know. You are drunk, I can't kick you out. You are going to be asleep in thirty seconds. And I hope my mood swings, and I can go to sleep too. But tomorrow we are having a nice conversation, be sure of that.

Sometimes you behave like a brat, Jimmy.

II
Puede ser que lleves una vida saludable, que comas verduras, que no te guste comer demasiado embutidos ni congelados. Puede ser también que no comas tanta carne roja, que seas más de comer pescado y pollo. Tus niveles de colesterol pueden ser más que óptimos, tu metabolismo puede ser un relojito.

Puede ocurrir que desayunar frutas todos los días sea uno de tus placeres, que odies las frituras y que te encante fibras y cereales y esas cosas.

Puede ser que incluso tengas una especie de hábito por lo light y el L. Casei Defensis, que tengas una dieta rica en hierro y vitaminas, no eches de menos los azúcares.

Puede ser que hagas ejercicio casi a diario, que lleves un ritmo de vida descansado y sin stress. En una de esas sos de esas personas que lleva bien la rutina, que ha logrado acomodar los cánones de su vida al cronograma del hombre, un ser de hábito.

Y por más que hagas todo eso, sea por genética o por algún accidente histórico del que no te percataste, un día podés tener cáncer.

III
Pasaron cinco años:

Allen Jana había llegado como un meteorito a la casa de Esthershack, en plan de permanecer la noche en una fiesta en el SUM de su edificio. Cuando se encontraron en el jardín, ambos estaban en una entonación media. Esthershack charlaba con Charlie, uno de sus amigos de vaya a saber dónde.

- Hola, Hola.

Esthershack y Jana observaron la situación, un salón repleto y ellos esperando a Orlando, Bob y Oliver. Adicionalmente, había que convencer a la host de la fiesta de que permitiera el ingreso de todos gratis, ya que a último momento se le había antojado cobrar entrada.

- Bueno, ok, pero traigan bebidas - dijo la anfitriona, que en seguida miró por encima del hombro de Felipe para dar con una recién llegada amiga suya. Y justo cuando iban a ocurrir las presentaciones:

- Hola, ¿Allen? - dijo July.

El intercambio de miradas fue letal, era evidente el pedazo de historia que había resurgido en ese preciso instante. Se miraron con clara sorpresa, y el tiempo se detuvo durante unos segundos. Felipe miraba desde afuera, mientras se acercaba su amigo Charlie, quien también había percibido el congelamiento temporal.

- ¿Se conocen? - dijo Charlie, tomando a July por la cintura.

Las miradas continuaban siendo evidentes. Esos dos no sólo se conocían, sino que...

- Estás igual - continuó July -. Aunque con barba, pero igual.

Llegaron Orlando, Bob y Oliver, que contemplaron la escena y se dieron cuenta que efectivamente el tiempo había sido congelado.

July estaba casi igual, aunque bastante entrada en peso. Mientras Charloe explicaba que la había conocido justo cuando ella terminaba la carrera, Allen sonreía y trataba de no mirar demasiado fijo a su ex. Acto seguido, una ametralladora de preguntas de parte de Julieta, desde "¿En qué andás?" hasta "Supe que anduviste viajando" o "Veo que te seguís viendo con el salame de Orlando".

La troupe no duró mucho en la fiesta. Este hecho no tuvo nada que ver con el reencuentro July-Allen, sino conque tempranamente Felipe vomitó sobre el castillo inflable que la anfitriona había alquilado y entonces las cosas se pusieron tensas. Entonces fueron a Serrano.

IV
In & out of love.

O las incongruencias de la creación, porque uno toma elementos y constituye un sistema, algo que le permita avanzar.

El tiempo o es creación o no es nada.

Y sí la razón nos da los elementos para la creación con la condición de que los usemos contra ella misma, entonces:

no hay estabilidad posible, ya que los sistemas tienden continuamente a la ruptura, al desequilibrio, a autodestruirse. Qué dramático que suena, pero en verdad no debería ser así.

El problema del pensar paradigmático es que sabés que en algún momento, ese sistema de pensamiento va a perecer. O sea, es como si uno alcanzara la conciencia plena, el saber que en algún momento el caos retornará porque incluso las fórmulas que promueve, a la larga, tienden a la corrosión sistémica.

Y el otro día me desperté en pleno sueño, todo transpirado, agitado, con el corazón a unas 130 pulsaciones por minuto. Y dije:

"Fear of losing someone is perhaps the most common way of losing someone".

