I
En el medio del escenario, sentados alrededor de una mesa, se encuentran Orlando y Felipe. Ambos toman cerveza y ríen, no se escucha precisamente de qué. La decoración insinúa una taberna un tanto vieja, pero cálida, con luces ambar y telas rojas colgadas en el fondo. Sobre la mesa están los dos chops medio llenos de los personajes, uno más vacío, y una botella de cerveza empezada.
Orlando: Hubieras visto su cara... jajaja! Dijo que se encerraría hasta el mes que viene, que cancelaba todas sus actividades. Ni nos saludó, ¡se fue!
Felipe: Porquerías. Se ha ido de mambo con testo de la gripe. Ya ni observo sus mails. Ya ni atiendo sus llamadas. Está cooptado por la paranoia, su historia me tiene harto.
Orlando: Hablando de escritos, el correo de Allen fue un tanto rudo. Venía todo caldeado, ¿hacía falta tal intervención?
Entra Allen por la izquierda, llevando su clásica mochila cruzada. Luce un tanto preocupado. Se sienta rápidamente dejando la mochila en el respaldo, junto a los dos personajes. Toma el chop vacío y se sirve. Orlando y Felipe lo observan.
Allen: ¿Qué?
Orlando: Pues, ingresaste así nomás, con esa cara... Nosotros somos los que estamos preguntándonos "¿Qué?".
Allen: Queridos compatriotas, tengo la teoría de que... tengo la teoría de que me han saqueado. Se han llevado algo muy importante para mí. ¿No lo notaron? En realidad creo que me lo han quitado el pasado viernes. Mmm... Eso explicaría lo poco sutil que fue esta semana.
Felipe: ¿Qué? Hace rato que no noto nada. Notar las cosas sólo me llevó al extravio. Que es precisamente un estadío en el cual uno no nota las cosas, viste. Creo que es una cuestión de equilibrio, tenemos que pedir otra cerveza.
Felipe hace señas a fuera de escena, para que le traigan otra botella.
Orlando: ¿Otra de tus teorías?
Allen: Otra de mis teorías... mirá, es obvio. Es obvio, y vos deberías haberte dado cuenta también. Pues me robaron la creatividad, hermano. Ya está, no la tengo.
Orlando: ¿Qué? No puede ser. Te preocupás al pedo, no creo que nadie se haya llevado eso.
Allen: ¿Te parece? ¿Y qué ocurre si te digo que ya no está? Ya no la hallo donde siempre la dejo...
Orlando observa molesto. La moza aparece por la izquierda, les deja otra botella de cerveza. Felipe se sirve de ella precipitadamente, luego le sirve a Orlando y simultaneamente comienza a tomar de su chop. Allen, con cara de repentina iluminación, saca un papel del bosillo. Anota algo en él con una birome.
Allen: Es simple de demostrar. Mirá, tenés que decirme qué escribí aquí. Es completamente predecible.
Orlando: ¿Qué?
Felipe: Escribiste "Malditos Jonas Brothers".
Allen muestra el papel. Orlando y Felipe lo observan, luego se miran entre sí.
Orlando: Malditos Jonas Brothers... no sé por qué pero estuve a punto de decir algo por el estilo.
Allen: ¿Ven? No digo pabadas, es así como digo. Encima yo...
Orlando: ... dependés de eso todos los días, es una de tus principales preocupaciones. No te preocupes, tampoco es que se vaya a acabar el mundo porque tu marketing sea predecible.
Allen: ¡Sí! Soy completamente predecible. Hasta podés vos terminar mis frases, no hace falta que diga las cosas.
Felipe sigue tomando de su chop, con los ojos bien abiertos, mirando a Allen. Este se termina de un trago largo su bebida y vuelve a servirse. Levanta el chop, mira como el líquido amarillento se trasluce.
Felipe: Pensás que en una de esas lo tenga... ¿July?
Allen: Sí, sí. Ya pensé todo eso. Es obvio que pensé eso, que es así, que tengo esa idea. Que es completamente predecible que tenga esa idea. Claramente, pensé en ella porque hace rato que no sé quién es, y por otro lado, era algo que ella siempre destacaba de mí.
