La lucidez

lunes, 29 de octubre de 2012

I
Oh, yeah, clever boy, you coming back home wasted, as I have to watch what's left of you bump into the living room. You are clearly drunk, you can barely talk, but you insist "everything's fine, sunshine".

I wonder where were you. I wonder how you managed to get back home. I know that you drank tequila, obviously large amounts of beer. I am sure that at some point of the night, the dj played Wonderwall and you started jumping around like a moron...

You know it hurts a little bit to call you a moron... don't you?

You walk, trying to reach the room. You can't walk straight. I look at you and I am angry. I wish I wasn't, but I am. And it's funny, I'm not mad about you being drumk. I am mad because you are drunk and, this specific time, you were supposed to come to my place.

You did. You are a man of your word.

But I didn't expect this. I expected my boyfriend to come home in good shape.

You walk towards the room, you say something like "lesht gotobed, honay". And I don't know. You are drunk, I can't kick you out. You are going to be asleep in thirty seconds. And I hope my mood swings, and I can go to sleep too. But tomorrow we are having a nice conversation, be sure of that.

Sometimes you behave like a brat, Jimmy.

II
Puede ser que lleves una vida saludable, que comas verduras, que no te guste comer demasiado embutidos ni congelados. Puede ser también que no comas tanta carne roja, que seas más de comer pescado y pollo. Tus niveles de colesterol pueden ser más que óptimos, tu metabolismo puede ser un relojito.

Puede ocurrir que desayunar frutas todos los días sea uno de tus placeres, que odies las frituras y que te encante fibras y cereales y esas cosas.

Puede ser que incluso tengas una especie de hábito por lo light y el L. Casei Defensis, que tengas una dieta rica en hierro y vitaminas, no eches de menos los azúcares.

Puede ser que hagas ejercicio casi a diario, que lleves un ritmo de vida descansado y sin stress. En una de esas sos de esas personas que lleva bien la rutina, que ha logrado acomodar los cánones de su vida al cronograma del hombre, un ser de hábito.

Y por más que hagas todo eso, sea por genética o por algún accidente histórico del que no te percataste, un día podés tener cáncer.

III
Pasaron cinco años:

Allen Jana había llegado como un meteorito a la casa de Esthershack, en plan de permanecer la noche en una fiesta en el SUM de su edificio. Cuando se encontraron en el jardín, ambos estaban en una entonación media. Esthershack charlaba con Charlie, uno de sus amigos de vaya a saber dónde.

- Hola, Hola.

Esthershack y Jana observaron la situación, un salón repleto y ellos esperando a Orlando, Bob y Oliver. Adicionalmente, había que convencer a la host de la fiesta de que permitiera el ingreso de todos gratis, ya que a último momento se le había antojado cobrar entrada.

- Bueno, ok, pero traigan bebidas - dijo la anfitriona, que en seguida miró por encima del hombro de Felipe para dar con una recién llegada amiga suya. Y justo cuando iban a ocurrir las presentaciones:

- Hola, ¿Allen? - dijo July.

El intercambio de miradas fue letal, era evidente el pedazo de historia que había resurgido en ese preciso instante. Se miraron con clara sorpresa, y el tiempo se detuvo durante unos segundos. Felipe miraba desde afuera, mientras se acercaba su amigo Charlie, quien también había percibido el congelamiento temporal.

- ¿Se conocen? - dijo Charlie, tomando a July por la cintura.

Las miradas continuaban siendo evidentes. Esos dos no sólo se conocían, sino que...

- Estás igual - continuó July -. Aunque con barba, pero igual.

Llegaron Orlando, Bob y Oliver, que contemplaron la escena y se dieron cuenta que efectivamente el tiempo había sido congelado.

July estaba casi igual, aunque bastante entrada en peso. Mientras Charloe explicaba que la había conocido justo cuando ella terminaba la carrera, Allen sonreía y trataba de no mirar demasiado fijo a su ex. Acto seguido, una ametralladora de preguntas de parte de Julieta, desde "¿En qué andás?" hasta "Supe que anduviste viajando" o "Veo que te seguís viendo con el salame de Orlando".

La troupe no duró mucho en la fiesta. Este hecho no tuvo nada que ver con el reencuentro July-Allen, sino conque tempranamente Felipe vomitó sobre el castillo inflable que la anfitriona había alquilado y entonces las cosas se pusieron tensas. Entonces fueron a Serrano.

IV
In & out of love.

O las incongruencias de la creación, porque uno toma elementos y constituye un sistema, algo que le permita avanzar.

El tiempo o es creación o no es nada.