Aún no lo puedo conectar a un texto mayor. De momento, será Jimmy el que le diga eso a Bayton, porque vieron que Bentham tomó un cuasi rol omnisciente en todo esto.

En fin, lo que quería decir es que la lucidez no es un beneficio. Por a o por b, estoy empezando a creer que es mejor directamente no saber. La lucidez se reconoce como no infinita, espera su crisis y sabe que no puede hacer nada más que provocarla

Solíamos salir a cenar los viernes

lunes, 22 de octubre de 2012

(En 2006 escribí esto. No pienso corregirlo. Besos.)


-          Recuerdo que solíamos salir a cenar todos los viernes. Nos encantaba. Teníamos nuestra listita de lugares habituales, y según el antojo, íbamos a cenar a tal o cual lado.
-          Tenés como cierta melancolía por ese tipo. Tanto lo reprochas, pero ahí está – y le señaló la cara sonrojada - , ese gesto me demuestra que todavía lo querés.
-          Obvio que lo quiero. Eso jamás lo dudo.
-          Pero sin embargo, hace media hora que lo único que haces es despotricarte contra él. ¿Es relator me dijiste, verdad?
-          Si. Se fue a cubrir alguna de esas cosas. El fútbol de las Olimpiadas, o yo que sé qué corchos…
-          Ah… Lo debo conocer entonces.
-          Si. Pero tenemos un trato…
-          Nada de nombres. Sos una completa extraña para mí, pero sin embargo siento que te conozco tanto. El cuento que me contás siempre que nos vemos es un cuento incompleto, sin personaje principal y con escenarios vagos y borroneados por un autor que no quería privar al lector de las libertades de la imaginación. En realidad, como hablamos de estas cosas. ¿Hablás con alguien más? Alguna amiga…
-          No. El tema es que con vos, al estar ya reunidos de una forma clandestina, te puedo contar todo. Y encima ni sabés quien soy. ¿Cuántos años me das?
Meditó, buscando un número. Era algo difícil, pues ninguno le satisfacía. ¿Y si le pegaba? ¿Cuál era la diferencia? Seguro, jamás lo sabría. Y era mejor así. Su mano comenzó a recorrer lentamente las piernas de ella. Esa pierna desconocida, pero en ese momento vecina, incluso habitable. Era hermosa, pero se alejaba siempre al otro día. Podía pasar una semana sin que ella se dignara a llamarlo. Y de repente, el teléfono, ese endemoniado enano buchón, chillaba porque ella lo buscaba nuevamente, con ganas de abrazar un cuerpo extraño. Entonces, él entraba en escena.
-          Hmmm….
-          Me parece que estás pensando en cualquier cosa menos en mi edad.
-          38.
-          Yo me hago la idea de que vos tenés 42.
-          No pregunté, pero ahora ya sé que pensás de mi.
Si ella tenía ojos apagados, él lograba encendérselos un poco. El brillo de su juventud volvía por unas horas. A él siempre le gusto como los ojos de ella se perdían en los suyos. Lo único que ella necesitaba era a un extraño. Pero a esa altura, ella sabía que no podía conformarse con cualquier extraño. Él era su extraño, su amor que jamás flotaría en la superficie. Era su enamorado subacuático. Tanto le había costado encontrar a éste, que era apuesto y encima buena persona. La calle estaba llena de estúpidos, eso su historia lo había demostrado a cachetadas.
-          ¿No tenés miedo de que se entere? – Preguntó él.
-          No… es como si no me importara. Bah… no es que no me importe, pero siento que nada puedo hacer y que mi marido jamás se enterará o jamás le llevará el apunte. No me malinterpretes. Si hay algo que mi marido sabe es como tratar a una mujer- él le puso un gesto de molestia, pues odia que una mujer le diga que es otro el que sabe como tratarla-. Lo único que ocurre es que quizás eso se ha perdido un poco. No sé por qué se perdió, pero sé que ahora que él no está, yo quiero estar con vos.
-          Bueno que digas eso. Aunque por tus palabras eso de “se perdió un poco” me parece un fiel intento de rescatar a tu marido de la hoguera en que lo pusiste… o al menos un intento de que la llama lo queme menos.
Ella lo miró fijamente. ¿Se daba cuenta que la mano de él estaba casi en su entrepierna? Los domingos por la mañana eran geniales para quedarse remoloneando en la cama. El no había cesado de clavarle esos ojos negros, de tal oscuridad que daban ganas de meterse adentro y averiguar que pasaba adentro. Pero siempre, esos ojos negros le significaban a ella una distancia insalvable.
