
I
Hacia 1531 la ciudad era un punto estratégico militar, y tal como casi lo demuestra Carlos V al intentar sitiarla, se encontraba indefensa. Fue entonces cuando Francisco I, ordenó la construcción del Chateau D'If en la isla. A su vez, las murallas en la costa del Fuerte de San Nicolás completaban la estrategia defensiva.
"La vecina inoportuna", le decían los marselleses, pues era símbolo de un poder central que los incomodaba. A partir de ese entonces, el puerto era una boca de lobo: entre el satélite de If y aquel fuerte, que dominaban la costa francesa.
II
Las piedras le chisporroteaban bajo los pies, mientras el sol le había desear que hubiera dejado su sweater en el hotel. Recién allí entendió los horarios de la lancha: tenía una hora para recorrer todo el Chateau, sino debería esperar otra hora más.
El australiano le había dicho que era hermoso. A ella sólo le interesaba por la fábula de El Conde de Montecristo. Además, le encantaba escuchar a la guía turística hablar en francés, no entenderla, estar tan afuera de todo.
La voz imaginaria de Bentham le recitaba:
- Sabés que cuando le ganaron a Carlos V, a este castillo lo tiraron al tacho. Bah, no al tacho, pero lo convirtieron en una prisión. O sea que sólo sirvió para defender esa vez.
- Como tu historia sobre Salsburgo.
- Algo así. Te das cuenta de que arquitectónicamente, no es para lo que terminó siendo.
Ella caminaba por el interior del castillo, por el pulmón central. Miraba las placas arriba de las entradas de las celdas. Los nombres de los reclusos, una de las recámaras incluso tenía algo parecido a una parrilla.
- Esto no puede tener un pulmón central sin tener una torre central. Es Foucault básico. Lo que pasa es que una fortaleza no es una prisión. Mi bisabuelo decía que el poder debía ser inverificable, omnisciente.
- ¿Sabías que acá tuvieron un rinoceronte no sé cuánto tiempo? - dijo ella hablándole a un imaginario Bentham.
- Me enteré. ¿Es fábula?
- Como nosotros.
- Se murió ahogado cuando trataban de llevarlo a España.
- No melón, al revés. Iba para Roma. Era un regalo para el Papa.
III
Pasé toda la tarde mirando en 360 grados la ciudad. Un punto de vista privilegiado, como el Chateau. Pero esto es otra cosa. Y allí a lo lejos ella debe estar discutiendo con él.
Y yo acá, tocando, pasan mis compañeras de cuarto, sonríen. ¿Está mal? Hoy a la noche salimos, no se preocupen. Pero me molesta un poco que estén hablando ahí, mientras yo toco canciones pasadas de moda en lo alto de la montaña, mirando toda la ciudad, entera, completa, íntegra.
Me acomodé en la piedra un poco, y toqué Mrs. Robinson. Un señor se detuvo a mi lado, mirando el panorama. Al costado izquierdo, el Chateau.
- La chanson est très jolie.
- Merci monsieur, vous etes tres aimable.
No estaba pidiendo dinero. No atinó a dármelo, por suerte.
En punto siempre sonaban las campanas de la iglesia, gran atracción de la ciudad, pero más por la vista panorámica que por la capilla en sí.
IV
- Ay, Jimmy - dijo ella parándose en el centro de la torre de San Cristóbal, punto más alto donde la vista podía ser espectacular. Desde allí miró al monte, donde estaba la iglesia.
Ninguno de los dos lo sabía, pero en ese preciso instante se estaban mirando exactamente a los ojos, desde esa distancia indiscernible. Ella se preguntó cuál canción estaría tocando.
- Fijate que las otras dos torres - dijo un Jimmy imaginario-, Saint Jaume y Maugouvert, dan a la costa. Entonces, podían armar como una especie de cerrojo con el Fuerte de San Nicolás. Lo que no comprendo es por qué no hay una cuarta torre, al este. Solo los cañones en la muralla baja.
- Me imagino que por más que construyamos el fuerte, siempre queremos que alguien entre, que nos haga fracasar.
- Pero es muy evidente.
- No te creas. De hecho, fijate lo bien que sirvió en su momento. Era ese flanco por donde entrabas vos.
Se escuchó un ruido de piedritas crujiendo debajo de unos zapatos.
- ¿Yo?
- Sí. Era tu entrada garantizada. Yo tenía mis torres apuntando para otro lado, para que no me molestara el de la cafetería, ponele. Y vos tenías vía libre por ahí.
- Si es como acá, pues te juro que tuve que remar y remar para llegar a la costa, luego trepé, y me tiraste un par de cañonazos.
- Lo sé.
Se había perdido la lancha de regreso y debía esperar otra hora. Había quedado con él en verse a las ocho, así que debía apurarse porque quería estar arreglada y antes hacer unas compras.
Wellington
V
Revisando la historia, me doy cuenta de que se trata de un entrelazamiento de caprichos de los poderosos, de los reyes que se peleaban, de almirantes que habían jurado honor a una patria, de ebrios que irrumpen en el palacio real.
No doy con otra explicación. Una serie de caprichitos, la historia es eso. Jugar con el destino, así, de caradura nomás...