Orlando: Pues debes pegarle una visita, ¿no?
Allen lo mira, hace un gesto de "bueno, si no queda otra". Se termina su chop de cerveza.
Allen: Deberíamos haber pedido cerveza negra...
II
Una muchacha plancha, mientras escucha música de jazz, a un volumen moderado. Canta de vez en cuando, y hasta le sale algún pasito. Por la derecha ingresa Julieta, caminando pero sin mirar, observando unos cuadernos, anotando cosas. Parece que está haciendo cuentas, está muy concentrada en lo que está haciendo.
Suena el portero. July no lo oye, así que algo molesta, la muchacha va y atiende.
Muchacha: ¿Hola? Sí, Ah. Emm, sí está. - Le hace señas a July, que no registra nada de lo que pasa-. Aguantá.
Cuelga el portero. La muchacha mira a July, que continua leyendo absorta sus cuentas.
Muchacha: ¡July! Hey, hooola.
July: ¿Eh, qué? La música no me deja oir.
Muchacha: Bueh... Es para vos. Allen está abajo, toco el timbre. ¿Lo hago pasar?
July: Eh...
Julieta se ha quedado un tanto sorprendida. En realidad no dabe qué hacer. Sin mirar lo que hace deja su cuaderno sobre la tabla de planchar. Ent0nces vuelve a sonar el portero.
July: Uuu, ok, ok, voy voy. ¿Hola? Allen. ¿Qué pasa? Sí, estoy... ¿Que necesitás qué? ¿Y yo qué tengo que ver con eso? Mm, mira, no puedo ahora. No, en serio, estoy ocupada. Sé que es importante, bueno, pero... Mirá, si querés te llamo a la noche a ver como... Ahora no, por favor, que estoy en medio de una cosa. Que noooo. No me digas eso. Puf... Te llamo a la noche, en serio. Chau.
Logra colgar el portero. July se queda pensando, mirando la nada. La muchacha sigue planchando, mientras mira de reojo qué hace Julieta. Nada, no responde. Finalmente levanta la mano, en un llamado un tanto grosero, para que se lleve su cuaderno. Julieta la ve, se apresura a tomar su cuaderno, pero antes de irse lo deja sobre un banquito.
acto 1
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Las imprecisas
I
No sé por qué mencioné mi pésima memoria. Ella contestó "por favor, acordate de nuestros lindos momentos".
II
París me parece hermoso. Siempre quise estar aquí, y aunque no te conocía la primera vez que vine, siempre quise venir con vos. Entonces vos dijiste que se trataba de "Buenos Aires, pero atavesada por el Sena y con una torre de metal en el centro". Me tomaste por sorpresa. Tan espectante, tan ilusionada. Y vos me decís eso.
Todo eso fue después de la borrachera que me agarré en ese pub, porque vos pediste esa cerveza tan fuerte. Tomé dos sorbos, y me cayó de lo peor. Eloise se rio cuando le conté. Se imaginaba cómo vos me tuviste que llevar arrastrándome por las calles de París hasta el hotel. Me gusta parecer tan desequilibrada con vos, porque tengo la libertad de hacerlo. Total, vos estás, me llevás, amás a mi desequilibrio como me amás a mí.
Entre risas pudimos entrar en la habitación. Creo que ni llegué a desvestirme. Siempre dijiste que tengo el sueño fácil. Tenés razón.
III
Ahora me siento bien, no se preocupen. Tampoco es que iba a estar herida toda la vida, simplemente son cosas que suceden. Ya volví a salir los fines de semana, dejé de llamarla a mi madre a las dos de la mañana para decirle que me sentía mal. Además estoy comiendo menos, porque la depresión me estaba matando.
Cuando realmente me sentí superada fue cuando Pablo me invitó a salir, y me di cuenta que sí, que quería salir con Pablo. Un muchacho atento, creo que siempre me estaba esperando, pero como yo estaba de novia se portó como bien. Incluso cuando terminé con Paliers me dio un tiempo, me dejó tranquila. Cuando le conté pensé que iba a darme la razón en todo. Nada que ver, simplemente escuchó, opinó sobre algunas cosas, me explicó otras.