Su otro brazo pasaba atrás de su cuello y salía del otro lado, para descansar en el hombro de ella. Ambas cabezas se habían posado en la almohada la noche anterior, y allí seguían. Nunca habían hablado tanto de sí mismos. Era indudable que en algún momento los dos alternativamente habían sentido el deseo de revelar su nombre, de saltar del anonimato, con documento y todo, de mostrar toda su desnudez por completo, sin esconder absolutamente nada. Pero ambos se dedicaban a recordarse su pacto.
-          Nada de nombres – dijo ella aquella vez que se conocieron, hace tres meses -. No quiero saber quien sos. No me interesa quien sos, tu identidad. Me interesa el extraño que sos. Sólo quiero pasar mi tiempo con un desconocido y que no me pregunten nada.
-          Bárbaro. Así que te importa un pito conocerme, pero te va acostarte conmigo.
-          Parece que no entendiste. No es que no me intereses, sino todo lo contrario. Pero tengo la necesidad de jugar con el anonimato, de desconocer los detalles básicos de tu persona. Llevamos hablando casi una hora y media y ni sabemos nuestros nombres.
-          ¿Y cómo te llamas?
-          No te lo voy a decir, y además te prohíbo que vos me digas tu nombre – le dijo acercando sus labios a los de él, pero sin llegar a besarlo. Era obvio que lo estaba provocando con gestos alocados.
-          Podríamos ser dos almas que sin nombre se identifiquen mutuamente.
¿Cómo había llegado a sus oídos que ella era casada con un relator de fútbol? Ella no se acuerda. En él, el recuerdo quedó tatuado en su frente. Ella terminó llorando como una condenada a la tercera vez que salieron. Ni siquiera se habían acostado, pero era cierto que se sentía como las cosas avanzaban al trote, agitadamente. Estaban en la puerta del departamento de ella. Ella quería invitarlo a subir. Él quería ser invitado a subir. ¿Era lo que debía ocurrir? Seguro. Nadie lo dudaba. Ni siquiera aquel relator de fútbol que se encontraba en Perú, para cubrir la final de Argentina – Brasil y que ya había pasado por más labios que una bombilla de mate.
-          ¿Qué dedos estarán rozando las caderas de mi mujer? – preguntó el periodista deportivo a uno de sus compañeros de trabajo.
-          Yo creo que los dos saben muy bien lo que hacen – fue la respuesta. – Y es bárbaro porque ninguno dice nada.
Si ahora ella se arrojaba, al menos por un rato, en los brazos de otro, no era su culpa.  No era de ninguno en realidad, pues así eran las cosas. Ella, vestida de novia y caminado hacia el altar, no se imaginó que necesitaría recurrir desesperadamente a otro hombre, que si apreciaba, simplemente no amaba.
-          Es mentira eso de “hasta que la muerte los separe” – dijo en tono reprochón. – A nosotros siempre nos separó River-Boca, la Libertadores y el Mundial.
-          Pero siempre volvieron a estar juntos. Yo creo que lo que intentó decirles el cura ese día es que estarían juntos como pareja hasta que la muerte los separe. Entonces, se reencontraran en otro mundo.
-          A veces decís demasiadas pavadas. No necesito que me expliques que quiso decir el cura.
En ese momento los ojos de él despegaron irremediablemente en un vuelo fugaz e irreflexivo. Estaban destinados a estrellarse de nuevo en el rostro de su amante, pero el vuelo continuaría lo más que pudiera.
-          No te ofendas.
¿A qué hora tenía que estar él en la reunión de mañana? Tendría que llamar a su secretaria temprano para que se lo recuerde. Odiaba molestarla. Sentía por esa otra mujer (su secretaria) una atracción que jamás confesó a nadie. Y era extraño, pues el siendo soltero y jamás casado, podría haber intentado algo. Pero allí estaba él, al lado de una mujer que no lo amaba, posando su mano sobre los muslos de una desdichada. ¿Y él no era desdichado? ¿No estaba parado siempre, rodeado de nadie? Las otras personas no eran para él otra cosa que puntos de vista, lejanos en la distancia, que le decían que tenía que hacer. Jamás les había podido hacer caso.