Y sí la razón nos da los elementos para la creación con la condición de que los usemos contra ella misma, entonces:

no hay estabilidad posible, ya que los sistemas tienden continuamente a la ruptura, al desequilibrio, a autodestruirse. Qué dramático que suena, pero en verdad no debería ser así.

El problema del pensar paradigmático es que sabés que en algún momento, ese sistema de pensamiento va a perecer. O sea, es como si uno alcanzara la conciencia plena, el saber que en algún momento el caos retornará porque incluso las fórmulas que promueve, a la larga, tienden a la corrosión sistémica.

Y el otro día me desperté en pleno sueño, todo transpirado, agitado, con el corazón a unas 130 pulsaciones por minuto. Y dije:

"Fear of losing someone is perhaps the most common way of losing someone".

Aún no lo puedo conectar a un texto mayor. De momento, será Jimmy el que le diga eso a Bayton, porque vieron que Bentham tomó un cuasi rol omnisciente en todo esto.

En fin, lo que quería decir es que la lucidez no es un beneficio. Por a o por b, estoy empezando a creer que es mejor directamente no saber. La lucidez se reconoce como no infinita, espera su crisis y sabe que no puede hacer nada más que provocarla

Solíamos salir a cenar los viernes

lunes, 22 de octubre de 2012

(En 2006 escribí esto. No pienso corregirlo. Besos.)


