Un escenario.
- Ya no salimos más, no veo por qué está mal que yo vaya con un amigo a la fiesta.
- ¡No salimos más hace una semana, Emma!
- Suficiente, sabés que no me gusta andarme con rodeos. Además, no entiendo, ni que hubiera estado a los besuqueos en frente tuyo... Ni siquiera entiendo por qué te explico las cosas. Ya no somos nada.
Debord se da vuelta. Su cejas conjugan junto a su boca un gesto triste, una mirada que se pierde fija por detrás del telón. Emma se da cuenta de que sus palabras son duras, pero se aferra a ellas porque, precisamente, son verdad.
- Guy...
Ambos mantienen su distancia. Ella mira sus espaldas, él no tiene ganas de estar ahí, pero no se va. Quiere que ella diga algo que lo retenga. Si no lo hace, se quedará igual.
- Guy, la verdad, no pasó nada. Y no entiendo por qué te tengo que andar explicando. Vos podrías haber estado con otra y yo no te hubiera dicho nada. No porque me hubiera encantado, sino porque reconozco que ese no es mi lugar, que sos libre, que...
- ¡Basta! Envolvernos en una sábana ya no era suficiente, digo. Ni hablar de los desayunos en la cama, eran una farza. Tampoco servía devolvernos miradas que de todas formas no significaban nada. ¿O sí significaban?
Guy Debord se da vuelta, para enfrentar a Emma. Ella lo mira al borde del llanto, y en seguida retira su vista hacia el costado. Quiere eludir su imagen, que finalmente parece estar lo suficientemente lastimada como para decir lo que ella teme.
- A fin de cuentas, me dejaste. No pienso retomar todas las cosas que pensabamos. Entiendo las crisis, quién no las ha pasado. Yo qué sé, tampoco te puedo obligar a nada. Tampoco puedo decir que sos una mala persona. Ese es el tema, seguís siendo Emma la chica bonita. Emma, la chica que brilla ante todos, y me ha dejado.
- ¿Hace falta que pongas las cosas de esa manera?
- Emma, una mujer inolvidable, cuya mera presencia nos inunda con un sentimiendo de dicha. O bueno, diré desde ahora que nos inundaba, pues desde hace días este río ha desbordado.
- A veces pienso que mis amigas tienen razón, que te hacés el intelectual al pedo. Sobretodo en situaciones que no da ponerse en esa pose.
- ¿En qué pose debo ponerme? Quizás prefieras la pose de un hombre que jamás te amó, al cual podés decirle simplemente que te vas y le importa un pepino, eso. Me importa un pepino, mi amor, así que no habrás problemas. Vos te quedás con el perro, yo con la compu. Asunto resuelto.
Emma no sabe si pegarle un cachetazo o pedirle disculpas. Mientras, Debord se ha llamado a silencio, pues ha vomitado quizás demasiadas palabras, demasiadas cosas cuyo lugar menos inadecuado era este.
Las luces se van apagando gradualmente, hasta que quedamos completamente a oscuras.
Desenvueltos
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Etiquetas: debord
Moonshine
Supongamos que esto puede ocurrir por la noche, en las calles de una ciudad que ha abandonado a sus amigos porque ya no queda nada para hacer. El frío se ha deshecho de quienes planeaban una salida al aire libre. Ella está sentada en las escaleras de la puerta de un edificio. Él, se pasea frente a ella, ida y vuelta, pensando en cuál será la mejor forma de no volver jamás.
- Ahh, es que, realmente no sé cómo lo hiciste -dijo ella...
- Yo tampoco, te imaginarás. No es mu culpa que todo esto tenga tanta relevancia, ¿o sí? Creo que te pusiste un tanto celosa, y eso nos restó confianza.
Ella levantó la ceja en un gesto de asco, que debería hacer sido un gesto de furia, e incluso podría haber derivado en cosas peores. Él fumaba su cigarrillo, se paseaba por la vereda, miraba para arriba, de limitaba a reescribir la historia en su cabeza de manera que le sonara coherente, que le gustara o al menos le pareciera pintoresco.
- En realidad - dijo él-, todo es perfectamente comprensible. No encajamos, ya lo hemos demostrado. Pero era obvio que debíamos intentar, pues no nos conocíamos, entonces la atracción era algo que simplemente nos ocurría en ese hecho tan tonto que era cruzar nuestras miradas.