Una mano femenina se posó sobre su pecho y lo acarició. ¿Pedía perdón? ¿Era para tanto? No. Seguro que no hacía falta enojarse. Nadie en la habitación estaba enojado. El silencio inundaba el espacio, pero nada más. Él no tenía ya ganas de hablar del cura, de maridos en el extranjero, etc.
-          Amo a mi secretaria.
-          ¿Qué? ¿Amás a tu secretaria?
-          Eso dije.
-          Pero, ustedes no están saliendo. ¿O si? No me gustaría que le metas los cuernos conmigo a la mujer que amas.
-          Perdón… vos le estas metiendo los cuernos a tu marido conmigo, así que por qué no podría hacer yo lo mismo.
Ella lo miró sorprendido. Tomó aquel último comentario como una confirmación de que su amante estaba con otra. Él sabía lo que le había dado a entender a la mujer que yacía a su lado y no se preocupó por desmentir el malentendido. ¿Cómo sería amar a su secretaria, o más bien, ser amado por ella? Se sonrió sin darse cuenta.
-          No me esperaba que salieras con alguien más. ¿Hace mucho?
-          Tenemos un trato…
Los ojos de ella tuvieron que frenar ante la reserva de los ojos negros de él. Las dos oscuras esferas que le devolvían por fin la mirada, pero parecían más oscuras. Era como si aquel vuelo provocado por el recuerdo de las palabras del cura los hubiera quemado hasta volverlos carbón. Ella sintió que el levantaba la mano de su pierna. Ni se había dado cuenta, pero sintió la ausencia de aquella mano como quien siente a su verdadero amor partir.
-          Mi marido seguro debe estar con otra.
-          ¿Eso pensás?
-          Seguro. Si yo estoy con vos, ¿por qué él se va a privar de conocer a otra?
Los dos ojos oscuros se aproximaron a los de ella. Se besaron, sin siquiera ellos entender por qué. Los labios no importaban, eran los ojos lo que se besaban realmente. Esos ojos oscuros se habían acercado a esos ojos pardos. Cada globo ocular oscuro había tomado por pareja a otro globo ocular pardo. Querían danzar, un vals hubiera sido ideal. Ambos creyeron escuchar la música, pero los ojos no bailaron.
Los vidrios rotos cayeron al suelo cuando él separó su cuerpo del de ella y se sentó al borde de la cama. Ella miraba su espalda. Desde que lo había visto sin ropa la espalda de ese hombre le provocaba. Sentía ganas de tirársele encima por detrás y no dejarlo ir, prenderse a él como un animal salvaje a su presa. Pero en ese momento el animal salvaje estaba quieto, parecía domesticado. Era horrible que alguien hubiera domesticado a tan precioso animal. Lo mismo opinaba él, pero ella no tenía forma de saberlo.
-          Odio los domingos a la mañana – dijo él mientras se estiraba y un bostezo escapaba desde la garganta a la libertad.
-          Para mi están bien. Lo que si odio son los lunes a la mañana.
-          ¿Sabes cuando vuelve tu marido?
-          No… bah… mas o menos. Todo depende de cómo le vaya a la selección en los juegos.
Entonces él se volteó y sin mirarla le preguntó.
-          y… ¿Vos querés que la selección llegué lejos en los juegos olímpicos o pierda pronto?
Ella se levantó súbitamente y lo abrazó.
-          Quisiera que jueguen para siempre.
La respuesta le resultó extraña. ¿Qué tipo de persona deseaba que su amado no volviera nunca? Por más de que le gustara andar con otra gente y tener un amante, ella amaba a su marido más que a nadie.
-          En este momento – dijo casi entre lágrimas- quisiera deshacerme del amor que le tengo a mi marido. Vos me mirás como quien ha dicho una barbaridad, pero es así. Amo a mi marido, y quiero desembarazarme del amor que por él siento. No necesito amarlo de esta manera, necesito otra cosa.
-          ¿Y por qué no te divorcias?
-          No es posible. Estoy atrapada. No puedo decirle de separarnos. No quiero estar sola.
-          Estoy yo.
-          Si, pero vos estás con otra. Si pierdo a quien todavía amo nadie quedará para mí. Le temo a la soledad, pues ya no soy una purreta que puede levantarse a cualquier macho.