-          Recuerdo que solíamos salir a cenar todos los viernes. Nos encantaba. Teníamos nuestra listita de lugares habituales, y según el antojo, íbamos a cenar a tal o cual lado.
-          Tenés como cierta melancolía por ese tipo. Tanto lo reprochas, pero ahí está – y le señaló la cara sonrojada - , ese gesto me demuestra que todavía lo querés.
-          Obvio que lo quiero. Eso jamás lo dudo.
-          Pero sin embargo, hace media hora que lo único que haces es despotricarte contra él. ¿Es relator me dijiste, verdad?
-          Si. Se fue a cubrir alguna de esas cosas. El fútbol de las Olimpiadas, o yo que sé qué corchos…
-          Ah… Lo debo conocer entonces.
-          Si. Pero tenemos un trato…
-          Nada de nombres. Sos una completa extraña para mí, pero sin embargo siento que te conozco tanto. El cuento que me contás siempre que nos vemos es un cuento incompleto, sin personaje principal y con escenarios vagos y borroneados por un autor que no quería privar al lector de las libertades de la imaginación. En realidad, como hablamos de estas cosas. ¿Hablás con alguien más? Alguna amiga…
-          No. El tema es que con vos, al estar ya reunidos de una forma clandestina, te puedo contar todo. Y encima ni sabés quien soy. ¿Cuántos años me das?
Meditó, buscando un número. Era algo difícil, pues ninguno le satisfacía. ¿Y si le pegaba? ¿Cuál era la diferencia? Seguro, jamás lo sabría. Y era mejor así. Su mano comenzó a recorrer lentamente las piernas de ella. Esa pierna desconocida, pero en ese momento vecina, incluso habitable. Era hermosa, pero se alejaba siempre al otro día. Podía pasar una semana sin que ella se dignara a llamarlo. Y de repente, el teléfono, ese endemoniado enano buchón, chillaba porque ella lo buscaba nuevamente, con ganas de abrazar un cuerpo extraño. Entonces, él entraba en escena.
-          Hmmm….
-          Me parece que estás pensando en cualquier cosa menos en mi edad.
-          38.
-          Yo me hago la idea de que vos tenés 42.
-          No pregunté, pero ahora ya sé que pensás de mi.
Si ella tenía ojos apagados, él lograba encendérselos un poco. El brillo de su juventud volvía por unas horas. A él siempre le gusto como los ojos de ella se perdían en los suyos. Lo único que ella necesitaba era a un extraño. Pero a esa altura, ella sabía que no podía conformarse con cualquier extraño. Él era su extraño, su amor que jamás flotaría en la superficie. Era su enamorado subacuático. Tanto le había costado encontrar a éste, que era apuesto y encima buena persona. La calle estaba llena de estúpidos, eso su historia lo había demostrado a cachetadas.
-          ¿No tenés miedo de que se entere? – Preguntó él.
-          No… es como si no me importara. Bah… no es que no me importe, pero siento que nada puedo hacer y que mi marido jamás se enterará o jamás le llevará el apunte. No me malinterpretes. Si hay algo que mi marido sabe es como tratar a una mujer- él le puso un gesto de molestia, pues odia que una mujer le diga que es otro el que sabe como tratarla-. Lo único que ocurre es que quizás eso se ha perdido un poco. No sé por qué se perdió, pero sé que ahora que él no está, yo quiero estar con vos.
-          Bueno que digas eso. Aunque por tus palabras eso de “se perdió un poco” me parece un fiel intento de rescatar a tu marido de la hoguera en que lo pusiste… o al menos un intento de que la llama lo queme menos.
Ella lo miró fijamente. ¿Se daba cuenta que la mano de él estaba casi en su entrepierna? Los domingos por la mañana eran geniales para quedarse remoloneando en la cama. El no había cesado de clavarle esos ojos negros, de tal oscuridad que daban ganas de meterse adentro y averiguar que pasaba adentro. Pero siempre, esos ojos negros le significaban a ella una distancia insalvable.
Su otro brazo pasaba atrás de su cuello y salía del otro lado, para descansar en el hombro de ella. Ambas cabezas se habían posado en la almohada la noche anterior, y allí seguían. Nunca habían hablado tanto de sí mismos. Era indudable que en algún momento los dos alternativamente habían sentido el deseo de revelar su nombre, de saltar del anonimato, con documento y todo, de mostrar toda su desnudez por completo, sin esconder absolutamente nada. Pero ambos se dedicaban a recordarse su pacto.
-          Nada de nombres – dijo ella aquella vez que se conocieron, hace tres meses -. No quiero saber quien sos. No me interesa quien sos, tu identidad. Me interesa el extraño que sos. Sólo quiero pasar mi tiempo con un desconocido y que no me pregunten nada.
-          Bárbaro. Así que te importa un pito conocerme, pero te va acostarte conmigo.
-          Parece que no entendiste. No es que no me intereses, sino todo lo contrario. Pero tengo la necesidad de jugar con el anonimato, de desconocer los detalles básicos de tu persona. Llevamos hablando casi una hora y media y ni sabemos nuestros nombres.
-          ¿Y cómo te llamas?
-          No te lo voy a decir, y además te prohíbo que vos me digas tu nombre – le dijo acercando sus labios a los de él, pero sin llegar a besarlo. Era obvio que lo estaba provocando con gestos alocados.
-          Podríamos ser dos almas que sin nombre se identifiquen mutuamente.