Entonces ahí estaba yo, con esa sonrisa boba que suelo poner a la tarde cuando salgo del estudio. "Otro boceto devenido en pieza". Tal como me había comentado ese otro sujeto -al que quiero mucho-, un día resulta que hace seis meses que dormís con alguien a tu lado. Bueno... no seis meses, pero...
Pero bueno, me desvié. Ahí estaba yo, con esa sonrisa boba. ¿Vieron cuando una no siente el peso de su historia? Como si me hubiera liberado de esa lágrima que no terminaba de caer desde mi cachete. Bailando con Pablo. Eso es lindo. Realmente lindo.
El otro hijo de puta me manda un mensaje: "todavía no descolgué la foto nuestra en Cataratas". ¿Para qué necesitaba esa notificación? Rompí a llorar instantáneamente. No tenía más ganas de salir, y pedí pizza en casa como cuatro días seguidos. Además, le daba explicaciones a Pablo. No sé ni qué dije, pero sé que... un pasito para adelante, dos para atrás.
IV
- ¿Vale la pena? -pregunté- Tengo miedo. Sinceramente tengo miedo, no sé qué pensar de vos, de mi, de tus modos contra mis ideales... -entré a reir, un tanto nerviosa- ... ideales. Me molesta que me digas esas cosas, ¿quién te crees para quererme? Un desubicado sos.
- Es que... estás tan en tu lugar que me sacás de quicio.
Siempre tenemos este tipo de intercambios en los que yo protesto y él me señala a mi como la culpable. Es nuestra química, nuestros besos son eléctricos porque no son del todo acordados, siempre tienen un elemento sorpresa.
- No sé cómo decírtelo, pero aún no. No me siento segura. No sos vos, s... perdón, casi caigo en tremendo cliché. Lo que quiero decir es que no me gusta pensar que no vaya a funcionar. Y sé que pensás que soy una pelotuda por decirte esto.
- Claro. No puedo obligarte.
Odio cuando se da por vencido tan fácil. ¿Es que acaso te quedaste sin argumentos? Hay veces que me pregunto por qué te sigo escuchando. "No quiero obligarte". Quedate tranquilo, que no podés obligarme, eso ya lo sé. Pero me guardo todo esto que pienso y digo...
- Gracias por entender.
- Sí. Entiendo, aunque sabés perfectamente que nuestra "amistad" jamás será tal. Por otro lado, no me decís nada. ¿Tanto miedo me tenés? A veces pienso que en realidad me tenés por otro, que no te interesa quien soy. Lo que sea.
Le gusta decirme ese tipo de cosas e irse. No lo voy a detener. Lo detuve en el pasado, no me dio resultado. Es hora de que aprendas a esforzarte por mi.
V
Tengo ganas de darte un beso de más y salir impune. Tengo ganas de que antes de que se detenga el tren hayamos finalmente chocado. Ya nos descarrilamos, cariño. Ya me lastimaste, yo te voy a lastimar. ¿Podríamos, no? La próxima estación es Olivos, apurate. Nos acercamos. ¿Que vamos a hacer, como si no sintieramos nada?
Eso. Sabemos que pasan cosas aún. No te acepto que me ignores, pues todavía no soporto -es más, me enoja- saber que soy tu pasado.
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Etiquetas: anonimos
Coherencia (II)
Mientras mi coherencia vuela vaya a saber dónde, Lisa logra reirse un poco. No sé qué convicciones la llevaron a eso, pero ahora comprendo un poco cómo terminamos acá. Al principio la miré, quería enojarme pero no podía. Mi coherencia hacía rato que no importaba, no así lo otro.
- Entonces, no la tenés vos...
- ¿Qué? - dijo ella, entre risas-. ¿Qué puedo tener yo tuyo? Además, vos tenés también algo mío. Jamás lo reclamé. Jamás te pedí nada. ¿Es justo?