Mentira. Ella no necesitaba cruzar miradas con él para sentirse atraida. Ese tipo de inconsistencias teóricas se le había vuelto a Luna insostenibles. Contenía la angustia, intentaba no rebalsar, aunque deseaba liberar su río, ahogarse en su pegueño drama.
- Yo qué sé, corazón - decía ella-. Por un lado entiendo tu reacción, quisiera pedirte perdón, pero mi deseo de decirte la verdad es más fuerte. Ly me dijo que soy una estúpida, que lo tiré todo por la borda, que ahora no tenemos vueltra atrás. Arruiné la cosa. Pero prefiero hacerme caso. Lo que no me esperaba es que esto costara tanto, que doliera tanto, que sangraramos tanto.
Él terminó su cigarrillo. Mientras miraba al suelo, sacó su atado de Marlboro diez, esa cajita ancha que le era tan incómoda, y aprontó otro cerca del encendedor.
- Si lo pienso en frío -decía él-, tenés razón. Cualquier persona tiene que hacer lo que tiene que hacer. Los errores en la vida son inevitables, la perfección no existe y las ideas son un efecto de la materia que nos rodea. Por otro lado no puedo dejar de decirte que sos una hija de puta.
Luna no aguantó más y se largó a llorar.
- No sabés entonces... - dijo él mientras miraba a la distancia, parado entre dos baldosas, una naranja y la otra amarilla-. ¿qué es lo que no sabés? ¿Cómo terminaste involucrado conmigo, si no tenemos nada que ver?
- No tenemos nada que ver, sí -respondió Luna, moqueando-. Pero puedo decir que te amo. Lo ridículo de todo esto es que te amo.
El cigarrillo de él se balanceaba entre sus labios, mientras sus ojos aterrizaron en las zapatillas de ella. Sentada, en la escalerita de la entrada de un edificio cualquiera. Ella, la infiel, que le decía que lo quería. Ella, que miraba para abajo, se tapaba la cara, lloraba, se sonaba los mocos.
- Andá...
No lo decía. No podía decirlo, o no quería. Ella se daba cuenta de que las cosas quedaban a mitad de camino.
- No sé cómo llegaste a significar tanto, así como tampoco nos arruiné de esta manera.
- Si te hace sentir miejor, yo también te metí los cuernos.
Santo agravio. ¿Qué decir? La situación se había vuelto inmanejable. Lo único que quedaba era esperar a que se termine la querra y enterrar a los muertos. Ella no contestó. Él no prosiguió. En un momento sonó el celular de Luna, ella miró quién era. Lo dejó sonar, lo dejó que reclamara su atención. Antes de que corte, atendió.
- Hello, ¿cómo va? -dijo Allen.
- Amigo, lo he devastado. ¿Cómo querés que esté? Acabo de deshacerme de mi novio, justo aquel a quien quería conservar.
Allen tardó en comprender.
- Tenemos que juntarnos otra vez, a ver cómo mierda es que nos pasan estas cosas - continuó Luna-. Soy humana, soy una hija de puta. ¿
Él se alejaba. Lo único que le faltaba era que ella se pusiera a charlar con otro.
- Puta y cornuda -agregó.
- Luna, Luna, no creo que sea conmigo con quien debas estar hablando en este preciso momento. No entiendo siquiera por qué me atendiste.
- Es simple. Estoy perdida, estoy dolida, me acabo de separar y ya no sé qué quiero.
Miró la silueta de él que caminaba entre las sombras de Las Heras, justo cuando un colectivo 59 ingresaba a la avenida. Él no miraba atrás. Luna se preguntaba cuándo volverían a hablar, qué se dirían. Realmente lo quería, pero la evidencia se le hacía irrefutable.
- ¿Cómo es que una destruye lo que ama? - le preguntó a Allen, por teléfono.
- No es tan completo - contestó él-. Es una tendencia que tenemos algunos, un movimiento que nos gusta hacer, unas patadas al escritorio, sólo para corroborar, otra vez más, que no todo estará bien.