¿Cómo había llegado a sus oídos que ella era casada con un relator de fútbol? Ella no se acuerda. En él, el recuerdo quedó tatuado en su frente. Ella terminó llorando como una condenada a la tercera vez que salieron. Ni siquiera se habían acostado, pero era cierto que se sentía como las cosas avanzaban al trote, agitadamente. Estaban en la puerta del departamento de ella. Ella quería invitarlo a subir. Él quería ser invitado a subir. ¿Era lo que debía ocurrir? Seguro. Nadie lo dudaba. Ni siquiera aquel relator de fútbol que se encontraba en Perú, para cubrir la final de Argentina – Brasil y que ya había pasado por más labios que una bombilla de mate.
-          ¿Qué dedos estarán rozando las caderas de mi mujer? – preguntó el periodista deportivo a uno de sus compañeros de trabajo.
-          Yo creo que los dos saben muy bien lo que hacen – fue la respuesta. – Y es bárbaro porque ninguno dice nada.
Si ahora ella se arrojaba, al menos por un rato, en los brazos de otro, no era su culpa.  No era de ninguno en realidad, pues así eran las cosas. Ella, vestida de novia y caminado hacia el altar, no se imaginó que necesitaría recurrir desesperadamente a otro hombre, que si apreciaba, simplemente no amaba.
-          Es mentira eso de “hasta que la muerte los separe” – dijo en tono reprochón. – A nosotros siempre nos separó River-Boca, la Libertadores y el Mundial.
-          Pero siempre volvieron a estar juntos. Yo creo que lo que intentó decirles el cura ese día es que estarían juntos como pareja hasta que la muerte los separe. Entonces, se reencontraran en otro mundo.
-          A veces decís demasiadas pavadas. No necesito que me expliques que quiso decir el cura.
En ese momento los ojos de él despegaron irremediablemente en un vuelo fugaz e irreflexivo. Estaban destinados a estrellarse de nuevo en el rostro de su amante, pero el vuelo continuaría lo más que pudiera.
-          No te ofendas.
¿A qué hora tenía que estar él en la reunión de mañana? Tendría que llamar a su secretaria temprano para que se lo recuerde. Odiaba molestarla. Sentía por esa otra mujer (su secretaria) una atracción que jamás confesó a nadie. Y era extraño, pues el siendo soltero y jamás casado, podría haber intentado algo. Pero allí estaba él, al lado de una mujer que no lo amaba, posando su mano sobre los muslos de una desdichada. ¿Y él no era desdichado? ¿No estaba parado siempre, rodeado de nadie? Las otras personas no eran para él otra cosa que puntos de vista, lejanos en la distancia, que le decían que tenía que hacer. Jamás les había podido hacer caso.
Una mano femenina se posó sobre su pecho y lo acarició. ¿Pedía perdón? ¿Era para tanto? No. Seguro que no hacía falta enojarse. Nadie en la habitación estaba enojado. El silencio inundaba el espacio, pero nada más. Él no tenía ya ganas de hablar del cura, de maridos en el extranjero, etc.
-          Amo a mi secretaria.
-          ¿Qué? ¿Amás a tu secretaria?
-          Eso dije.
-          Pero, ustedes no están saliendo. ¿O si? No me gustaría que le metas los cuernos conmigo a la mujer que amas.
-          Perdón… vos le estas metiendo los cuernos a tu marido conmigo, así que por qué no podría hacer yo lo mismo.
Ella lo miró sorprendido. Tomó aquel último comentario como una confirmación de que su amante estaba con otra. Él sabía lo que le había dado a entender a la mujer que yacía a su lado y no se preocupó por desmentir el malentendido. ¿Cómo sería amar a su secretaria, o más bien, ser amado por ella? Se sonrió sin darse cuenta.
-          No me esperaba que salieras con alguien más. ¿Hace mucho?
-          Tenemos un trato…
Los ojos de ella tuvieron que frenar ante la reserva de los ojos negros de él. Las dos oscuras esferas que le devolvían por fin la mirada, pero parecían más oscuras. Era como si aquel vuelo provocado por el recuerdo de las palabras del cura los hubiera quemado hasta volverlos carbón. Ella sintió que el levantaba la mano de su pierna. Ni se había dado cuenta, pero sintió la ausencia de aquella mano como quien siente a su verdadero amor partir.
-          Mi marido seguro debe estar con otra.
-          ¿Eso pensás?
-          Seguro. Si yo estoy con vos, ¿por qué él se va a privar de conocer a otra?
Los dos ojos oscuros se aproximaron a los de ella. Se besaron, sin siquiera ellos entender por qué. Los labios no importaban, eran los ojos lo que se besaban realmente. Esos ojos oscuros se habían acercado a esos ojos pardos. Cada globo ocular oscuro había tomado por pareja a otro globo ocular pardo. Querían danzar, un vals hubiera sido ideal. Ambos creyeron escuchar la música, pero los ojos no bailaron.
Los vidrios rotos cayeron al suelo cuando él separó su cuerpo del de ella y se sentó al borde de la cama. Ella miraba su espalda. Desde que lo había visto sin ropa la espalda de ese hombre le provocaba. Sentía ganas de tirársele encima por detrás y no dejarlo ir, prenderse a él como un animal salvaje a su presa. Pero en ese momento el animal salvaje estaba quieto, parecía domesticado. Era horrible que alguien hubiera domesticado a tan precioso animal. Lo mismo opinaba él, pero ella no tenía forma de saberlo.
-          Odio los domingos a la mañana – dijo él mientras se estiraba y un bostezo escapaba desde la garganta a la libertad.
-          Para mi están bien. Lo que si odio son los lunes a la mañana.
-          ¿Sabes cuando vuelve tu marido?
-          No… bah… mas o menos. Todo depende de cómo le vaya a la selección en los juegos.