A veces pienso que hay algo que ella no me perdona. Tampoco entiendo tanto por qué. De alguna forma, ya perdí el interés. Volví sólo por eso... Pero me ha disparado una pregunta: ¿yo tengo algo de ella?
Entonces busqué en mi cabeza, miles de pedazos. El barco, todo me llevaba al barco. Lisa me miraba, me decía "sabés de lo que te hablo". Claro que sé, pero no me acuerdo. No lo tengo del todo claro, es más una intuición que una certeza, más una silueta borrosa que una foto en alta resolución.
- Claro. Te confieso algo, me hubiera encantado poder llevarme esa tristeza tuya. Pero creo que me equivoque, por eso no lo tengo en claro. En mi mano estaba, parte de su inocencia.
- A eso me refiero. Mi tristeza no me la podrán quitar jamás. Pero si hay algo que te llevaste fue mi propia navieté. ¿Sabías que podés lograr que la gente se sienta un tanto estúpida? ¡Y encima no tenés la culpa! Hay momentos en los que lográs esquivar toda responsabilidad de los hechos.
Le tendí la mano para que tomara su inocencia. Ella miró, se rió. Era obvio que no la quería. "Jamás te pedí nada". Tender la mano hacia la nada es algo que ya me tiene mal acostumbrado. No me sorprende, y menos de ella. Pero tampoco me siento triunfador.
- Pensás que todo es diferente desde ahí, ¿verdad? - le dije-. Ahora estás más preparada, o te deshiciste de eso que te molestaba. Pues no te das una idea, Lisa...
Simplemente me vi alzar la mano, dejar su pluma volar, la pluma de su inocencia, blanca, un tanto despareja. Y flotó, se fue lejos, parecía escabullirse por los edificios, en busca de alguna idea sutil que alimentar. Ambas plumas se copertenecen. Fueron extraidas al mismo momento, bajo la misma quimera. Antes de partir hacia la escalera, de retornar al mundo, continué mi frase:
- ... no te das una idea, de cuánto te equivocás.
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Etiquetas: Lisa
coherencia
(Perdón, es que no se me ocurren cosas. Esto es parte de una escena que se elucubré hoy)
Simple, efectiva. Ella puede ser tan fría cuando quiere. Aunque la conozco, sé que las cosas no son tan como ella las pinta, que Lisa es simplemente una idea que se me escurre por la cabeza a la hora de pensar en "oh, una fachada". Pero ahora luce un tanto enojada, un tanto molesta, porque sabe que vine a buscarla, que ella tiene algo que es mío y que preciso...
Nuevamente coincidimos en cualquier lugar de Buenos Aires, en cualquier fiesta de cumpleaños. Dejé a los chicos en el piso de abajo. Lisa se perdío por la cocina, se metió por el lavadero, subió las escaleras, está en la terraza. Qué descaro, ni siquiera es su casa. Qué estúpido, me siento en una misión secreta al querer alcanzarla. La necesito sola.
Tengo que llegar a la terraza, pero la pesada de (no recuerdo el nombre) me sigue hablando de algo así como...
- ... proyectos online. Vos lo debés saber, tanto tiempo lidiando con esos cuentas, esos clientes, esos vende patria. Yo soy una persona muy esquemática, no quiero que me saquen de mis casillas con que...
- Claro - contesto-.
No me interesa la conversación en absoluto.
No quiero que nadie se entere dónde estamos. Seguro vos tampoco, ¿no Lisa? La terraza es tan tuya, pero no te preocupes, aquí voy, aquí vamos, aquí estamos. Creo que terminé la conversación con un cordial "me tengo que ir". Entonces: cocina, lavadero, escaleras... dejé una escoa cruzada, como un símbolo de "no pasar". Me sentí uno de la guardia urbana implotando por autoridad. Finalmente, terraza.
- Algo que vos y yo compartimos son las escapatorias, ¿sabías? - escupí mientras ella no me veía.
Lisa se dio vuelta repentinamente. Estaba fumando.
- Ah, sos vos.