Hubiera querido reconfortarla, sabía qué cosas podía decirle para aliviarla, pero no lo hizo. Cualquier cosa que él le hubiera dicho hubiera sido en vano. Él sostenía que lo mejor que alguien podía hacer cuando se enfrentaba a alguien deprimido era dejarlo en paz. Ahogándose en sus penas. Una lástima que ahora le tocara a ella. La última vez que él la había intentado reconfortar se había enterado de la profesión de su marido y de los problemas que eso le acarreaba a la mujer.
-          Y vos… ¿Por qué estas conmigo si amas a otra? – Le preguntó ella.
Desde que se había enterado de lo de la secretaria, esa pregunta le hacía bochinche en la cabeza, pugnando por salir. No se había animado a preguntar, hasta ese momento en que los ojos negros ni siquiera merodeaban cerca de se figura.
-          Tenemos un pacto.
-          Yo te conté a vos. No seas así…
-          Ella no me ama. Yo lo sé. Lo peor es que ni siquiera sé a qué hombre pertenecen sus añoranzas y sentimientos. Es odioso no poder enamorarla.
Ella le tomó del brazo. Ahora se había sentado a su lado. Eran dos compañeros con tanto en común, pero no eran iguales. Eran los solitarios amantes de una ciudad que jamás les había demostrado cariño, que jamás les había preguntado como les iba en su casa o con el estudio, que a duras penas les había reconocido algún éxito laboral. La ciudad no los quería, pero tenía que soportarlos. La secretaria no lo amaba a él. A ella su marido la había engañado a los dos meses de casados. Ella había perdido un embarazo hace poco más de un año. Él logró, no sin apelar a toda clase de medios, que una ex novia suya abortara a los 19 años. Las vidas se perdían. Ellos estaban vivos, pero no vivían. Tenían la impresión de jamás haber estado realmente vivos.
-          Sos un hombre apuesto. Seguro que podes reconquistarla – le dijo ella para reconfortarlo.
-          No es solo cuestión de cómo me vea. Además, seguro que muchas mujeres, incluida ella, disiden con vos.
-          No me vas a decir como se llama, ¿no?
Los ojos negros le contestaron que no sin hacer absolutamente nada. Fue el no más silencioso del mundo.
-          Yo no te digo como se llama mi marido porque vos seguro que lo conoces. Al menos así no sabes quien es – se atajo ella, para justificar su propia negativa a revelar el dato.
¿En qué cambia eso las cosas?, pensó él. Era totalmente innecesario hacer referencia alguna a nombres. Esa habitación era la zona de veda. Nadie sabía nada de nadie, y sin embargo todos se conocían. Esa habitación era la imagen microscópica de una Buenos Aires desolada, tan viva y tan indiferente. El amor de la ciudad a sus hijos es indiferente.
Los dedos de ella jugaban en la alfombra del puso. Le encantaba rozar las yemas de los dedos contra la felpita. Era automático. Él le tomó la mano y se la besó.
-          Te voy a decir una cosa, – comenzó a decir él mientras ella le regalaba toda su atención, con un moño y el papel de regalo más bello que él había recibido en años – mas allá de que ciertamente mi vida no ha dado resultado, debo decirte que te quiero.
La afirmación no le cayó muy bien a ella. Entonces intentó frenar la declaración.
-          No me vas a callar – atacó antes él -. No te voy a decir que te amo porque no es así. Pero eso no quita que tenga sentimientos de cariño por vos, y sinceramente quisiera que estuvieras mejor con vos misma y tu marido. Es estúpido negar que me gustás, de alguna manera. No voy a negarlo. Deseo volver a verte. Si me querés sorprender entonces decirme que no me querés volver a ver, y entonces…
-          Te entiendo. Tenés razón.
Fue entonces cuando ella comenzó a mirar sus prendas. Era hora de vestirse. Los pantalones de él no pudieron esconderse durante mucho tiempo. La camisa le quedaba holgada. Se sentía más flaco que la noche anterior. Era como si hasta parte de su ser lo hubiera abandonado para irse con otra parte de ella, a algún lugar mejor. Ella se vestía, completamente ausente. De la habitación del hotel salieron dos personas huyéndole al destino. Ella volvería a su marido, para vivir el romance más insípido que alguien pueda contar. Él encontrará el lunes el mensaje de su secretaria diciéndole que se va a Nápoles con su novio, para casarse allí. Poco después llegó el telegrama de renuncia.

