(En 2006 escribí esto. No pienso corregirlo. Besos.)
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Recuerdo que solíamos salir a cenar todos los
viernes. Nos encantaba. Teníamos nuestra listita de lugares habituales, y según
el antojo, íbamos a cenar a tal o cual lado.
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Tenés como cierta melancolía por ese tipo.
Tanto lo reprochas, pero ahí está – y le señaló la cara sonrojada - , ese gesto
me demuestra que todavía lo querés.
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Obvio que lo quiero. Eso jamás lo dudo.
-
Pero sin embargo, hace media hora que lo
único que haces es despotricarte contra él. ¿Es relator me dijiste, verdad?
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Si. Se fue a cubrir alguna de esas cosas. El
fútbol de las Olimpiadas, o yo que sé qué corchos…
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Ah… Lo debo conocer entonces.
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Si. Pero tenemos un trato…
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Nada de nombres. Sos una completa extraña
para mí, pero sin embargo siento que te conozco tanto. El cuento que me contás
siempre que nos vemos es un cuento incompleto, sin personaje principal y con
escenarios vagos y borroneados por un autor que no quería privar al lector de
las libertades de la imaginación. En realidad, como hablamos de estas cosas.
¿Hablás con alguien más? Alguna amiga…
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No. El tema es que con vos, al estar ya
reunidos de una forma clandestina, te puedo contar todo. Y encima ni sabés
quien soy. ¿Cuántos años me das?
Meditó,
buscando un número. Era algo difícil, pues ninguno le satisfacía. ¿Y si le
pegaba? ¿Cuál era la diferencia? Seguro, jamás lo sabría. Y era mejor así. Su
mano comenzó a recorrer lentamente las piernas de ella. Esa pierna desconocida,
pero en ese momento vecina, incluso habitable. Era hermosa, pero se alejaba siempre
al otro día. Podía pasar una semana sin que ella se dignara a llamarlo. Y de
repente, el teléfono, ese endemoniado enano buchón, chillaba porque ella lo
buscaba nuevamente, con ganas de abrazar un cuerpo extraño. Entonces, él
entraba en escena.
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Hmmm….
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Me parece que estás pensando en cualquier
cosa menos en mi edad.
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38.
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Yo me hago la idea de que vos tenés 42.
-
No pregunté, pero ahora ya sé que pensás de
mi.
Si ella
tenía ojos apagados, él lograba encendérselos un poco. El brillo de su juventud
volvía por unas horas. A él siempre le gusto como los ojos de ella se perdían
en los suyos. Lo único que ella necesitaba era a un extraño. Pero a esa altura,
ella sabía que no podía conformarse con cualquier extraño. Él era su extraño,
su amor que jamás flotaría en la superficie. Era su enamorado subacuático. Tanto
le había costado encontrar a éste, que era apuesto y encima buena persona. La
calle estaba llena de estúpidos, eso su historia lo había demostrado a
cachetadas.
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¿No tenés miedo de que se entere? – Preguntó
él.
-
No… es como si no me importara. Bah… no es
que no me importe, pero siento que nada puedo hacer y que mi marido jamás se
enterará o jamás le llevará el apunte. No me malinterpretes. Si hay algo que mi
marido sabe es como tratar a una mujer- él le puso un gesto de molestia, pues
odia que una mujer le diga que es otro el que sabe como tratarla-. Lo único que
ocurre es que quizás eso se ha perdido un poco. No sé por qué se perdió, pero
sé que ahora que él no está, yo quiero estar con vos.
-
Bueno que digas eso. Aunque por tus palabras
eso de “se perdió un poco” me parece un fiel intento de rescatar a tu marido de
la hoguera en que lo pusiste… o al menos un intento de que la llama lo queme
menos.
Ella lo
miró fijamente. ¿Se daba cuenta que la mano de él estaba casi en su
entrepierna? Los domingos por la mañana eran geniales para quedarse
remoloneando en la cama. El no había cesado de clavarle esos ojos negros, de
tal oscuridad que daban ganas de meterse adentro y averiguar que pasaba
adentro. Pero siempre, esos ojos negros le significaban a ella una distancia
insalvable.