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Etiquetas: luna
400
Cuatrocientos kilómetros, nena, y lo que todos creíamos por cerrado no existía en realidad. Si bien todos pensábamos en la obviedad de una relación entre Jorge y Susana, la cruel realidad nos hizo toparnos con que ella no quería estar con él. Todo esto ocurrió adentro de un boliche marplatense que prefiero olvidar pronto. Me costó sacar a Bataille del lugar. Él estaba tan cabrero, puf, si lo hubieran visto.
Mientras yo compartía otras tantas cervezas con Guy, relojeaba los acercamientos de Jorge a ella. Un poco de baile, y hasta una Sprite con limón (todos sabemos que la Corona va con limón, no la Sprite). Hace meses que el muchacho sufre de mal de amores con Suana, chica inteligente aunque un tanto callada y otro tanto arísca de a ratos. Pero no podemos culparla, pues nosotros no somos los seres más agradables del mundo.
Guy: Siento que entre ella y yo no pasa lo mismo que antes. De hecho, cuando me habla parece más solicitarme cosas que realmente hablarme. Creo que me tiene un tanto deprim...
A medida seguía el relato de Guy, Jorge aumentaba sus acercamientos a Susana. Le tomaba la mano, pero ella luego se la llevaba al otro brazo para rascarse, o simplemente acomodarse la vincha. Fue en ese instante que recordé los famosos indicios de que todo iría mal, indicios que hace tiempo no siento pero reconocí al instante. Lo supe. Bataille estaba pronto a...
Guy: ... imaginás, ¿no? Yo solo le dije que me gustaría que viniera conmigo. Nada más. No le hice ningún reclamo, ni nada por el estilo. Las relaciones son muy extrañas, Jim. A veces me siento que somos un acto fallido, como Allen y July. Ahora la extraño. Muchísimo, hasta me siento culpable de andar perdido por acá. ¿Te diste cuenta que...
Eludir se había vuelto para Susana una sutileza. Yo observaba el campo de batalla, mientras me acordaba, por alguna extraña razón, a la situación que alguien me había contado en las puertas de un pub porteño. La historia había sido algo así: la chica estaba atrás del chico. Él simplemente andaba con otra, hasta que un día no anduvo más. Entonces, esta otra aprovechó para tirarle los perros de una. Los signos de su fracaso le parecían evidentes, pero como una suicida del amor fue y se dio duro contra la realidad.
Meri: No quiero seguir así. No puedo, ¿sabés? Lo peor es que sé que te voy a extrañar, pero no te puedo ver más, Allen. Ya fue demasiado.
Alen hacía uso de su reconocido arte de la idiotes, pero de una innovadora forma: quedarse callado. El breve monólogo de Meri lo sobrepasaba, no tenía una respuesta que lo pudiera sacar intacto de la situación.
Meri: Me gustaría que esto fuera reciproco, pero no voy a forzar las cosas. Si te digo esto es para lastimarme de tal forma que no querré volver a verte.
Allen: Lo lamento, pero no puedo corresponderte.
Fue la cosa menos estúpida que pudo decir, pero era verdad. Con Meri se lelvaba bárbaro, y si bien detectó que ella se acercaba, simplemente dejó las cosas pasar. Algún día creceremos. O no.
Jim: Se viene....
Entonces Jorge abrazó en un ataque de romanticismo a Susana y la besó. Era una foto brillantemente seductora, dos personas besándose en medio de una pista de baile donde nada parece ocurrir entre todo el movimiento. Pero el beso duró poco, y en ese instante Guy dio por finalizada sus explicaciones teóricas sobre Emma. Susana logró alejarse de Jorge, romper el beso. Él la miró fijo, eso había sido alta traición.
Habíamos viajado cuatrocientos kilómetros escuchando la promesa de Bataille: ahora sí que me agarro a Susana. No me para nadie. No vuelvo a Buenos Aires sin un beso de Susana.
Definitivamente había cumplido su promesa, pero no como el querría. Creo que automáticamente Jorge perdió todo contacto con al realidad, pues simplemente se alejó, se fue, destinó su camino a donde fuera menos a las cercanías de Susana, que aún se hallaba un tanto shokeada.
Guy: Em, se pudrió, ¿no?