Mirar desde el otro lado de la pantalla

lunes, 15 de octubre de 2012

I
The other day I bumped into this article:




No big news, I mean, you don't need to be a scientist or a psychologist to know that. Yet, things that happened:

II
Jonathan Bayton is looking at Michelle's photos and stuff. It's nite. It's a living room with dim lights.

Bentham appears, out of nowere.

- Hey! Listen, gotta tell ya, no good.

Bayton jumps scared, and insults Bentham. He doesn't even know how this character got himself into his home.

- What are you doing here?

- Just visiting. Listen, let her go - he sits on the sofa-. I mean, you are not going to get her attention over Facebook, pal. Besides, that shit is CIA crap!

- Oh, yea. Get comfortable, make yourself at home! What are you doing?

Bentham looks around, as if he was checking that they were alone.

- The method is to erase the girl, Just, erase. If not, you get in trouble!

- What do you care?

- I have done some research and I can tell you that Facebook works like shit. If you visit someone's profile too much, it makes you appear to the other person as a "suggested friend". And if you already are a friend, then you start to appear on the other person's "like suggestions".

- Na, you know crap.

- Oh, no no, I am telling you the truth, As you may know I have multiple personalities here.

Bayton stands in front of Bentham, who is just sitting there. The first one is not surprise, is just a little bit upset. The second one is way too relaxed.

- What do you want?

- Do you also visit Jackie's profile? - Bentham laughs -. You gotta live with the fact that sometimes people just go away from your life. Or at least burn, burn yourself, tell her everything. Open up, burn. Go find her and tell her everything, be stupidly honest with her, be as dramatic as you can be, as you can feel. 

Bentham laughs. He maybe under the effect of some drug.

- Listen, i think that you are the one still thinking about Jackie. And I got the feeling that you are high and trying to let her go. Just go and talk to her.

- Can't.

- Why?

- I erased all means of contact. I changed my number. All bridges are down.

- Oh, I see. And now you regret it, you don't know what to do.

- Oh, don't worry. I expected this to happen. That's why you burn stuff, so you can't go back.

Bentham looks right at Bayton. Stands up. Hold his shoulder.

- Sorry, I am just trying to help.

- No need for that. Leave, please.

- Ok, ok. I can give you one piece of advice, though. Find someone that looks a little bit like her. Go for that, it works.

III
Pensalo así: es mejor imaginarte que la otra persona está mejor, que ha seguido con sus cosas. ¿Por qué? Por que es lo que, afortunadamente, sucede a fin de cuentas.

Quizás ahora tenemos un problema que antes no teníamos, que es que fácilmente podemos averiguar cosas sobre una o un ex. Rolland suele pedirme en ocasiones que le deje ver qué publica una ex suya, que hoy está más en contacto conmigo que con él. 

I must say, this is venom, Creo que al ver cómo se puso la primera vez, decidí que esa sería la única vez.

IV
- No es tan fácil cortar los puentes, ¿no? - le dije a ella.

- Es verdad, ahora parece que tenemos aún más chances de toparnos el uno con el otro accidentalmente.

- ¿No tenés esa sensación de que hay cosas que sencillamente tienen que ocurrir, que hay gente con la que necesariamente te tenés que cruzar en un momento X? ¿No te pasa que en verdad deseás algo con tanta fuerza, que cuando ocurre te sentís como si hubieras ejecutado magia?

Me miró sorprendida de que yo hablara de semejante acto de brujería. Yo, un racionalista en rehabilitación, estaba evidentemente teniendo un ataque de... iba a decir de lucidez, pero no creo que sea el caso.

Sonrió.

Yo sonreí otro poco.

- Perdón, suena idiota, lo sé.

- Ahora que lo pienso, me ocurre lo siguiente: pasamos un tiempo sin saber nada el uno del otro, y justo cuando por alguna cosa, me acuerdo de vos, aparecés.

En verdad quizo decir que pasa un período de tiempo en el que se olvida de mi, logra hacer de cuenta que no existo, y por motivo x algún detalle le recuerda a mi. Y entonces ella o yo, sin saberlo, cometemos un acto que nos lleva al contacto.

- Me siento un poco subversivo al haberte hablado y propuesto vernos acá.

El pequeño acto subversivo, ese pequeño primer paso tan difícil de tomar.

- Pensé en hablarte yo, pero creí que me ibas a morder, más o menos. Tuvimos momentos donde no nos tratamos tan bien.

- Soy más amable ahora.

- Es cierto eso. Pero no sé que hacemos. O no sé por qué estamos acá. Sabés perfectamente que no podemos ser amigos.

Siempre lo supe. Pero ella... Fue la primera vez que lo admitió. No, claro, no podemos. Si lo habrá dicho, si lo habrá intentado, si me habrá hablado como amiga. Fracaso. Se necesitan dos. Para todo, se necesitan dos.

- Te sigo aunque no tengas Twitter...