Su otro
brazo pasaba atrás de su cuello y salía del otro lado, para descansar en el
hombro de ella. Ambas cabezas se habían posado en la almohada la noche
anterior, y allí seguían. Nunca habían hablado tanto de sí mismos. Era
indudable que en algún momento los dos alternativamente habían sentido el deseo
de revelar su nombre, de saltar del anonimato, con documento y todo, de mostrar
toda su desnudez por completo, sin esconder absolutamente nada. Pero ambos se
dedicaban a recordarse su pacto.
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Nada de nombres – dijo ella aquella vez que
se conocieron, hace tres meses -. No quiero saber quien sos. No me interesa
quien sos, tu identidad. Me interesa el extraño que sos. Sólo quiero pasar mi
tiempo con un desconocido y que no me pregunten nada.
-
Bárbaro. Así que te importa un pito
conocerme, pero te va acostarte conmigo.
-
Parece que no entendiste. No es que no me
intereses, sino todo lo contrario. Pero tengo la necesidad de jugar con el
anonimato, de desconocer los detalles básicos de tu persona. Llevamos hablando
casi una hora y media y ni sabemos nuestros nombres.
-
¿Y cómo te llamas?
-
No te lo voy a decir, y además te prohíbo que
vos me digas tu nombre – le dijo acercando sus labios a los de él, pero sin llegar a besarlo.
Era obvio que lo estaba provocando con gestos alocados.
-
Podríamos ser dos almas que sin nombre se
identifiquen mutuamente.
¿Cómo
había llegado a sus oídos que ella era casada con un relator de fútbol? Ella no
se acuerda. En él, el recuerdo quedó tatuado en su frente. Ella terminó
llorando como una condenada a la tercera vez que salieron. Ni siquiera se habían
acostado, pero era cierto que se sentía como las cosas avanzaban al trote,
agitadamente. Estaban en la puerta del departamento de ella. Ella quería
invitarlo a subir. Él quería ser invitado a subir. ¿Era lo que debía ocurrir?
Seguro. Nadie lo dudaba. Ni siquiera aquel relator de fútbol que se encontraba
en Perú, para cubrir la final de Argentina – Brasil y que ya había pasado por
más labios que una bombilla de mate.
-
¿Qué dedos estarán rozando las caderas de mi
mujer? – preguntó el periodista deportivo a uno de sus compañeros de trabajo.
-
Yo creo que los dos saben muy bien lo que
hacen – fue la respuesta. – Y es bárbaro porque ninguno dice nada.
Si ahora
ella se arrojaba, al menos por un rato, en los brazos de otro, no era su
culpa. No era de ninguno en realidad,
pues así eran las cosas. Ella, vestida de novia y caminado hacia el altar, no
se imaginó que necesitaría recurrir desesperadamente a otro hombre, que si
apreciaba, simplemente no amaba.
-
Es mentira eso de “hasta que la muerte los
separe” – dijo en tono reprochón. – A nosotros siempre nos separó River-Boca, la Libertadores y el Mundial.
-
Pero siempre volvieron a estar juntos. Yo
creo que lo que intentó decirles el cura ese día es que estarían juntos como
pareja hasta que la muerte los separe. Entonces, se reencontraran en otro
mundo.
-
A veces decís demasiadas pavadas. No necesito
que me expliques que quiso decir el cura.
En ese
momento los ojos de él despegaron irremediablemente en un vuelo fugaz e
irreflexivo. Estaban destinados a estrellarse de nuevo en el rostro de su
amante, pero el vuelo continuaría lo más que pudiera.
-
No te ofendas.
¿A qué
hora tenía que estar él en la reunión de mañana? Tendría que llamar a su
secretaria temprano para que se lo recuerde. Odiaba molestarla. Sentía por esa
otra mujer (su secretaria) una atracción que jamás confesó a nadie. Y era
extraño, pues el siendo soltero y jamás casado, podría haber intentado algo.
Pero allí estaba él, al lado de una mujer que no lo amaba, posando su mano
sobre los muslos de una desdichada. ¿Y él no era desdichado? ¿No estaba parado
siempre, rodeado de nadie? Las otras personas no eran para él otra cosa que
puntos de vista, lejanos en la distancia, que le decían que tenía que hacer.
Jamás les había podido hacer caso.
Una mano
femenina se posó sobre su pecho y lo acarició. ¿Pedía perdón? ¿Era para tanto?
No. Seguro que no hacía falta enojarse. Nadie en la habitación estaba enojado.