Claramante. Tuvimos que ir a rescatar a Jorge del pedo mágico que tenía en su cráneo. Nos costó una hora encontrarlo dentro de ese galpón de luces y destellos. Susana, la única mujer que había venido con nosotros, nos esperaba en la barra. El momento habría de ser inolvidable.
"¡400 kilómetros!", gritaba Jorge. Nosotros mirabamos la escena sin mirar. Claro, era obvio que atendíamos a otra cosa, obvio obvio, seguro seguro. Supuestamente Susana era un hecho en la vida de Jorge, pero nadie mejor que una mujer para destronar a un soñador. 400 kilómetros, y estamos donde estamos.
Jim: Tengo la sensación de que las cosas están cambiando.
Guy: Ciertamente, mi amigo. Ciertamente...
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El jardin
- A veces me doy cuenta que no te das cuenta. Te inunda esa navieté. Una vez me dijiste que en realidad te haces el boludo.
Jim: Bélgica. Claramente esto debería ocurrir en Bélgica.
George: ¿Sí? Yo pensaba en Hungría. No por alguna razón en particular, deben ser las ganas nomás.
Bataille, Debord, Barthes y Bentham se encontraban frente a la gran puerta de una casa bastante paqueta. Las paredes de ladrillo a la vista separaban a los personajes de lo que parecía ser un jardín enorme, con árboles sembrados por doquier y un perro que ladraba en las lejanías. Algunas columnas blancas, estilo griego, hacían juego con la luz de las antorchas que descubrió la puerta de madera al abrirse.
Jim: Brujas. Esto me hace acordar a Brujas, sobre todo el grabado en piedra del tipo con el sol.
I hear the sound of drums... La música recién comenzaba. Jorge llevaba su cajón de cerveza. Parecía casi custodiarlo, aunque luego se olvidaría de él para hacerse amigo del barman. "Voy a ser tu mejor cliente de la noche, quizás de la década", le dijo.
Barthes saludó a un par de gentes que los otros tres sujetos no conocían.
Roland: Bienvenidos, enjoy.
- ¿Insinuaciones? No se trató más que de una charla. No se entiende, se supone que este tipo de cosas se superan, se dejan atrás. No podés pedirme que me deshaga de mi pasado así como yo jamás de digo que te desentiendas del tuyo.
- Insinuaciones, tratativas, un daikiri de durazno. Vos jamás tomás daikiri de durazno...
Era de esperarse: Jorge tardo poco en terminar como un chapuzón en la pileta. Si se le preguntara, diría que no la extrañaba, que Susana se podía ir al reverendo carajo. Claramente mentía. Según Barthes, Susana era un tanto "extraña".
- Extraña, digo. Le tiraron los perros casi todooooos los que conozco, y ella salía con su amiguita la otra que también es bastante rara, ya que estamos.
Los problemas comenzaron cuando Emma entró de la mano de otro tipo. Imaginamos que nada de esto había sido planeado. El problema fue Debord, que automáticamente entró en una especie de transe durante el cuál era imposible comunicarse.
- No se entiende -decía Guy-. A tan poco tiempo de haber cortado... Sé que puede salir con quien quiera, pero el detalle es desastroso.
Bentham hubiera respondido que "bienvenido al mundo. Ellas salen con otros después de que terminan de salir con uno." A lo que Barthes hubiera replicado "Bueno, dejalo, a vos te costó darte cuenta de eso". Guy Debord, en el transcurso de ese breve diálogo, engulló tres tequilas sin sal ni nada.
- Viva la patria.
En épocas anteriores Justine le hubiera reprochado a Bentham esas actitudes. No porque ella fuera aburrida, sino porque tenía esa forma de reclamar que no hacía juego con las actitudes de nadie, para decir verdad. A Deleuze nunca le había caído del todo bien, y Bataille recién estos últimos meses había entablado algo que podría denominarse, una amistad.
- Lo que no entiendo del todo es cómo mierda se sienten ellas cuando pasan estas cosas - decía Bentham mientras se tomana la cerveza número lo que sea-.
- Lo peor es que se cae el mundo, mi amigo, y nadie está ahí para sostenerlo -decía un cada vez más deprimido Debord-. Es mi historia, es que soy demasiado sensible.
Era como una onda expansiva que lo rompía todo en un radio unos metros que iban entre ella y yo, justo donde antes estaban esos centímetros que fracasaban en separarnos antes de cada beso.