- Bueno, tenés que entender que tu refugio no tiene nada de inviolable.
- Allen, ya sé que no estás de acuerdo, pero la verdad, no tengo ganas de hablarte. Nunca más. Ya sé que vos hablas de accidentes, de choques, de cosas que suceden, pero bueno. A mí me cuesta más que esas explicaciones entender las cosas. Seré estúpida...
- No sos estúpida, para nada...
- O seré simplemente rara, pero la verdad es que no tengo ganas de sermones.
- Sermones no - dije-. Pero creo que tenés algo mío, Lisa. Sabés perfectamente que te llevaste algo que no es tuyo. Puedo entenderlo, son cosas que pasan, sobre todo cuando ambos nos accidentamos. Pero no entiendo que no hayas intentado siquiera devolvérmelo.
Caigo en un detalle. Ella no puede tenerlo. Pues lo perdí hace poco, y ella hace mucho que no aparece por mis pagos. Garrafal error, me lo merezco, pero acabo de hablar.
- Bueno, sí, tengo algo tuyo. No sé. No lo devolví porque me pareció linda en cierta forma, tan... ordenada, tan... simple. Por otro lado, cuando pasó lo nuestro me dio rabia, aunque no fueras tan culpable. Rabia con eso, con tu coherencia, y entonces si había fallado decidí que no te la quedaras.
Eso. Mi Coherencia. Lisa no tiene lo que busco, pero tiene mi coherencia. Cierra perfecto, claro. Desde hace un tiempo que la he perdido, lo cual es lógico. Ella la tiene.
- Bueno - la increpo-, sería bueno que me la devolvieras.
- ¿Sería bueno que te la devolviera? Chanfle, no tengo ganas - saca su mano del bolsillo, tiene el puño cerrado-. Tu coherencia, claro, acá está, pero... ¿Para qué la querés, si no funciona?
Probablemente fuera cierto. Pero de todas formas, no me gustaba que ella se la hubiera apropiado así nomás. Es una cuestión de principios. Si quiero ser incoherente, quiero que sea por elección, no porque alguna me robó mi coherencia. Entonces me aproximo a ella, que me mira tranquila, sin deseo, sin excusas. Expuesta en su propio terreno, en terraza ajena. Ella es visitante en todos lados, por eso se mueve siempre como si fuera local.
Su puño cerrado. Intento tomarla del brazo. Ella se resiste. Me desafía, sabe que no quiero que esto pase a mayores. Entonces me provoca.
- Lisa...
Tomo su muñeca, quiero que abra la mano, que me de mi coherencia. Ella me golpea en el hombro. No me duele. Si hubiera querido lastimarme hubiera hecho otra cosa mucho más predecible. Pero no, elige perdonarme. Ella tampoco quiere escándalo después de todo.
- ¡Soltame!
No puedo obedecerla.
- ¡Basta! ¿Para qué? ¿Para qué, Allen? ¿Para hacer cualquier cosa otra vez? No somos nada, no sos nada. Pero perfiero que te pierdas intentando alguna locura con pretexto de incoherente, antes que te vuelvas a resguardar sobre esto.
- Abrió la mano, la ví, mi coherencia. Sí, la recuerdo, mi coherencia, esa especie de estructura, de efecto de seguridad perpetuo, de idea de la vida clara y elocuente.
Intento agarrarla, pero ella escabulle su mano, la hace girar. Ríe, se deja ir, da vueltas, parece borracha. Intento agarrarla, pero soy un acto fallido en una noche cuyo éxito no acepta reservas. Si creo que voy a obtener lo que quiero, me equivoco.
- Allen, pará, no deberías. Esto -señala a mi coherencia-, es una mentira Allen. No te sometas a esto. Entiendo lo que quieras, menos lo que vos querés.
- Lisa, no es algo que te toque decidir a vos.
Me acerco nuevamente, la tomo del brazo, ella se suelta, me da un beso en la frente pero huye. Entonces, llegnado al borde de la terraza, en el límite con la casa de al lado, ella se detiene. Me mira, me ha clavado los ojos. Sostiene a mi coherencia con su mano izquierda, la agita. Es escuchan las voces de la fiesta, una canción, el barullo.