El silencio inundaba el espacio, pero nada más. Él no tenía ya ganas de hablar
del cura, de maridos en el extranjero, etc.
-
Amo a mi secretaria.
-
¿Qué? ¿Amás a tu secretaria?
-
Eso dije.
-
Pero, ustedes no están saliendo. ¿O si? No me
gustaría que le metas los cuernos conmigo a la mujer que amas.
-
Perdón… vos le estas metiendo los cuernos a
tu marido conmigo, así que por qué no podría hacer yo lo mismo.
Ella lo
miró sorprendido. Tomó aquel último comentario como una confirmación de que su
amante estaba con otra. Él sabía lo que le había dado a entender a la mujer que
yacía a su lado y no se preocupó por desmentir el malentendido. ¿Cómo sería
amar a su secretaria, o más bien, ser amado por ella? Se sonrió sin darse
cuenta.
-
No me esperaba que salieras con alguien más.
¿Hace mucho?
-
Tenemos un trato…
Los ojos
de ella tuvieron que frenar ante la reserva de los ojos negros de él. Las dos
oscuras esferas que le devolvían por fin la mirada, pero parecían más oscuras.
Era como si aquel vuelo provocado por el recuerdo de las palabras del cura los
hubiera quemado hasta volverlos carbón. Ella sintió que el levantaba la mano de
su pierna. Ni se había dado cuenta, pero sintió la ausencia de aquella mano
como quien siente a su verdadero amor partir.
-
Mi marido seguro debe estar con otra.
-
¿Eso pensás?
-
Seguro. Si yo estoy con vos, ¿por qué él se
va a privar de conocer a otra?
Los dos
ojos oscuros se aproximaron a los de ella. Se besaron, sin siquiera ellos
entender por qué. Los labios no importaban, eran los ojos lo que se besaban
realmente. Esos ojos oscuros se habían acercado a esos ojos pardos. Cada globo
ocular oscuro había tomado por pareja a otro globo ocular pardo. Querían
danzar, un vals hubiera sido ideal. Ambos creyeron escuchar la música, pero los
ojos no bailaron.
Los
vidrios rotos cayeron al suelo cuando él separó su cuerpo del de ella y se
sentó al borde de la cama. Ella miraba su espalda. Desde que lo había visto sin
ropa la espalda de ese hombre le provocaba. Sentía ganas de tirársele encima
por detrás y no dejarlo ir, prenderse a él como un animal salvaje a su presa.
Pero en ese momento el animal salvaje estaba quieto, parecía domesticado. Era
horrible que alguien hubiera domesticado a tan precioso animal. Lo mismo
opinaba él, pero ella no tenía forma de saberlo.
-
Odio los domingos a la mañana – dijo él
mientras se estiraba y un bostezo escapaba desde la garganta a la libertad.
-
Para mi están bien. Lo que si odio son los
lunes a la mañana.
-
¿Sabes cuando vuelve tu marido?
-
No… bah… mas o menos. Todo depende de cómo le
vaya a la selección en los juegos.
Entonces
él se volteó y sin mirarla le preguntó.
-
y… ¿Vos querés que la selección llegué lejos
en los juegos olímpicos o pierda pronto?
Ella se
levantó súbitamente y lo abrazó.
-
Quisiera que jueguen para siempre.
La
respuesta le resultó extraña. ¿Qué tipo de persona deseaba que su amado no
volviera nunca? Por más de que le gustara andar con otra gente y tener un
amante, ella amaba a su marido más que a nadie.
-
En este momento – dijo casi entre lágrimas-
quisiera deshacerme del amor que le tengo a mi marido. Vos me mirás como quien
ha dicho una barbaridad, pero es así. Amo a mi marido, y quiero desembarazarme
del amor que por él siento. No necesito amarlo de esta manera, necesito otra
cosa.
-
¿Y por qué no te divorcias?
-
No es posible. Estoy atrapada. No puedo
decirle de separarnos. No quiero estar sola.
-
Estoy yo.
-
Si, pero vos estás con otra. Si pierdo a
quien todavía amo nadie quedará para mí. Le temo a la soledad, pues ya no soy
una purreta que puede levantarse a cualquier macho.