- Me imagino que estas cosas son así, jamás salen bien.
- Me imagino, me imagino. Depende, uno puede hacer las cosas para que no sea tan grave, para no lastimar tanto.
- Perfecto, justo hoy que mi amiguita está on fire, descubrimos que estos tienen sentimientos -protestó Basthes-.
Aún así, Roland es un tipo muy pragmático. Sabía que las heridas de los dos soldados sanarían, así que fue en busca de otra compañía.
Fue cuando Bataille llamó a Susana.
- ¿Qué me decís? Ayer me dijiste que no me querías ver más. Ahora me llamás... ¡Estás hecho una histérica Jorge!
- Es que no lo puedo evitar -decía Jorge tomándose otro Vodka con Speed-. Sé que todo esto no tiene sentido, pero bueno, marqué tu número porque en realidad quería ver cómo andabas y quizás podíamos relativizar las cosas.
- No es momento para tus sarcasmos. Me hago problema porque yo a esa chiruza la tengo calada, qué te crees que no veo como se te acerca y te dice "Hola Ji..."
-...mmy. No sabía que venías para acá, pensé que se iban para San Isidro.
- Prácticamente estamos en San Isidro...
- Chep, ¿por qué Guy charla con el pasto?
- No es el pasto. No se ve, justo lo está tapando el flaco de remera roja, pero ahí hay un enano de jardín que Debord ha escojido como confesor. Es que se peleó con Emma.
- Huy, pobrecín. Igual, Emma Bovary no era para él. No entiendo cómo duraron tanto.
- Era una de esas parejas, un tanto tensas. Pero creo que esa tensión formaba parte de la atracción que sentían el uno por el otro. Química de pareja, no todos funcionamos igual.
Bataille había logrado subirse a uno de los enormes parlantes que había en el jardín. Una piba le gritaba para que se bajara, pero él seguía en una conversación telefónica con Susana.
- No sabés la vista que hay... Es fun da men tal.
- No se te entiende nada - replicó Susana del otro lado del teléfono-.
- Lo que pasa es que yo no soy alto, entonces, ponele, al ver a Roland desde arriba, es todo un flash para mí.
- ¿Por qué hablamos de Roland?
- ¿Enojado?
- Sí, enojado. O molesto. O desilucionado.
X
- Ayudame con este daikiri, que no lo puedo terminar. Encima vengo de una semanita, por favor, tengo que aflojar un poco.
- Seguro.
- Y hoy terminé el día con ciencia ficción... Me agregó Carlos al msn...
- ¿Carlos? Pero ya fue... ¿Lo aceptaste?
- Y... una siente curiosidad.
- Ni hablar, Caroline.
- Bueno, me agarró medio débil. Yo que sé, al final con este sureño nada. Creo que necesito sentirme linda o algo, y bueno, él es un pedazo re importante de mi historia.
- Quedate tranquila que sos linda, pero no estás para los jueguitos de él. Ya los conocés -respondió Bentham omitiendo su propia historia-.
- ¿Vos no me extrañás? - Apuntó Caroline.
Mas o menos en ese instante Bataille logró caerse, derramando su trago sobre la gritona, rompiendo el celular y perdiendo algo más que la comunicación con Susana.
Barthes efectivamente se hallaba "trabajando", pero terminó perdiendo terreno con "la amiga de la amiga de esa piba que no me acuerdo como se llama". Bueno, ella, en definitiva, le corrió la cara justo cuando el tiró toda la artillería. Entonces, cuando quizo buscar a sus amigos, Roland se encontró con: Un desquiciado que le hablaba a un enano de jardín sobre el desamor. Un separatista que luego de danzar sobre un parlante reía de dolor clamando "menos mal que no me fracturé", mientras estiraba su brazo buscando lo que quedaba de su trago. A Bentham y Caroline en una situación parecida -no igual- a aquella en la que el primero le estampó un beso a la segunda.
- La historia tiene formas curiosas de reirsenos en la cara, muchachos -dijo Roland al vacío.
monologue
(Es Bentham quien ingresa por detrás del telón, al escenario. Se detiene en el centro para convidarnos más una mirada soberbia, que de inteligencia. Es como si registrara, desde su izquierda a su derecha, los rostros irreconocibles de su audiencia. Su atuendo es informal, zapatillas, pantalón y camisa abierta, con una remera abajo. Todo de color negro).