Entonces él se volteó y sin mirarla le preguntó.
-          y… ¿Vos querés que la selección llegué lejos en los juegos olímpicos o pierda pronto?
Ella se levantó súbitamente y lo abrazó.
-          Quisiera que jueguen para siempre.
La respuesta le resultó extraña. ¿Qué tipo de persona deseaba que su amado no volviera nunca? Por más de que le gustara andar con otra gente y tener un amante, ella amaba a su marido más que a nadie.
-          En este momento – dijo casi entre lágrimas- quisiera deshacerme del amor que le tengo a mi marido. Vos me mirás como quien ha dicho una barbaridad, pero es así. Amo a mi marido, y quiero desembarazarme del amor que por él siento. No necesito amarlo de esta manera, necesito otra cosa.
-          ¿Y por qué no te divorcias?
-          No es posible. Estoy atrapada. No puedo decirle de separarnos. No quiero estar sola.
-          Estoy yo.
-          Si, pero vos estás con otra. Si pierdo a quien todavía amo nadie quedará para mí. Le temo a la soledad, pues ya no soy una purreta que puede levantarse a cualquier macho.
Hubiera querido reconfortarla, sabía qué cosas podía decirle para aliviarla, pero no lo hizo. Cualquier cosa que él le hubiera dicho hubiera sido en vano. Él sostenía que lo mejor que alguien podía hacer cuando se enfrentaba a alguien deprimido era dejarlo en paz. Ahogándose en sus penas. Una lástima que ahora le tocara a ella. La última vez que él la había intentado reconfortar se había enterado de la profesión de su marido y de los problemas que eso le acarreaba a la mujer.
-          Y vos… ¿Por qué estas conmigo si amas a otra? – Le preguntó ella.
Desde que se había enterado de lo de la secretaria, esa pregunta le hacía bochinche en la cabeza, pugnando por salir. No se había animado a preguntar, hasta ese momento en que los ojos negros ni siquiera merodeaban cerca de se figura.
-          Tenemos un pacto.
-          Yo te conté a vos. No seas así…
-          Ella no me ama. Yo lo sé. Lo peor es que ni siquiera sé a qué hombre pertenecen sus añoranzas y sentimientos. Es odioso no poder enamorarla.
Ella le tomó del brazo. Ahora se había sentado a su lado. Eran dos compañeros con tanto en común, pero no eran iguales. Eran los solitarios amantes de una ciudad que jamás les había demostrado cariño, que jamás les había preguntado como les iba en su casa o con el estudio, que a duras penas les había reconocido algún éxito laboral. La ciudad no los quería, pero tenía que soportarlos. La secretaria no lo amaba a él. A ella su marido la había engañado a los dos meses de casados. Ella había perdido un embarazo hace poco más de un año. Él logró, no sin apelar a toda clase de medios, que una ex novia suya abortara a los 19 años. Las vidas se perdían. Ellos estaban vivos, pero no vivían. Tenían la impresión de jamás haber estado realmente vivos.
-          Sos un hombre apuesto. Seguro que podes reconquistarla – le dijo ella para reconfortarlo.
-          No es solo cuestión de cómo me vea. Además, seguro que muchas mujeres, incluida ella, disiden con vos.
-          No me vas a decir como se llama, ¿no?
Los ojos negros le contestaron que no sin hacer absolutamente nada. Fue el no más silencioso del mundo.
-          Yo no te digo como se llama mi marido porque vos seguro que lo conoces. Al menos así no sabes quien es – se atajo ella, para justificar su propia negativa a revelar el dato.
¿En qué cambia eso las cosas?, pensó él. Era totalmente innecesario hacer referencia alguna a nombres. Esa habitación era la zona de veda. Nadie sabía nada de nadie, y sin embargo todos se conocían. Esa habitación era la imagen microscópica de una Buenos Aires desolada, tan viva y tan indiferente. El amor de la ciudad a sus hijos es indiferente.
Los dedos de ella jugaban en la alfombra del puso. Le encantaba rozar las yemas de los dedos contra la felpita. Era automático. Él le tomó la mano y se la besó.
-          Te voy a decir una cosa, – comenzó a decir él mientras ella le regalaba toda su atención, con un moño y el papel de regalo más bello que él había recibido en años – mas allá de que ciertamente mi vida no ha dado resultado, debo decirte que te quiero.
La afirmación no le cayó muy bien a ella. Entonces intentó frenar la declaración.
-          No me vas a callar – atacó antes él -. No te voy a decir que te amo porque no es así. Pero eso no quita que tenga sentimientos de cariño por vos, y sinceramente quisiera que estuvieras mejor con vos misma y tu marido. Es estúpido negar que me gustás, de alguna manera. No voy a negarlo. Deseo volver a verte. Si me querés sorprender entonces decirme que no me querés volver a ver, y entonces…
-          Te entiendo. Tenés razón.
Fue entonces cuando ella comenzó a mirar sus prendas. Era hora de vestirse. Los pantalones de él no pudieron esconderse durante mucho tiempo. La camisa le quedaba holgada. Se sentía más flaco que la noche anterior. Era como si hasta parte de su ser lo hubiera abandonado para irse con otra parte de ella, a algún lugar mejor. Ella se vestía, completamente ausente. De la habitación del hotel salieron dos personas huyéndole al destino. Ella volvería a su marido, para vivir el romance más insípido que alguien pueda contar. Él encontrará el lunes el mensaje de su secretaria diciéndole que se va a Nápoles con su novio, para casarse allí. Poco después llegó el telegrama de renuncia.