Hubiera
querido reconfortarla, sabía qué cosas podía decirle para aliviarla, pero no lo
hizo. Cualquier cosa que él le hubiera dicho hubiera sido en vano. Él sostenía
que lo mejor que alguien podía hacer cuando se enfrentaba a alguien deprimido
era dejarlo en paz. Ahogándose en sus penas. Una lástima que ahora le tocara a
ella. La última vez que él la había intentado reconfortar se había enterado de
la profesión de su marido y de los problemas que eso le acarreaba a la mujer.
-
Y vos… ¿Por qué estas conmigo si amas a otra?
– Le preguntó ella.
Desde que
se había enterado de lo de la secretaria, esa pregunta le hacía bochinche en la
cabeza, pugnando por salir. No se había animado a preguntar, hasta ese momento
en que los ojos negros ni siquiera merodeaban cerca de se figura.
-
Tenemos un pacto.
-
Yo te conté a vos. No seas así…
-
Ella no me ama. Yo lo sé. Lo peor es que ni
siquiera sé a qué hombre pertenecen sus añoranzas y sentimientos. Es odioso no
poder enamorarla.
Ella le
tomó del brazo. Ahora se había sentado a su lado. Eran dos compañeros con tanto
en común, pero no eran iguales. Eran los solitarios amantes de una ciudad que
jamás les había demostrado cariño, que jamás les había preguntado como les iba
en su casa o con el estudio, que a duras penas les había reconocido algún éxito
laboral. La ciudad no los quería, pero tenía que soportarlos. La secretaria no
lo amaba a él. A ella su marido la había engañado a los dos meses de casados.
Ella había perdido un embarazo hace poco más de un año. Él logró, no sin apelar
a toda clase de medios, que una ex novia suya abortara a los 19 años. Las vidas
se perdían. Ellos estaban vivos, pero no vivían. Tenían la impresión de jamás
haber estado realmente vivos.
-
Sos un hombre apuesto. Seguro que podes
reconquistarla – le dijo ella para reconfortarlo.
-
No es solo cuestión de cómo me vea. Además,
seguro que muchas mujeres, incluida ella, disiden con vos.
-
No me vas a decir como se llama, ¿no?
Los ojos
negros le contestaron que no sin hacer absolutamente nada. Fue el no más
silencioso del mundo.
-
Yo no te digo como se llama mi marido porque
vos seguro que lo conoces. Al menos así no sabes quien es – se atajo ella, para
justificar su propia negativa a revelar el dato.
¿En qué
cambia eso las cosas?, pensó él. Era totalmente innecesario hacer referencia
alguna a nombres. Esa habitación era la zona de veda. Nadie sabía nada de
nadie, y sin embargo todos se conocían. Esa habitación era la imagen
microscópica de una Buenos Aires desolada, tan viva y tan indiferente. El amor
de la ciudad a sus hijos es indiferente.
Los dedos
de ella jugaban en la alfombra del puso. Le encantaba rozar las yemas de los
dedos contra la felpita. Era automático. Él le tomó la mano y se la besó.
-
Te voy a decir una cosa, – comenzó a decir él
mientras ella le regalaba toda su atención, con un moño y el papel de regalo
más bello que él había recibido en años – mas allá de que ciertamente mi vida
no ha dado resultado, debo decirte que te quiero.
La
afirmación no le cayó muy bien a ella. Entonces intentó frenar la declaración.
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No me vas a callar – atacó antes él -. No te
voy a decir que te amo porque no es así. Pero eso no quita que tenga
sentimientos de cariño por vos, y sinceramente quisiera que estuvieras mejor
con vos misma y tu marido. Es estúpido negar que me gustás, de alguna manera.
No voy a negarlo. Deseo volver a verte. Si me querés sorprender entonces
decirme que no me querés volver a ver, y entonces…
-
Te entiendo. Tenés razón.
Fue
entonces cuando ella comenzó a mirar sus prendas. Era hora de vestirse. Los
pantalones de él no pudieron esconderse durante mucho tiempo. La camisa le
quedaba holgada. Se sentía más flaco que la noche anterior. Era como si hasta
parte de su ser lo hubiera abandonado para irse con otra parte de ella, a algún
lugar mejor. Ella se vestía, completamente ausente. De la habitación del hotel
salieron dos personas huyéndole al destino. Ella volvería a su marido, para
vivir el romance más insípido que alguien pueda contar. Él encontrará el lunes
el mensaje de su secretaria diciéndole que se va a Nápoles con su novio, para
casarse allí. Poco después llegó el telegrama de renuncia.