¿De qué se trata todo esto sino es de meternos un poco en la vida de otros? Vamos, por favor, diganme si realmente creen que la felicidad, sea lo que sea, es algo que podemos alcanzar solo en nosotros mismos. Seguro alguno de ustedes se piensa que todo es cuestión de mentalizarse, de ser feliz porque uno quiere ser feliz. Claro. Les voy a decir dos cosas entonces. Una es desganasé de esa idea, es pura basura. La otra es que tenemos que retener la idea final de "Into the wild". Espero que la hayan visto, porque no pienso detenerme en ella.
Vamos a esa frase entoces: "Happines is only real when shared". La felicidad sólo es real cuando es compartida.
No hacemos las cosas para nosotros mismos. No somos sólo para nosotros mismos. Es imposible tender únicamente hacia el adentro, pues esa idea de la meditación no es más que un intento pobre de vivir lo que realmente es meditar.
La soledad es algo necesario, no lo vamos a negar. Yo de hecho disfruto mucho de ella, pero no caigo en algo tan estúpido como pensar que solo quiero ser yo en mi mismo y nada más. Todo ser humano pretende trascenderse, y, sabrán disculpar -o no, me importa un pepino- lo desordenado de mi exposición, la trascendencia es siempre por y para el otro.
De hecho, los otros son una forma de ser que tenemos. Lo que pasa es que tenemos que echar a la basura eso de partir las cosas como si no compartieramos la carne, el espacio, el humo de los cigarrillos, la transpiración de un recital o los cubiertos de un restraurant. Como seres, nos extendemos en la misma existencia que hace ser a otros. Y es entonces que la comunicación es inevitable.
Llegué. Perdón por lo retorcido de todo esto, es que ya saben, tiendo a complicar lo simple.
La comunicación es entonces la forma de ser nuestra, y la forma en la cual podemos alcanzar nuestra felicidad. La comunicación, ese hecho tan inevitable, es lo que nos mete a nosotros dentro de nosotros mismos, pero que también logra sacarnos como si intentaramos cruzar la frontera de nuestras frentes. Nada pasa por uno solo, sino que pasa por momentos, instancias que transcurren "entre". No nos es posible precisar ese entre, porque no nos es posible precisar exactamente donde está el otro y donde estamos nosotros. Entre, en realidad, somos todos de alguna manera.
Es por eso que todo esto que vemos de la comunicación es tan... porque digamos que de acotado no tiene nada, ¿no? Que no podamos valernos de precisiones no significa que tengamos que abandonarlas. Creo que la comunicación es la esencia del hombre simplemente porque al hombre le es imposible ser sin comunicar, y le es imposible no estar hablándole a los otros y al mundo, a las cosas y al cielo y a las botellas, y pajaritos que vuelan por ahí. La relación existente lo pone en esa situación. Contexto, o algo por el estilo, podemos decir.
Ahora, yo digo estas cosas ante ustedes, a quienes no identifico pero sé que están, y no por eso estoy hablando solo. Ustedes me escuchan, o leen, o como prefieran -aunque, revisen sus cabezas, saben que me están escuchando-, y se dan cuenta de que esto que los rodea es inevitable.
Lo que pasa es que la comunicación hace tiempo es un problema filosófico, bastante grande por cierto. Compartir, poder comunicar, decir, escuchar, es todo lo mismo. Se trata de formas nomás, pero estamos siempre en la misma: la plenitud no es más que un instante de armonía dialógica con lo que nos rodea.
En fin, seguro tienen sus desacuerdos conmigo. Es sano que los tengan, porque sino diríamos todos lo mismo y entonces esto se volvería un monólogo. Es ahí donde no tendríamos comunicación, y todo dejaría de ser. La liquidez de lo que nos ocurre, entre la marea, es lo emocionante. El tiempo o es creación, o no es nada, dijo un Castor muy sabio.
(Sale por el mismo lugar que entró, luciendo una sonrisa irónica, como quien acaba de hacer una observación a un no tan conocido que le cae mal)
Publicado por T. en 23:53 0 comentarios
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