Mirar desde el otro lado de la pantalla

lunes, 15 de octubre de 2012

I
The other day I bumped into this article:




No big news, I mean, you don't need to be a scientist or a psychologist to know that. Yet, things that happened:

II
Jonathan Bayton is looking at Michelle's photos and stuff. It's nite. It's a living room with dim lights.

Bentham appears, out of nowere.

- Hey! Listen, gotta tell ya, no good.

Bayton jumps scared, and insults Bentham. He doesn't even know how this character got himself into his home.

- What are you doing here?

- Just visiting. Listen, let her go - he sits on the sofa-. I mean, you are not going to get her attention over Facebook, pal. Besides, that shit is CIA crap!

- Oh, yea. Get comfortable, make yourself at home! What are you doing?

Bentham looks around, as if he was checking that they were alone.

- The method is to erase the girl, Just, erase. If not, you get in trouble!

- What do you care?

- I have done some research and I can tell you that Facebook works like shit. If you visit someone's profile too much, it makes you appear to the other person as a "suggested friend". And if you already are a friend, then you start to appear on the other person's "like suggestions".

- Na, you know crap.

- Oh, no no, I am telling you the truth, As you may know I have multiple personalities here.

Bayton stands in front of Bentham, who is just sitting there. The first one is not surprise, is just a little bit upset. The second one is way too relaxed.

- What do you want?

- Do you also visit Jackie's profile? - Bentham laughs -. You gotta live with the fact that sometimes people just go away from your life. Or at least burn, burn yourself, tell her everything. Open up, burn. Go find her and tell her everything, be stupidly honest with her, be as dramatic as you can be, as you can feel. 

Bentham laughs. He maybe under the effect of some drug.

- Listen, i think that you are the one still thinking about Jackie. And I got the feeling that you are high and trying to let her go. Just go and talk to her.

- Can't.

- Why?

- I erased all means of contact. I changed my number. All bridges are down.

- Oh, I see. And now you regret it, you don't know what to do.

- Oh, don't worry. I expected this to happen. That's why you burn stuff, so you can't go back.

Bentham looks right at Bayton. Stands up. Hold his shoulder.

- Sorry, I am just trying to help.

- No need for that. Leave, please.

- Ok, ok. I can give you one piece of advice, though. Find someone that looks a little bit like her. Go for that, it works.

III
Pensalo así: es mejor imaginarte que la otra persona está mejor, que ha seguido con sus cosas. ¿Por qué? Por que es lo que, afortunadamente, sucede a fin de cuentas.

Quizás ahora tenemos un problema que antes no teníamos, que es que fácilmente podemos averiguar cosas sobre una o un ex. Rolland suele pedirme en ocasiones que le deje ver qué publica una ex suya, que hoy está más en contacto conmigo que con él. 

I must say, this is venom, Creo que al ver cómo se puso la primera vez, decidí que esa sería la única vez.

IV
- No es tan fácil cortar los puentes, ¿no? - le dije a ella.

- Es verdad, ahora parece que tenemos aún más chances de toparnos el uno con el otro accidentalmente.

- ¿No tenés esa sensación de que hay cosas que sencillamente tienen que ocurrir, que hay gente con la que necesariamente te tenés que cruzar en un momento X? ¿No te pasa que en verdad deseás algo con tanta fuerza, que cuando ocurre te sentís como si hubieras ejecutado magia?

Me miró sorprendida de que yo hablara de semejante acto de brujería. Yo, un racionalista en rehabilitación, estaba evidentemente teniendo un ataque de... iba a decir de lucidez, pero no creo que sea el caso.

Sonrió.

Yo sonreí otro poco.

- Perdón, suena idiota, lo sé.

- Ahora que lo pienso, me ocurre lo siguiente: pasamos un tiempo sin saber nada el uno del otro, y justo cuando por alguna cosa, me acuerdo de vos, aparecés.

En verdad quizo decir que pasa un período de tiempo en el que se olvida de mi, logra hacer de cuenta que no existo, y por motivo x algún detalle le recuerda a mi. Y entonces ella o yo, sin saberlo, cometemos un acto que nos lleva al contacto.

- Me siento un poco subversivo al haberte hablado y propuesto vernos acá.

El pequeño acto subversivo, ese pequeño primer paso tan difícil de tomar.

- Pensé en hablarte yo, pero creí que me ibas a morder, más o menos. Tuvimos momentos donde no nos tratamos tan bien.

- Soy más amable ahora.

- Es cierto eso. Pero no sé que hacemos. O no sé por qué estamos acá. Sabés perfectamente que no podemos ser amigos.

Siempre lo supe. Pero ella... Fue la primera vez que lo admitió. No, claro, no podemos. Si lo habrá dicho, si lo habrá intentado, si me habrá hablado como amiga. Fracaso. Se necesitan dos. Para todo, se necesitan dos.

- Te sigo aunque no tengas Twitter...

El Complot

miércoles, 10 de octubre de 2012

No es necesario que debas esperar siempre algo a cambio. Jonathan Bayton se encontró con una inquilina de hostel a la que le habían robado su dinero. No podía conseguir nada hasta el martes, es decir, dentro de dos días.