- Allen - decreta Lisa- Esto se va... Mirá, se va.
Entonces arrojó mi coherencia al aire. Flotó. Hubiera querido saltar para agarrarla, pero volaba como una pluma. El aire la hacía bailar, seguía yéndose, escapándose. Lisa y yo la mirabamos alejarse por la noche nocturna como una pluma que se ha escapado, vaya a saber a dónde llegará.
De todas formas, no era lo que pensé Lisa tenía de mí.
(esto debería ubicarse hacia la mitad de lo que sea que estoy tratando de escribir)
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Etiquetas: Lisa
La inquietud de sí
I
- Según Séneca, uno alcanzaba una madurés en la vida al llegar a ese punto en el cual podía ver la naturaleza desde arriba, como si pudiera ubicarse en un punto central y elevado que le permitiera observar con mayor lucidez todo. Era el punto donde la inquietud de sí alcanzaba su resolución. Uno no llegaba a resolverse a sí mismo haciendo una introspección, sino todo lo contrario, logrando una perspectiva que le permitiera ver el plano entero, del cual uno forma parte. Supuestamente, en ese momento el hombre se da cuenta cuán pequeño es...
- ¿Se trata de una verdadera plenitud? ¿O no será simplemente un artilugio?
- Es al menos la explicación que extraigo de La hermenéutica del sujeto... claro que, nunca fui un lector atento.
II
Cada tanto las elecciones me llaman a provincia. No hago el cambio de domicilio porque me niego a vivir formalmente en tierra de Macri. Bah, ahora no tiene tanto sentido. Orlando y yo coincidimos en el Huerto de los Olivos, bajo la consigna de "votamos y luego vamos a la parrillita de Yrigoyen y Maipu".
Él votó en la mesa 19. Tardó diez minutos. Pero mi suerte es cabezadura para algunas cosas, sean los comicios o sean las mujeres. Me llevó una hora y media alcanzar la urna de la mesa 15. Orlando decidió atar su espera a la mía.
Allen: Me tienen las bolas llenas con los barbijos y el alcohol en gel.
Orlando: Paranóicos.
Allen: Che, bueno, -cof cof cof - te puedo contar de mi viaje a México, la verdad que muy lindo.
El viejo de atrás levantó la mirada, mientras yo tosía un poco. Alguna que otra mirada desprevenia habrá entrado en estado de alerta, mientras Orlando contenía su risa en una sonrisa.
Allen: Igual, hoy me tomé unos cuantos ibuprofenos, cosa de bajar la tremenda fiebre que tengo. Además, las articulaciones. Oh.
Orlando: Menos mal. Además, ante todo hay que ejercer el derecho democrático al voto.
Allen: Claro.
Tuve un breve ataque de tos. El viejo abrió los ojos espantado, pero simplemente se fue.
Orlando: Boludo, pensé que se armaba.
Allen: Tranquilo. Además, tenía cara de que iba a votar a De Narváez.
III
"Sólo tengo que ir a buscar a alguien adentro, salgo de toque", decía Oliver, estirando el cuello para ver algo de lo que ocurría en el boliche. El patova no le daba chance. Emma estaba adentro, entre fiesta, y él, como un idiota, buscándola. ¿Pero qué buscar cuando todo se ha terminado? "Estoy un tanto a la deriva", pensó Oliver.
"Odio Kimia", exclamó Oliver, mirando el cartel de neón azul. O se iba o se patinaba 25 pesos en la entrada, para buscarla a ella. Entonces le sonó el celular.
-¿Estás en cualquier lado? - preguntó Allen -. Este tipo de desvaríos son parte de mi libreto, pero sos vos el que está allá en busca de Emma. Yo no estoy donde está Day para nada.
- Claro. Puede ser. Sólo me urge hablarle, nada más. Aunque no sé exactamente cuáles serán mis palabras.
- ¿No sería mejor inventar aunque sea un borrador de lo que vas a decir?