Le tendió un billete de veinte Euros. Ella le agradeció. Le dijo que se los devolvería. Él le dijlo que no hacía falta, que sencillamente cuando se encontrara a otra persona en una situación como la de ella, actuara de forma similar a la de él.

Otras veces será un plan menos sencillo, se requerirá meticulosidad. Buscas durante quizás dos semanas, recorres ferias, locales, barrios recónditos. Consultas con gente amena, con cascarrabias, con la chica bonita y el denso. Pensás las posibilidades, medís las distancias, ejecutás un plan.

Complotás.

Parecido a cuando Rolland se fue un fin de semana con su novia de breve paseo, y cuando volvió tenía el departamento pintado, tal como quería.

It's not about the money. It's about sending a message.

Y sonará estúpido, pero a veces uno ni siquiera quiere recibir las gracias. Quiere hacer magia. La idea de que a otra persona le pase algo bueno, de pura suerte, casi. Como si una fuerza, la fortuna, dispusiera las cosas de forma bella.

Not art, but definitely can be artistic.

Requiere investigación. Requiere sincronización. Requiere tiempo. Requiere energía. Requiere hasta a veces, audacia.

Las personas están demasiado acostumbradas a dar algo a cambio de otra cosa, o a hacer algo a cambio de otro favor. Cuando alguien da algo, en pérdida pura, por decirlo de alguna manera, les parece raro.

Es raro que alguien le de cien pesos a un mendigo en la calle. Es raro que alguien te deje un paquete con tu libro preferido para tu cumpleaños, sin siquiera decirte quién es.

Quizás haya que ir un poco en contra de algunas convenciones. Lo obvio, o lo rutinario. Dicen por ahí que las personas son más libres de lo que se piensan. Y entonces perderse un poco en actos que no impliquen una ganancia, o que no tengan mayor retribución que ver a otro sorprendido y tal vez sentirse uno un arquitecto de la ocurrencia.

La mera suerte es la confluencia de una serie de hechos en principio inconexos.

En algún momento pasado fui bueno en eso. No por habilidoso, no por inteligente. No por buen tipo siquiera. Solo por buscar alguna forma de crear algo, lo que fuere.

Go.

A la deriva

viernes, 5 de octubre de 2012

I
Sometimes I bump into toughts. Today I was in the office and, suddenly, this one bumped into my head:

"Fear of losing somebody is perhaps one of the most common ways of losing somebody"

I was saying something, speaking about last night. I stopped, I thought about her, and I smiled. I was relaxed.

II
Ingresé al lugar de prepo, me habían llevado sin decirme a donde íbamos. "Jon, no hagas tantas preguntas". Manuel odia que intente averiguar a donde vamos o que vamos a hacer, él tiene la idea de que tenemos que permanecer los amigos unidos, whatever happens.

Entonces ahí estaba, vagando entre las luces y una muchedumbre que miraba el escenario. El violeta era el color del momento, mientras dos mujeres semidesnudas bailaban. En frente de ellas estaban unos cinco solteros que evidentemente dejarían de serlo pronto, uno de ellos tenía una vincha corbata.

Había mujeres solas, paradas en diferentes lugares del salón. Era como si vendieran algo, a ellas mismas. Sólo era cuestión de acercarse y murmurarles algo en el oído.

Fui a la barra y cometí el error de la noche: pedir un destornillador. Fanta con el peor vodka del mundo ligué, todo por el módico precio de once euros.

Alguien grito que quería ver coños.

Y los iban a ver, porque las chicas seguían con su show y parece que se iban a sumar dos más.

En la parte de atrás del lugar era posible hablar un poco, alejarse de toda la oferta de sexo: un patiecito lindo, abierto bajo las estrellas. Gente salía de lo que asumo sería la cocina. Yo tomaba esa asquerocidad de trago cuando me crucé con una morocha que me miró y me dijo "Hola lindo", y siguió caminando.

Manuel estaba mirando para todos lados, me imaginé que intentaba no sé, cotizarlas en su cabeza. Es deporte, me imagino. Me adelanté a lo que iba a suceder: que terminaría con una, nada linda, yendo a una habitación. Y que a la mañana siguiente llamaría a la novia para decirle si quería ir a almorzar, o ver una película en la casa.

En la barra estaban acodados unos tres tipos de saco, viejos, canosos. Recordé al hombre que siempre estaba en ahí, sentado, en el bar al que iba cuando tenía dieciocho años y una carrera por delante.

"The unknown dad's of the junkies", pensé.

La morocha me tomó del brazo, así nomás, me preguntó cómo me llamaba. Le dije "Jim", porque... pensé que no era bueno decirle mi nombre a una mujer que no conocía, ni tenía interés en conocer.