- Siempre tengo borradores en la cabeza - contestó Oliver -. Pero esta noche la dibujo toscamente con crayones. Creo que esta noche es gris, ¿no?
- Mmm... Yo la siento azul. De ninguna manera gris, estás equivocado, hermano.
Oliver se puso a hacer la cola para entrar. Genial, perder el tiempo y el dinero, pensó. Un rato antes de entrar aparecieron Allen & Orlando & Felipe. Una especie de comité de ayuda o de junta que no sabía a dónde ir. Entraron los cuatro sujetos.
- Creo que estuve aquí -decía Allen -. ¿Esto es Katmandú?
- Kimia, se llama Kimia - contestó Felipe mientras divisaba la barra.
Oliver no podía evitar olfatear a Emma, percibirla en cada sombra que bailaba adentro del boliche. Ilusiones ópticas, de aquellas de las que habían hablado con Allen hace no tanto tiempo.
¿Está? - preguntó Orlando. Seguramente él estaba un tanto disgustado, pues no estaban donde quería. Además, seguramente se sentía obligado con respecto a Oliver.
- Pedime una Quilmes Bock - apuntó Allen a Felipe que ya estaba acodado.
Oliver buscaba, su mirada parecía rastrear todo el lugar, reincidía en los rostros, en las tonadas que cada una de ellas gesticulaba a su manera. Ninguna era Emma. Ella gesticulaba de una forma que él distinguía a años luz, no necesitaba ver sus modos para percibirlos.
- Estamos acá. Abandoná la búsqueda frenética, ya aparecerá - le dijo Allen. Ninguno de los dos creía que fuera psíquicamente posible.
- Me lo decís como si fuera así de fácil - dijo Oliver-. Creo que ahí la veo, al costado de la pista.
Entonces Allen vio cómo con toda decisión, pero sin palabras con las que munirse, Oliver se dirigió a Emma, que charlaba con otras dos amigas, o quienes fueran.
- ¿Da? - preguntó Orlando-.
IV
(sin conexión con Oliver ni el hecho anterior).
- Creo que te extraño, ¿vos no?
- Lo llamativo es que ante todo, te extraño justo cuando te tengo enfrente.
- Sí, es raro. Es que en realidad, el problema surge cuando nos volvemos desconocidos. Eso es lo que pasa. La imagen que queda grabada en nuestra memoria no se corresponde con el ser de carne y hueso que tenemos adelante. Cada uno tiene su historia personal, pero hay un pedazo de ella que siempre compartiremos vos y yo.
- Eso pensé. Aún te sigo reconociendo a la distancia, como si te detectara, como si mi cuerpo se diera cuenta de que vos le estás respirando cerca. No te das cuenta, pero tenés mucha fuerza, tanta que sacudís el aire con una sutileza capaz de golpearme a mí solo.
V
(Vuelta a la escena anterior)
Mientras vemos a Oliver entablar una conversación con Emma, nos esperamos el resultado del escrutinio.
- A veces, cuando creemos que todo está perdido, damos vuelta la cosa- decía Orlando-. En una de esas hasta vuelven.
- ¿Para tanto? - contestó Allen -. Esto me suena demasiado a un dislate, demasiado a algo que yo haría.
- ¡Maduren! - Felipe estalló -. Será una charlita, ahora lo tenemos de vuelta.
Efecticamente, Oliver retornó, mucho más rápido de lo que esperabamos.
- No es ella - informó a modo de primicia-. Me confundí.
- Las luces engañan, no te sientas mal - contestó cualquiera de los otros tres sujetos.
VI
- Es que Séneca, creo, no estaba tan lejos. Creo, cuando lográs una mejor percepción de vos mismo, es cuando otros te ayudan a levantarte un poco. Lo que obviamente le discutiré es que eso sea definitivo y sólido. La inquietud de sí sólo se revela, y debemos coincidir al menos en eso, cuando vivimos, esa especie de comunicación universal que...
- ¿Volvemos a eso del tejido de la carne?
- Volvemos...