Me preguntó que tenía planeado hacer esta noche. Mi respuesta normal hubiera sido embriagarme, pero dije  que debía cuidar de mi amigo, Manuel. Lo busqué con la vista.

"¿Cuidarlo de qué? Creo que en todo caso, ya te lo han birlado", dijo la morocha, señalando a Manuel apoyado contra una columna, hablando con una mujer de tacos muy altos, pelo oscuro, con mucho push up.

Me imagino que las mujeres de ahí, en cada rincón, observan a los que fueron esa noche. Algunas esperan a que pase lo que sea, pero otras van a buscar a alguno que les parezca con plata, o potable pero de billetera indecisa, y se ocupan de mostrársele o de encararlo.

Pensé si esta mujer creería que yo tenía plata, o que era potable pero de billetera indecisa.

Le dije que no me interesaba. Como si le estuviera hablando a un vendedor, "gracias, sólo estoy mirando". La morocha no dijo nada, miró medio mal y se fue. No tardó demasiado en conseguir otro tipo que le hable.

Dejé el vaso de destornillador a medio terminar en la barra, Manuel salía acompañado para la habitación del hotel, así que lo esperé en el auto los cuarenta minutos que habrá durado su trámite.

III
Me encantaría refugiarme allá, pero temo cruzarme con él. Es su lugar de exilio. En verdad, es obvio a dónde tengo que ir, pero... no tengo ganas, no aún.

El problema de algunos lugares es que como sabés que los frecuentan ciertas personas, cuando vas te paranoiqueás. Es como si el fantasma de esa persona te acechara. Y en verdad está todo en la cabeza de uno, te cruzás con esa persona en cualquier circunstancia, según la probado la suerte.

Recordé lo lindo que era cuando los lugares eran nuestros. Ni de uno ni de otro, sino nuestros. Era todo más libre. Pero desde hace ya un año y algo, hay espacios que no son, otros que fueron, otros a los que me está prohibido ir, otros que tengo que defender a capa y espada.

Los mejores lugares son esos que nadie sabe dónde están, salvo uno. Y cuando encontrás a alguien que querés mucho le mostrás ese lugar.

La geografía puede ser muy sentimental.

IV
- ¿Tanto lío para eso? - le dije a Jim.

- ¿Qué esperabas? Estás acá, te viniste persiguiendo una quimera. Estás en una isla que no es tuya, llegaste tarde. No sé dónde está.

- Bueno, eso casi no importa. ¿Dónde queda Gaena?

Jim se rió. Caminaba mirando el piso, casi en círculos. Yo lo miraba enojado, pero sin hacer nada al respecto.

- Te pensás que la vas a encontrar en Gaena - me contestó -. Te pensás que siquiera podés llegar a Gaena. Como si uno pudiera volver, como si uno pudiera hacer que las cosas y las personas retornen. Olvidate, aunque te dijera dónde queda Gaena, jamás llegarías. Ni ella debe poder llegar a Gaena ahora.

Tuve la sensación de que enunció esa imposibilidad con algo de satisfacción, somo si se tratara de una pequeña victoria suya. Lo odié.

- Ella siempre dijo que quería conocer Brujas, probablemente esté ahí - le dije.

Quería ver su expresión, provocarle algo, aunque sea una molestia. Se hacía el inmune, el que ya había pasado por todo, el maduro, el que tiene todo bajo control.

- Lo dudo. Ese es un lugar de refugio para mi, lo sabe. Te puedo asegurar que no irá a Bélgica, aunque sé que vas a ir. También te puedo decir que su plan es salir inmediatamente de Francia, si no es que ha salido ya.

Me dio bronca que tuviera razón en lo de Brujas, pues al retornar a Madrid al poco tiempo yo mismo me exilié allí.

- Y también te pensás que saliendo con cuanta muchacha conozcas te vas a liberar de ella, pero no es así. Serán relaciones como balas fallidas de venganza, pues de ninguna manera le harás nada a Jackie con eso. Son disparos que no la van a herir, afortunadamente.

- ¿Cómo es que estás tan sereno?

- La resignación se parece de a ratos a la serenidad.

- O sea que ella anda con otro tipo, y vos tranquilo... - dije con furia, intentando herirlo.

- Todo esto se inició por eso, la idea de que la otra persona está engañándote. Hay ideas que se aferran demasiado, sin más sustento que lo emocional.

Me miró y dijo:

- La peur de perdre quelqu'un est peut-être l'une des façons les plus courantes de perte de quelqu'un.

- Hey, no entiendo - le contesté.

- Creo que deberías retornar en la lancha. Llega en cinco, así que apurate.